Existe dentro de la fauna porteña, de la que no estamos a salvo pese a vivir en el interior del país, casi como un remedo de los personajes a los que apelaba en sus novelas y aguafuertes Roberto Arlt, una serie de colectivos mínimamente organizados, que apuntan a adquirir personalidad política, previo confesar una pretendida referencia de sus dichos en Marx, sin perjuicio de que algunos se aventuren a cuestionar sin embargo la vida privada de este, y narcisistamente lo consideren un simple compañero de ruta, que tienen entre sí un común denominador: pretenden asumir intervenciones de naturaleza política bajo la condición fundamental de poner como premisa de todo cambio, que la militancia termine con Trotsky, al que le adjudican todos los avatares del siglo XX y lo que lleva del presente, llegando incluso a decir que es por él y su texto “La agonía del capitalismo y las tareas de la Cuarta internacional” que hemos llegado hasta aquí y estamos como estamos.
En particular y en esta línea, el común denominador de profusa literatura en este camino , es acudir a la impugnación de las llamadas consignas transicionales que ese documento pone de manifiesto como táctica para el desarrollo del paso del programa mínimo economicista , al llamado programa máximo estratégico de imposición del poder obrero y el socialismo.
Sin dejar de advertir que este conglomerado de gente tan empeñosa, muchos de ellos, atrincherados en órganos del Estado de la burguesía como lo son las Universidades financiadas con recursos de esa gestión de poder de clase, y el Conicet, que también reconoce esa fuente para su funcionamiento , olvida que vivimos, y que el hecho más significativo de la historia del siglo pasado con proyección al presente no tiene a Trotsky como protagonista directo sino como antagonista , es reacción Termidoriana a la revolución de octubre, y su posterior caída facilitando la reconfiguración nuevamente políticamente dominante del poder burgués en esos territorios , factor al cual no se le presta atención en el afán de insistir en que la matriz de todos los males yace en un documento de época fundacional de una organización llamada a desaparecer con el asesinato de Trotski y la desaparición de su vanguardia en momentos previos, durante e inmediatamente posteriores a la segunda guerra mundial.
Por fuera de este dato que tiene carácter de evidencia. Lo cierto es que incluso la impugnación de las consignas transicionales queda en discurso dogmático en la medida que opera solo como negación abstracta y no indica en ningún caso cual sería, de ser así, la superación esperable de esa negación sistemática.
Es en ese espacio de la descripción de la situación, es donde corresponde acudir a las categorías fundacionales del método marxista, partiendo de la base que pese a la impugnación en curso, los discursos que se inscriben en ese nivel no cuestionan un pasaje específico del texto por cuya caducidad militan con fervor.
Dice Trotsky y como indicamos, no parece ser observado por sus perseguidores del siglo XXI, que en el contexto histórico de ese documento que hace público: “…Las charlatanerías de toda especie según las cuales las condiciones históricas no estarían todavía “ maduras ” para el socialismo no son sino el producto de la ignorancia o de un engaño consciente. Las condiciones objetivas de la revolución proletaria no sólo están maduras, sino que han empezado a descomponerse. Sin revolución social en un próximo período histórico, la civilización humana está bajo amenaza de ser arrasada por una catástrofe. Todo depende del proletariado, es decir, de su vanguardia revolucionaria La crisis histórica de la humanidad se reduce a la dirección revolucionaria”…..” La economía, el Estado, la política de la burguesía y sus relaciones internacionales están profundamente afectadas por la crisis social que caracteriza la situación prerrevolucionaria de la sociedad. El principal obstáculo en el camino de la transformación de la situación pre-revolucionaria en revolucionaria consiste en el carácter oportunista de la dirección proletaria, su cobardía pequeñoburguesa y la traidora conexión que mantiene con ella en su agonía”.
Vistas así las cosas, la cuestión parece exceder el falso y sesgado debate en torno a sí las fuerzas productivas aún se desarrollan o no dentro del orden social capitalista, y apunta más a lo que se conoce como el factor subjetivo dentro del proceso dialéctico de la construcción de una situación revolucionaria y su resolución en sentido favorable a la conformación del poder obrero y revolucionario.
