Casi sin proponérselo, los sucesos operados en Venezuela durante el último fin de semana, que derivan en la privación de libertad de Maduro y su esposa, precedido del ejercicio de la fuerza por parte de fuerzas armadas de los EEUU, tuvo derivaciones en CABA, que actualizan en Argentina un debate siempre yacente y nunca resuelto de manera definitiva por las masas de trabajadores.
La reacción al resultado eficiente de la operación yanqui en cuanto a la privación de libertad de Maduro , puso a todo el arco político opositor, en particular al ala izquierda del Kirchnerismo y las organizaciones socias de la cooperativa electoral FITU, en el desafío de dar cuerpo a un repudio por lo sucedido, sin embargo, en el caso estos sectores volvieron a conformar filas para indicar en el imperialismo al responsable directo de lo acontecido.
El planteo en ese sentido resulta insuficiente , si se lo considera políticamente ,en tanto centra el juicio critico sobre las prácticas imperialistas específicas que desarrollo la gestión Trump por los Estados Unidos, desconociendo las relaciones sociales capitalistas que se enfrentan y que subyacen al conflicto en sí y el sentido estratégico de la revolución necesaria, que prevalece por sobre esa lucha
Sobre lo hecho y dicho desde la cooperativa electoral FITU aparece la orfandad de tratamiento en el caso de
• la cuestión del poder,
• el carácter de la revolución,
• las “vías de la revolución” y
• Las alianzas necesarias al interior de las organizaciones que se reivindica dentro del campo de lo que se conoce como “izquierda revolucionaria”.
En ese sentido hay que decir que, el fracaso de los partidos reside en el abordaje del problema del poder, que lleva a “la caracterización incorrecta de ciertos procesos sociales y políticos, haciendo que terminen ubicados en el espacio de fuerzas de colaboración de algún sector de la burguesía
Este vicio no resulta arbitrario, por lo que corresponde ubicarlo como la resultante de un posicionamiento confuso y diverso pero que reconoce un común denominador implícito en todos los partidos centrado en la percepción de que tras renunciar a la lucha armada lo que queda es que , “No podemos llegar al socialismo más que por la vía democrática antiimperialista, pero recíprocamente, la revolución democrática antiimperialista no puede alcanzarse sin ir hacia el socialismo.
Sin embargo, lo que no se termina de advertir y desarrollar en faz propagandística y programática, es que en la medida en que existe entre las dos un lazo esencial e indivisible, se trata de dos facetas de una misma revolución y no de dos revoluciones…” “La revolución democrática antiimperialista no la veremos como una revolución separada, sino mas bien, como el cumplimiento de las tareas de la primera fase de la revolución socialista”.
El imperialismo es la fase superior del capitalismo, impulsado por la industrialización y la necesidad de mercados y materias primas, llevando a la expansión global y control de países subdesarrollados por potencias financieras y monopolios. La revolución permanente, teoría de Trotsky, postula que, en la era imperialista, la burguesía nacional en países atrasados es incapaz de completar las tareas democráticas, por lo que el proletariado debe liderar la revolución, transformándola de democrática a socialista, y extendiéndola internacionalmente para sobrevivir, oponiéndose al «socialismo en un solo país» estalinista.
Si aceptamos la idea de que la revolución democrática antiimperialista es una parte de la revolución socialista, la revolución no puede entonces, llevarse a cabo a través de la conquista pacífica del poder, sino que será indispensable, de una manera u otra, desmantelar la maquinaria del Estado capitalista y de sus amos imperialistas, para construir un Estado y un poder nuevo. Venezuela y su tantas veces cacareada revolución bolivariana y el llamado socialismo del siglo XXI dan cuenta de la incomprensión de la clase trabajadora de ese país, de cuales eran sus tareas específicas en el período histórico de lucha de clases donde se encontraba , y la incapacidad de su dirección política para generar desde su vanguardia, que esa tarea fuese asumida por las masas trabajadoras por vía de la construcción de órganos de poder obrero autónomo, realizando lo inverso al aceptar que fuerzas armadas burocráticas del Estado burgués tomaran a cargo esa gestión encolumnados tras los designios de la burguesía dominante y su alianza con los intereses del capital financiero internacional y otros Estados.
En esas condiciones, se torna evidente que la vía pacifica no es la vía de la revolución. A propósito de la vía revolucionaria en América Latina, partir del dogma según el cual, es indiscutible verdad, por principio, que la vía armada y la vía pacífica son igualmente posibles y acertadas, nos parece un error muy grave, seguir en ese paradigma que impusieron los sectores sociales medios, buscando un lugar bajo el sol del orden social capitalista, tras la derrota surgida por la vanguardia obrera a manos de la dictadura militar genocida.
La fachada del Estado de Derecho y el pretendido” constitucionalismo social” dejan ver en los hechos y por fuera de todo discurso pretendidamente progresista el fracaso objetivo de ese modelo reformista.
