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LUCY GONZÁLEZ PARSONS, una mujer olvidada

“No es posible dejar de notar que aumenta en las masas el culto por los anarquistas ahorcados en Chicago: a la sombra de la horca, en Chicago mismo, han ido en procesión los obreros a visitar las sepulturas, y llevaba la bandera roja la apasionada mestiza en cuyo corazón caen como puñales los dolores de la gente obrera, la viuda del americano Parsons”. (  Jose Martí  como corresponsal del diario La Nación)

Lucy González Parsons dedicó 62 de sus 89 años de vida, a la militancia política y sindical en Estados Unidos. Fue una de las grandes sindicalistas y organizadoras de la clase obrera estadounidense que junto a los mártires de Chicago, conquistaron la jornada laboral de ocho horas para la clase obrera internacional.

El 21 de octubre de 1886 el diario La Nación de Buenos Aires publicó una crónica de su corresponsal, José Martí, en la que el escritor describía los sucesos que fue testigo en la ciudad de Nueva York cuando eran sentenciados los obreros de Chicago que reclamaban por la jornada laboral de ocho horas. En ella se lee: “Allí la mulata de Parsons, implacable e inteligente como él -se refiere a su esposo Albert Parsons-, que no pestañea en los mayores aprietos, que habla con feroz energía en las juntas públicas, que no se desmaya como las demás, que no mueve un músculo del rostro cuando oye la sentencia fiera. Los noticieros de los diarios se le acercan, más para tener qué decir que para consolarla. Ella aprieta el rostro contra su puño cerrado. No mira; no responde; se le nota en el puño un temblor creciente; se pone en pie de súbito, aparta con un ademán a los que la rodean, y va a hablar de la apelación con su cuñado (…)”

Los ocho trabajadores condenados pasaron a ser conocidos en la historia de las luchas obreras como “Los Mártires de Chicago”. Como sucedió años más tarde con el conocido proceso a Sacco y Vanzetti, era evidente que no se trataba de condenar a los verdaderos culpables del atentado, sino de asestar un severo golpe al anarquismo y al naciente movimiento obrero estadounidense. Inmediatamente Lucy Parsons -“la mulata que no llora”, como la describió Martí- inició un recorrido por el país junto con sus pequeños hijos. En encendidos discursos se dirigió a más de 200 mil personas en 16 estados, hablando de noche y viajando de día. Escribió centenares de cartas a sindicatos y distintas autoridades, tanto de Estados Unidos como de todo el mundo. Generando una corriente de solidaridad internacional hacia las víctimas de Chicago que sumó a millones de trabajadores.

Lucy González siempre se consideró a sí misma como “mexicana”, era hispano-hablante y sus adversarios políticos se referían a ella, despectivamente, como “una mujer de color”. En 1870 conoció a Albert Richard Parsons, veterano de la Guerra de Secesión, con el que compartiría vida e ideales. El casamiento, un año después, fue secreto debido a las leyes vigentes contra el matrimonio interracial. A consecuencia de esto y de la militancia republicana-radical de Albert, favorable al voto de los negros, el matrimonio fue obligado bajo amenaza de muerte a abandonar Texas. Con sus escasas pertenencias, Lucy y Albert se asentaron en la ciudad industrial de Chicago en 1873, donde ella abrió un pequeño taller de costura confeccionando vestidos por encargo -familiarizada, seguramente, por su experiencia como explotada en los campos de algodón- para ayudar a la economía del hogar, mientras su esposo desempeñaba su vocación en un taller tipográfico. En esa ciudad nacieron sus dos hijos: Lulú y Albert Jr.

Los Parsons se convirtieron prontamente en figuras activas en este escenario del naciente movimiento obrero estadounidense. Lucy, que tenía cualidades de organizadora, lectora voraz, en 1878 comenzó a publicar artículos sobre los sin techo, los desocupados, los veteranos de guerra y la función de las mujeres en las organizaciones revolucionarias, para el periódico “The Socialist”. Más adelante ayudó a crear la Unión de Mujeres Trabajadoras de Chicago, organizando a las costureras de la industria maquiladora (sweat-shops), y que en 1882 fue reconocida por los Caballeros del Trabajo, que hasta ese momento no permitían la militancia de la mujer en las organizaciones. Y un año después fundó con su esposo y otros colaboradores el periódico “The Alarm”, que actuó como órgano de difusión de la Internacional Working People Asociation (IWPA) que promovía la acción directa contra los capitalistas, y en el que colaboró como redactora de prensa. Sus notas denunciaban como la población negra era víctima de la discriminación por el solo hecho de ser pobres, planteando que el racismo desaparecería inevitablemente con la destrucción del capitalismo.