Siendo esto así, lo que corresponde no es quedarse en ver si la búsqueda de poner en hechos consignas transicionales como las que a simple título ejemplificativo enuncia Trotsky para su tiempo histórico en su documento, sino salir de ese esquematismo y preguntarse por cuales el punto neurálgico de ese quiebre subjetivo operado en la comprensión consciente de la clase trabajadora respecto de sus propósitos emancipadores de toda relación de explotación y opresión, extremo que no aparece en ninguno de los ensayos críticos escritos o expuestos en “charlas”, donde los “charlatanes “ solo se encargan de aclarar oscureciendo.
En ese orden de ideas, parece fuera de toda discusión, aunque por efecto de la naturalización del orden social capitalista impuesta por la ideología de la clase dominante no se exige mayor fundamentación para afirmarlo , y darlo como simple constatación, que sin vinculo social no puede haber producción material humana.
Sin embargo, dicho vínculo aparece en el capitalismo, y es allí donde penetra la ideología, como un vínculo entre cosas en el mercado.
Un sistema productor de mercancías de manera generalizada como lo es el capital se sostiene produciendo una realidad social donde las relaciones entre los individuos se expresa en el mercado, es decir, el sitio donde prima el intercambio de mercancías, haciendo que toda la sociedad mundializada aunque tabicada por la presencia de las fronteras que sostienen a los Estados nacionales y sus específicas burguesías , sea concretamente eso, una sumatoria compleja de intercambios mercantiles y no en el entrelazamiento social directo en la producción entre los productores asociados que producen bienes para la satisfacción generalizada del ser humano, escenario este que en términos teóricos definiría a lo que tan livianamente se designa hoy como comunismo, sin advertir que con ello se hace alusión a su negación , el Stalinismo, que de ser llamado “socialismo real”, pasó lisa y llanamente a desaparecer como orden social bajo el emblemático y simbólico hecho contenido en la caída del Muro de Berlín, y solo queda como ficción ideológica que sigue siendo utilizada funcionalmente a sus intereses, por el poder burgués.
Por todo este andamiaje que nace de lo real existente es que en los hechos de la cotidianeidad y sus expresiones discursivas , la relación de los productores con el trabajo total se les presenta como una relación social entre objetos que existen por fuera de los productores en sí . Las mercancía son entonces cosas sensiblemente verificables en su existir, pero a la vez son relaciones sociales, que le están por detrás y adquieren dicha forma sensible.
El entrelazamiento social que está detrás de ella, su valor expresado en el intercambio ha quedado oculto; no puede apreciarse a simple vista-requiere del análisis alcanzarlo.
La mercancía tiene entonces una esencia sustantiva que es su condición necesaria de fetiche, con la que termina por presentarse frente a su productor directo , el trabajador. La mercancía es así un poder independiente y por encima de las personas cuya fuerza de trabajo permite producirlas, a las que dominan. Por eso todo objeto mercantil denuncia por sí misma, una trabazón social del trabajo que queda oculta en su desarrollo
Lo que llamamos sociedad y aparece como sujeto abstracto en todos los discursos del poder burgués que ficcionan interese generales , implica en el plano de lo real, un cúmulo de mercancías generadas bajo condiciones de explotación del trabajo en una producción social apropiada privadamente por el capitalista, que adquiere condición prevalente en una relación de poder dada por la objetiva situación de éste en todo ese proceso que le permite ser quien determina el destino de esa mercancías en su realización dineraria en el espacio concreto delimitado por el mercado.
“No hay aquí nada más que una determinada relación social entre los hombres mismos, que adquiere para ellos la forma fantasmagórica de una relación entre cosas. Para encontrar una analogía hemos de refugiarnos, por tanto, en la nebulosa región del mundo religioso. Ahí los productos de la cabeza humana parecen personajes dotados de vida propia (…) A eso yo lo llamo el fetichismo que adhiere a los productos del trabajo desde el momento en que son producidos como mercancía (…) ese carácter de fetiche del mundo de la mercancía brota del peculiar carácter social del trabajo que produce mercancías” (Marx El Capital (tomo I), capítulo I, sección 4)
Privada de autoconciencia, la economía política gestada desde las universidades y centros de estudios del orden burgués, es incapa de dar cuenta de las “leyes” que ese espacio ideológico expone y difunde, instalando sus premisas en el discurso de sentido común.