La separación de la revolución en dos etapas, es ajena totalmente a los escasos documentos de la Internacional Comunista (IC) sobre América Latina, en sus primeros años desde enero de 1921, que se distingue por haber afirmado claramente que la revolución democrática antiimperialista y la revolución socialista no podían existir separadas, y que se trata de “dos facetas de una misma revolución” en permanencia dentro de un proceso político estratégicamente guiado en tal propósito por la dirección revolucionaria y la vanguardia exclusivamente dirigido a las masas trabajadoras. En ese sentido, es que se puntualizó lo siguiente:
“La unión revolucionaria de la clase campesina pobre y de la clase obrera es indispensable; sólo la revolución proletaria puede liberar al campesinado, quebrando el poder del capital, sólo la revolución agraria puede preservar la revolución proletaria del peligro de ser aplastada por la contrarrevolución”.
Y dos años más tarde, en la proclama “A los obreros y a los campesinos de América del Sur” (Correspondencia Internacional n° 2, 20 enero 1923) afirma lo siguiente:
“Luchad contra nuestra propia burguesía y luchareis contra el imperialismo yanqui”.
Los pioneros del marxismo revolucionario en América Latina, el cubano Mella y el peruano Mariategui, se ubicaban directamente en esta tradición y lo hacen no solo desde el plano teórico sino además, desde el conocimiento preciso de su continente.
En 1928 desde el documento; “La lucha revolucionaria contra el imperialismo”, Mella indicó que :
“Las traiciones de las burguesías y pequeñas burguesías nacionales, tienen ya, una causa que todo el proletariado comprende. Ellas no luchan contra el imperialismo extranjero para abolir la propiedad privada, sino para defender su propiedad contra el robo que los imperialistas cometen en su perjuicio. En su lucha contra el imperialismo (el ladrón extranjero), las burguesías (los ladrones nacionales) se unen al proletariado, buena carne de cañón. Sin embargo, acaban por comprender que vale más la pena hacer alianza con el imperialismo, ya que al final de cuentas, persiguen un interés similar. Los progresistas se tornan reaccionarios. Las concesiones que la burguesía daba al proletariado, para tenerlo a su lado, son traicionadas por aquella cuando este trata de avanzar y con ello se vuelve peligroso, tanto para el ladrón extranjero como para el ladrón nacional… Para hablar concretamente: la liberación nacional absoluta, solamente la obtendrá el proletariado, y será a través de la revolución obrera”.
Mariátegui, que en 1929 bajo el título “El proletariado y su organización” sostiene que:
“La revolución latinoamericana no será nada más ni nada menos que una etapa, una fase de la revolución mundial. Ella será pura y simplemente la revolución socialista. Ustedes pueden apegar a esta palabra, según el caso, todos los objetivos que quieran: antiimperialista, agraria, nacionalista, revolucionaria. El socialismo las implica, las precede, las abarca a todas”.
“Para nosotros, el antiimperialismo no constituye en sí mismo un programa político, un movimiento de masas apto para la conquista del poder. Incluso si admitimos que pueda movilizar al lado de las masas obreras y campesinas a la burguesía y a la pequeña burguesía nacionalista. Pero el antiimperialismo no suprime el antagonismo entre las clases, no anula las divergencias entre sus intereses. Ni la burguesía, ni la pequeña burguesía pueden llevar al poder una política antiimperialista… La toma del poder por el antiimperialismo en tanto que movimiento demagógico-populista, si fuere posible, no equivaldría jamás, a la toma del poder por las masas proletarias por el socialismo.
La revolución socialista encontraría ese enemigo más decidido y más fanático (peligroso en su confusionismo y su demagogia) en la pequeña burguesía afirmada en el poder conquistado bajo estas consignas. Sin descuidar el empleo de ningún elemento de agitación antiimperialista, ni ningún medio de movilización de los sectores sociales que eventualmente puedan participar en esta lucha, nuestra misión es explicar y demostrar a las masas que sólo la revolución socialista es capaz de oponer una barrera verdadera y definitiva al imperialismo” (Punto de Vista Antiimperialista, 1929).
Lenin, defendía contra los mencheviques una posición claramente anticapitalista desde el punto de vista de la conquista del poder político. En ese orden de ideas, afirmaba:
“Las fracciones bolcheviques y mencheviques han llevado ellas mismas todas las divergencias a la siguiente alternativa: el proletariado debe ser “el guía”, “el dirigente” de la revolución, y arrastrar tras de sí al campesinado, o debe ser “el motor” que sostiene tal o cual vía de la democracia burguesa” (Obras Completas, tomo 15, pág. 388).