El 1° de mayo de 1886 se realizó una Huelga General en Chicago para reclamar la Jornada Laboral de Ocho horas. En compañía de su esposo Albert, su hija Lulú de ocho años y su hijo Albert Jr. de siete, Lucy participó en el desfile en el que miles de obreras y obreros industriales cruzaron el Río Font y las calles de la ciudad coreando la consigna “¡No queremos trabajar más de ocho horas!”. Debió ser difícil contener el orgullo de saberse protagonista de aquella jornada. No podía imaginar que a partir de entonces, cada primero de mayo los trabajadores del mundo saldrían a las calles a reivindicar sus derechos y conquistas frente a la explotación de las patronales y sus gobiernos.

Años más tarde, Lucy Parsons recordaría la mañana en que llevó a sus dos pequeños hijos para darle el último adiós a su compañero: “encontré la cárcel acordonada por fuera con cables pesados. Los policías con sus pistolas caminaban por el recinto”. Lucy les pidió que por lo menos “dejen a estos niños dar a su padre el adiós, déjelos recibir su bendición. No pueden hacer ningún daño”. Pero los uniformados los detuvieron y “nos quedamos encerrados en la estación de policía, mientras que el infernal delito se consumaba”.

Tras la muerte de su esposo, Lucy González Parsons, retomó su recorrido por el país, organizando a los trabajadores, escribiendo artículos para periódicos obreros y realizando encendidos discursos en espacios públicos que provocaron la intervención policial en más de una oportunidad; mientras comenzaba a ser conocida internacionalmente como la “Viuda Mexicana de los Mártires de Chicago”.

En 1890 participó en las movilizaciones que conmemoraron por primera vez el Día Internacional de los Trabajadores.

El 27 de junio de 1905 Lucy González Parsons participa en Chicago de la fundación de la Industrial Workers of the World (IWW). Fue una de las doce mujeres delegadas del Congreso, y la única de ellas en tomar la palabra: “He tomado la palabra porque ninguna otra mujer ha respondido, y siento que no estoy fuera de lugar para decir a mi manera algunas pocas palabras sobre este movimiento. Nosotras, las mujeres de este país, no tenemos ningún voto -el voto femenino se aprobó en Estados Unidos en 1920, pero continuó excluyendo a las afroamericanas-, ni aunque deseáramos utilizarlo, y la única manera en que podemos estar representadas es tomar a un hombre para representarnos; y yo me sentiría rara al pedirle a un hombre que me represente. No tenemos ningún voto, solo nuestro trabajo (…) Somos las esclavas de los esclavos. Nos explotan más despiadadamente que a los hombres”. A continuación, hizo un llamado a quienes participaban del Congreso: “Dondequiera que los salarios deban ser reducidos, los capitalistas utilizan a las mujeres para reducirlos, y si hay cualquier cosa que ustedes los hombres deban hacer en el futuro, es organizar a las mujeres”. Continuó con un llamado a los trabajadores a seguir el ejemplo de la Revolución Rusa de 1905 que había estallado unos meses antes: “deben imbuirse del espíritu que ahora se despliega en la lejana Rusia y Siberia, donde nosotros pensábamos que la chispa de la hermandad se había apagado. Tomemos su ejemplo”.

Sus encendidos discursos y sus escritos llamando a la lucha y la unidad de los trabajadores seguían siendo motivo de preocupación para las patronales, la policía y el gobierno

Seguía activa cuando la sorprendió la muerte el 7 de marzo de 1942 a los 89 años, ciega y debilitada, al incendiarse su hogar. George Markstall, su compañero en ese momento, murió al día siguiente como consecuencia de las quemaduras producidas cuando intentaba salvarla de las llamas.

Las autoridades federales y locales llegaron a la destruida casa de Lucy González Parsons, en la calle North Troy de Chicago, para asegurarse de que su legado muriera con ella. Revisaron los restos, confiscaron su vasta biblioteca con más de 1.500 ejemplares y sus escritos personales; nunca los devolvieron.

El decidido esfuerzo de Lucy Parsons por elevar e inspirar a los explotados y oprimidos a tomar el poder se mantuvo vivo entre quienes la conocieron, la escucharon y la amaron. Pero pocos hoy están conscientes de sus ideas, coraje y tenacidad. A pesar de su fértil mente, sus habilidades de escritura y oratoria, y su sorprendente belleza, Lucy Parsons no ha encontrado un lugar en los textos escolares, los programas de estudios sociales o las películas de Hollywood. Sin embargo, se ha ganado un lugar prominente en la larga lucha por una vida mejor para los trabajadores, para las mujeres, para los negros, para su país y para el mundo. Vayan en su memoria estas palabras finales con que ella despidió a los “Mártires de Chicago”: “Descansen, camaradas, descansen. ¡Todos los mañanas son suyos!”