Contra la lectura democratizante
El atentado al dictador Augusto Pinochet el 7 de septiembre de 1986, conocido como Operación Siglo XX, ha sido interpretado por la historiografía democratizante como un simple peldaño en la escalera hacia la democracia burguesa. Desde esta perspectiva, la acción armada del FPMR habría servido como presión para abrir paso a la “transición” que culminó en el plebiscito de 1988 y en la restauración de las formas parlamentarias. Es la idea que subyace en la abundante literatura, películas y hasta series televisivas sobre el tema.
Esta lectura, sin embargo, encubre la contradicción central: el atentado no apuntaba a fortalecer la democracia burguesa, sino a quebrar la dictadura en su núcleo. Pretender que el fuego de la Cuesta Achupallas fue apenas un instrumento más dentro de la institucionalidad es borrar el carácter material y sangriento de una acción cuyo sentido político excedía el horizonte del liberalismo opositor.
Contra la visión mecanicista
Otros sectores de la izquierda han condenado el atentado bajo la acusación de “terrorismo individual”. En realidad, esta crítica es superficial y equivocada: la verdad es que no se trató de un acto aislado, sino de una acción armada planificada, con cuadros formados, que expresaba una política de masas armadas contra la dictadura. La misma tuvo lugar en medio de un colosal movimiento de protestas nacionales que desde 1983 tenían acorralado al régimen, destacando en esta lucha diversas acciones militares de sabotaje y audefensa de masas. Una parte importante de la vanguardia se inclinaba hacia las formas insurreccionales. De hecho el propio nacimiento del FPMR fue una expresión más de esa tendencia general del movimiento.
La objeción para estos críticos, en el fondo, no es al método —la emboscada, la utilización de lanzacohetes, la táctica guerrillera—, sino al hecho de que fracasó en su objetivo inmediato. Pero juzgar un método por su éxito o fracaso coyuntural es tan absurdo como descalificar la huelga porque en un caso determinado no doblegó al patrón. El marxismo no evalúa la legitimidad de la lucha de clases por sus resultados inmediatos, sino por la estrategia que expresa. Así como la huelga sigue siendo un arma del proletariado aunque una negociación termine en derrota, la acción armada mantiene su vigencia como método contra el poder burgués incluso si un operativo fracasa en su desenlace. En este caso la caída de de la Dictadura era una tarea política del movimiento y la consigna del Fuera Pinochet expresaba este profundo sentimiento popular.
De hecho, la feroz contraofensiva terrorista de Pinochet que se inició la misma noche del atentado con el secuestro y la ejecución del periodista José Carrasco Tapia, Gastón Vidaurrázaga (ambos del MIR) y de el publicista Abraham Muskatblit y el electricista Felipe Rivera (ambos del PC) y la detención de importantes figuras de la oposición como el propio Ricardo Lagos, puso de relieve la extrema vulnerabilidad de la Dictadura en aquellos momentos como consecuencia de la acción militar.
El problema estratégico del FPMR
El límite en todo caso no estuvo en el método, sino en la estrategia. El FPMR, aún con el heroísmo de sus cuadros —Raúl Pellegrin, Cecilia Magni, José Joaquín Valenzuela Levi, Mauricio Hernández Norambuena— y del conjunto de la militancia involucrada en el atentado, no se propuso una revolución social. Su horizonte político fue derrotar a Pinochet para abrir paso a elecciones libres, como lo señalaron reiteradamente sus dirigentes Raúl Pellegrin y la propia Magni. En ese marco, la lucha armada se subordinaba al objetivo de restaurar la democracia liberal, no a la insurrección proletaria. Por eso, incluso de haber tenido éxito el atentado, el desenlace histórico habría sido parecido: una transición pactada que preservara el capitalismo chileno, sus Fuerzas Armadas, su propiedad privada y su sometimiento al imperialismo.
Reivindicación de la lucha armada
El marxismo reivindica la lucha armada como un método legítimo y necesario, en este caso contra la dictadura. El atentado de 1986 mostró que era posible golpear en el corazón del régimen, quebrar la impunidad de su máxima figura y demostrar que el poder militar no era invulnerable. Esa acción electrizó a los explotados y atemorizó a la burguesía.
Pero la lección más profunda es estratégica: sin un partido revolucionario con horizonte de poder obrero y socialista, incluso las acciones más audaces quedan atrapadas en los límites de la democracia burguesa. El heroísmo de los combatientes del Frente debe ser reivindicado porque su gloriosa gesta es patrimonio de la clase trabajadora. Pero, de la misma forma, su experiencia nos enseña que la cuestión no era solo “cómo” luchar contra Pinochet, sino para qué proyecto histórico luchar. El problema, tomando los parámetros comunes a la discusión política de la época, no era de las formas de lucha sino de su objetivo general.
Gustavo Burgos
Revista «El Porteño». Valparaíso . Chile 7 de Setiembre de 2025
