Si se despojan de modo analítico las significaciones particulares de cada caso, puede decirse que la respuesta del capital financiero y sus expresiones políticas frente a fenómenos particulares de acción estatal con pretensiones de independencia desarrollados en el curso de este siglo por los populismos encarnados por el modelo K en Argentina, y Chavez-Maduro en Venezuela ha sido esencialmente la misma, es decir, la lisa y llana exclusión de sus direcciones.
Advertidos de esta situación , de manera paradójica la izquierda del régimen político argentino, ha reaccionado en ambos casos de la misma manera: asumir su defensa de modo abierto, sea esta, la presencia en domicilio de la cautiva, “para tomar unos mates”, o el impulso manifiesto de concentraciones que piden la libertad de Maduro, apelando en ambos casos a la injusticia del proceder y el resultado y el apartamiento de las normas de derecho vigente, sean estas del derecho interno o internacional.
Por fuera de las profusas declaraciones de las versiones deshilachadas de la decadente cooperativa electoral que se identifica en el FITU y sus colaterales que se ocupan solamente de vender candidatos y mantener la marca en el mercado de opiniones incapaces de traducirse en actos de poder y conformar una fuerza política que resulte expresión genuina de una fuerza social , existe sin embargo una cuestión relevante cuidadosamente cuidada por los sujetos que ocupan las direcciones de estos formatos políticos degradados en oportunismo .
Esa cuestión que la propaganda política militante de la vanguardia obrera necesita poner en evidencia y sacar de las mil llaves de encierro que le coloco el mercado de venta de ilusiones democráticas por más de cuatro décadas, es la que apunta específicamente al carácter de la revolución en Argentina, es decir, al tipo de estructura de poder obrero y sus tareas.
La actualidad, con aparatos convocantes de un mínimo de personas que no torna vergonzosa iniciativas de ocupación transitoria de calles, pero que en el mismo momento no conmueven la situación por la que se convocan, en general por la ajenidad de los movilizados con los motivos en sí del reagrupamiento callejero , se piensa que se hace militancia, pero a poco que se mira , lo que se puede apreciar es el ejercicio de una rutina que lleva a la intrascendencia y su amiga inseparable, la frustración.
Si todo el despliegue de décadas da solamente para conformar ese escenario, y hay siempre que buscar alguna incidencia posible sobre alguno de los realmente perjudicados por la agenda de gobierno, eso mismo, da muestras del agotamiento de un método que tiene un vicio de redhibitorio, que necesariamente debe ser exhibido para recuperar la iniciativa política sin su presencia o superación.
La constante presencia agitativa de la nada y el aporte ineludible a la creación del vacío existencial en la militancia hasta el punto de poner en crisis su misma existencia encubre la consciente necesidad de la dirigencia política que se agrupa en el difuso espectro de las “izquierdas” del régimen republicano que nos domina políticamente , es su no confesada tendencia a concebir estratégicamente que el objetivo es una revolución democrática en sí, despojada de todo vínculo con los propósitos emancipatorios del programa socialista y su necesaria revolución social. En ese punto y no en otro, es que la realidad divide aguas. Extremo que se logra en plano propagandístico haciendo pasar una metamorfosis.
La lucha por libertades democráticas y el emprendimiento de tareas no cumplidas en el tiempo histórico por el poder burgués , hoy rechazadas por la propia burguesía que constituyo bajo su prevalencia hegemónica su dominación de clases y su propio régimen político, en realidad encubre que son esas tareas las únicas que están en el objetivo inmediato de quienes toman carteles y megáfonos y se juntan rutinariamente en acciones bullangueras de ese tenor, donde nunca se produce un enfrentamiento con el poder real ni se cuestiona su dominación institucional.
Lo que dicta la realidad de los fenómenos de igual tenor que se sobrevienen uno tras otros en los haceres militantes , es la advertencia de una fuerte tendencia que el reformismo asume ante su debacle y notoria ineficacia para la resolución dialéctica de los efectos concretos de la barbarie capitalista signada por la apología de las formas jurídicas y la esperanza en las instituciones que conforman la república democrático burguesa, con tendencia a conformarse en un estadio propio de una izquierda nacional con programa peronista de primera versión histórica , sin reivindicación explícita pero real acercamiento a los sectores de esa tradición que aún se reflejan en él.