La idea de mutilar la revolución, de truncarla en su fase antimperialistas la proyección en el continente de la corriente derechista de la Internacional Comunista ya burocratizada, de la tentativa de alianzas entre la URSS y las democracias burguesas (pacto Stalin-Laval) y de la sistematización a escala internacional, de la política de los “frentes populares” adoptada en el VII Congreso de la IC en 1935. A partir de entonces, el objetivo estratégico de los partidos comunistas subordinados a Moscú no fue ir más allá de una etapa democrática y antiimperialista de desarrollo capitalista. una alianza durable con las burguesías nacionales en la cual, los partidos comunistas se convierten en fuerzas de apoya y colaboración y que periódicamente, se ven expuestas a la represión implacable por sus aliados de la víspera como lo explica con la verdad de los hechos el derrotero dialéctico de la clase trabajadora chilena y en gran medida el zigzagueante camino de todos los emprendimientos organizativos de Nahuel Moreno y quienes atendieron sus prédicas cualquiera fuese el nombre que el oportunismo finalmente reformista de esta corriente les hizo exhibir.
También puede buscarse ejemplo en Brasil, donde el Partido Comunista de Prestes, se coloca bajo la tutela de Getulio Vargas, pues se había ubicado en la guerra del lado de los aliados.
“No hay término medio entre el capitalismo y el socialismo. Los que se obstinan en buscar una tercera vía, caen en una posición errónea y utópica… Tal es el camino que hemos seguido: el camino de la lucha antiimperialista, el camino de la revolución socialista. Pues no existía otra posición posible. Debíamos hacer una revolución antiimperialista, una revolución socialista. Pero esto no era sino una sola revolución, pues no puede existir más que una. Esta es la gran verdad dialéctica de la humanidad: el imperialismo no tiene frente a él más que al socialismo”. En igual sentido, el Che que proclamaba “o revolución socialista o caricatura de revolución” por el informe de la delegación cubana en la Conferencia de la OLAS en 1967 y por las tesis de la propia Conferencia2.
Mas allá de esto, y viendo las escenas de marchismo luchista de aparato lanzadas a la desesperada por los llamados partidos Trotskistas y sin embargo , esencialmente “morenistas” frente a los sucesos ocurridos en Venezuela este fin de semana, hay que decir que el decadente derrotero reformista que los implica y arrastra hacia la ausencia de construcción de una fuerza social de clase autónoma e independiente de la burguesía dominante se debe a que definitivamente han perdido de vista y toda consideración que así lo merezca la cuestión del poder limitándose a ser solo un grupo de agitación por la agitación misma.
En este punto, se presenta con grado probatorio de evidencia, que un partido no se plantea la cuestión del poder de la misma manera, si quiere compartirlo con una clase “aliada” diversa de la clase trabajadora a cuya vanguardia trata de tener entre filas o si quiere tomarlo para ejercerlo en razón de los intereses de explotados y oprimidos contenidos en las masas trabajadora.
En las filas de la cooperativa electoral FITU y sus colaterales, “el problema del poder” no se explicita y más aún se lo diferencia del “programa socioeconómico de la revolución que se busca generar al menos desde el plano del discurso.”.
Es cierto que la conquista del poder político y las transformaciones de las relaciones de producción, no coinciden en el tiempo, pero lo que, si está claro, es que, sin el primer acto revolucionario, lo segundo es imposible.
La conquista del poder político, como lo demostró con creces la revolución rusa y principalmente su conservación frente a toda intentona contrarrevolucionaria implica la mayor movilización de las masas trabajadoras.Pero esta movilización no puede nutrirse de promesas, sino de conquistas sociales concretas. Fue la resistencia a la agresión de las potencias capitalistas europeas y a la contrarrevolución interna durante la guerra civil, llevó muy rápidamente a la radicalización del contenido social de la revolución, la ruptura con la burguesía, la estatización de los medios de producción, a las diferenciaciones de clase en el campo, etc. Esta lección, se ha visto confirmada por las revoluciones derrotadas como la china de 1926-27, o por la victoriosa de China en 1949, la vietnamita, la cubana, y más recientemente la de Nicaragua.
Este problema fue sistematizado por Trotsky en 1928 en la teoría de la revolución permanente. a la luz de la victoria de la revolución rusa y de la derrotada revolución china a mediados de la década del veinte.
La teoría de la revolución permanente afirma, la necesidad de transformar la revolución democrática en revolución socialista en los países dominados no niega, contrariamente a lo que han hecho creer los estalinistas, la existencia de etapas en un mismo proceso revolucionario: “Yo no he negado jamás, el carácter burgués de la revolución en cuanto a sus tareas históricas inmediatas, yo lo he negado únicamente, en cuanto a sus fuerzas motrices y sus perspectivas…” “La historia ha unido, no confundido, sino unido orgánicamente el contenido fundamental de la revolución burguesa a la primera etapa de la revolución proletaria” (Trotsky, La Revolución Permanente).
«Todo consiste en no mezclar las organizaciones y las banderas, ni directa ni indirectamente, ni por un día, ni por una hora, y a no creer jamás que la burguesía es capaz de conducir una lucha real contra el imperialismo y a no poner obstáculos a los trabajadores …” (Trotsky, La Revolución Permanente).
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