En este contexto, la tarea en la vanguardia trabajadora militante , es lograr poner en tiempo presente la relación imperialismo-revolución socialista que tiene vigencia en un contexto de fuerte transnacionalización del capital, y guerras de mercado.
Para esa tarea es necesario apelar a herramientas teóricas inherentes a las categorías que rondan la idea del desarrollo combinado y el concepto de revolución permanente.
Dicho de otra forma, tanto ayer como hoy, en la lucha de clases en argentina, como por los posicionamientos ideológicos de los colectivos enfrentados de modo consciente o inconsciente, las cuestiones por resolver están centradas en el carácter de la revolución en los países atrasados y el lugar que ocuparían en el sistema en su etapa superior imperialista, con el capital en crisis de reproducción abierta.
En este contexto, por un lado, se hallaba el concepto de revolución democrático-burguesa.
Ésta remitía a la idea de independencia nacional, a la reforma agraria, a la expansión
industrial y a la consolidación de la democracia. Por otro lado, reinaba el concepto de
revolución socialista cuyas bases eran la socialización de los medios de producción, la
dictadura del proletariado y la revolución internacionalista.
En ese sentido hay que recordar que ,el primero, estipula que en los países de capitalismo tardío el desarrollo industrial se producía por vía del
desarrollo combinado, es decir, fomentando el crecimiento industrial en la estructura productiva capitalista atrasada del país, cuestión esta, que incluso se deja traducir en los debates entre Sarmiento y Alberdi en tiempos de gestación del Estado nacional.
La primera vez que aparece en el discurso de Carlos Marx, la expresión ‘revolución permanente’, es en la experiencia jacobina de 1789 hasta el Thermidor, correspondiendo con un período histórico en el que la sociedad estaba conformada con relaciones sociales e instituciones diversas de la actual. Había un mayor retraso del campo y un monopolio prácticamente total de la política y el poder estatal en unas pocas ciudades, un aparato de estado relativamente rudimentario, y limitado dentro de la sociedad civil con prevalencias de fuerzas militares y de servicios armados nacionales; mayor autonomía de las economías nacionales respecto de las relaciones económicas del mercado mundial, etc.
Este segundo aspecto de los que dejamos planteados párrafos más arriba, esta relacionado al carácter de la revolución y tiene la mayor incidencia en el presente, pese a que muchos intelectuales del país, por fuera de la cooperativa electoral FITU, se esforzaron por tiempo en dictar su caducidad.
Según Trotsky, el alzamiento de octubre había llevado al proletariado y al campesinado al poder y estos sectores no podían limitarse a implementar solo medidas de carácter democrático, sino que, por su misión histórica, era necesario concretar la revolución socialista. Al igual que Marx, Trotsky rechazaba la idea de que la clase obrera debía llevar adelante el programa de liberación nacional de la burguesía.
Este esquema, (mal que les pese a los actuales habitantes del discurso oportunista, sin ordenamiento programático y de momento, tan exaltados contra acciones imperialistas de los EEUU, y dispuestos a calificar a cualquier cuestionamiento de su discurso panfletario como un “socialismo cipayo” que habla en nombre de los intereses imperialistas), fue injertado por los iniciales seguidores de Trotsky en Argentina en la década de 1930, en el significativo esfuerzo y empeño por comprender la situación sociocultural del continente americano.
Uno de los referentes fue Antonio Gallo quién alertó sobre la especificidad del capitalismo argentino y que del mismo, ya que en el país había proletariado, plusvalía y por ende, lucha de clases se desprendía políticamente, que la revolución debía ser socialista.
El capital argentino según Gallo, (quien no podría sospechar que a casi cien años después desmentiría a la troika Bregman-Giordano-Solano) sufría una debilidad estructural debido a su tardía constitución. En consecuencia, la burguesía local no estaba interesada en llevar adelante la lucha
antiimperialista, de modo tal que las etapas fundamentales de la revolución democrático
burguesa quedaban incompletas y a resolver en una revolución socialista.
Según Gallo, la lucha contra el imperialismo era, en primera instancia, la lucha contra la burguesía nacional. Con esto negaba la problemática de la liberación nacional y consideraba que la Argentina era una “semicolonia avanzada”, con una burguesía que se hallaba entrelazada por lazos económicos y diplomáticos con el imperialismo inglés.
Liborio Justo (Quebracho) que a la sazón lideraba el Grupo expuso un desarrollo diverso del problema que si se quiere y con todas las advertencias necesarias al caso, resulta más próximo a los discursos callejeros y virtuales, de los actuales miembros de la cooperativa electoral FITU.
Liborio Justo en el mismo tiempo histórico que Gallo, se inclinaba a apoyar a los movimientos burgueses de liberación nacional en los países oprimidos.
Para Justo, la Argentina también era un país semicolonial, dominado por el imperialismo inglés a través de sus socios menores; la oligarquía ganadera y la burguesía comercial. En su concepción, el imperialismo había impedido la constitución de una burguesía industrial, de modo tal, que era el proletariado quien lucharía por la emancipación.
Con esto, luce evidente que Justo, reemplazaba la dinámica de la lucha de clases por nociones puramente nacionales, en seguidismo a sectores de la burguesía dominante.
Más allá de todo esto, y centrados en la relación necesaria entre imperialismo – teoría de la revolución permanente, es necesario puntualizar, un cambio notable respecto a los años en que vivió Trotsky y los primeros desarrollos de la cuestión en Argentina.
Resulta significativo en ese orden de ideas, que ha sido el desarrollo de los mecanismos de dominación imperialista por la vía del capital resultante de la fusión del capital bancario con el industrial el que marca la alta incidencia adquirida por las finanzas en el orden social capitalista, siendo quienes imponen a los países atrasados cadenas de dependencia que multiplican las desigualdades en cuanto a producción industrial y tecnológica.
Lo significativo y diferente en tiempo histórico, es que las grandes empresas, bancos e instituciones financieras organizan el sistema de crédito y las bolsas como formas de multiplicación del capital ficticio y de generación de una interminable cadena de deudas que redoblan imposiciones de todo tipo.
También existe el factor diferencial que impone una conducta particular de las multinacionales que toman determinaciones de producción y comercialización que, puestas en acto, extienden y reorganizan sus cadenas de producción y consumo redoblando la explotación del trabajo en todo el mundo, con aprovechamiento exclusivo ,de los bienes comunes naturales (materias primas, energía, etc.).
Es en ese contexto donde se inserta resignificada, la dominación militar que se hace más sofisticada y exclusiva de determinadas potencias, que les permiten acciones sin penetración humana permanente en territorios de los Estados nacionales
En este panorama, sin embargo la tendencia dominante por debajo de todas estas alteraciones del fenómeno inicial, es aquella que explicó Milcíades Peña cuando desde la revista fichas supo decir con acertado criterio que las autodeterminaciones nacionales y la defensa de la soberanía que tanto “preocupa a Bregman y acólitos, son parte integrante de una posición de clase,-que los cooperativistas de las elecciones no aclaran ni puntualizan colocados en el amontonamiento callejero y discursivo- y no algo exterior a ella. Así profundiza Peña este argumento:
Un criterio de clase ausente, omitido o difuso en toda acción militante relativa a los actos imperialistas descargados militarmente sobre Venezuela , un discurso que no incluya la cuestión nacional no es un criterio de clase sino solo el esqueleto de tal criterio, que se aproxima inevitablemente a un estrecho punto de vista gremialista o sindicalista en tanto, solo el proletariado esta en condiciones de superar y derrotar estas acciones opresivas a través de su principal arma: la participación política autónoma y consciente como tal, en la lucha de clases, que manda sin duda a programatizar que la esencia de la política marxista ante la cuestión es sacar al país propio país del atraso y la dependencia, oponiendo por construcción de poder autónomo al proletariado a cualquier variante de la burguesía .
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