Los economistas desde el orden burgués colocan en todos los casos , en el centro de sus teorías el concepto abstracto de propiedad privada, haciendo de esto el cimiento de todo su andamiaje discursivo , que oculta precisamente ese dispositivo, con lo que en los hechos eluden su fundamentación.
Marx monta una estrategia de abordaje del fenómeno, que desarrolla un pensamiento teórico que parte de los hechos de la economía en el orden social capitalita, para luego adoptar expliicitamente una posición superadora , indagando precisamente los hechos que los economistas dan por supuestos .
Es por eso que, las categorías que emplea Carlos Marx, denuncian que en la base de la propiedad privada se oculta el factor esencial que hace las veces de causa fuente de esta, que no es otro que “el trabajo alienado”. Dicho de otra forma, la propiedad privada no es otra cosa que la consecuencia necesaria del trabajo enajenado
La economía política solo considera al trabajador en cuanto medio de trabajo que no debe recibir más que lo necesario para seguir produciendo y descarta su condición universal de ser humano genérico. Los trabajadores de este modo, se ven despojados de toda relación auténtica con sus semejantes y la vida se reduce a un juego extendido de individualismo y marcado egoísmo utilitarista.
El concepto , la noción de “ser genérico o esencia genérica” según lo exhibe Marx, se opone por el vértice a quienes presentan a la sociedad como una abstracción contrapuesta al individuo, porque el individuo mismo, en tanto trabajador es la esencia social .
Es aquí en donde los olvidos de los detractores del siglo XXI omiten advertir y comprender que entre emancipación política y emancipación humana hay una distinción y es en la última de las opciones donde se posiciona estratégicamente la lucha revolucionaria desde los trabajadores que son aquellos que la corporizan.
No hay forma de salir del esquematismo subyacente en el encuadramiento de las premisas que se dicen propias del programa mínimo, y aquellas que conformarían un programa máximo traídas del positivismo reformista socialdemócrata , si no se apela a la gestión y desarrollo de un proceso eslabonado y nacido desde la propia lucha de clase, que tenga como premisa fundante la emancipación del trabajo alienado y la destrucción del fetiche que se configura en torno a la producción generalizada de mercancías que implica el ser en sí ,del orden social capitalista.
Se aspira a una liberación humana, no simplemente a la posibilidad de una mejor vida en el orden social del capital, movidos a que por la superación indefinida de mejores la sociedad mute por sí misma, porque la aceptación de ello lleva a desconocer los fundamentos objetivos mismos de la relación social Capital.
Se aspira al ser humano como un todo , a la emancipación del ser genérico y son los trabajadores en tanto clase social que ha reunido en sí el máximo de deshumanización , los llamados a poner en concreto esa aspiración . La clase trabajadora es la herramienta consciente de esa emancipación. No se llega a ella por decantación de obstáculos sino por la superación dialéctica de las estructuras de las actuales relaciones sociales de producción. Omitir en todos los casos de intervención en la lucha de clases , ese propósito y ese objetivo, vacía de contenido el reclamo , lo vuelve fatalmente recurrente y conduce más temprano que tarde a la frustración del que lucha o a la esperanza infundado, de que esa lucha se asume por etapas preconstruidas , y nunca por su permanencia en tanto las relaciones capitalistas prevalezcan.
Marx, desde sus Manuscritos Económicos y Filosóficos, se niega a identificar las reivindicaciones práctica y de corto alcance de los trabajadores en lucha , con aquellos objetivos que apuntan a la realización de la condición humana en su universalidad, si esa lucha no es tomada como un proceso dentro de la identificación consciente por los actuantes de ese objetivo estratégico emancipador.
De los textos de Marx no se indica ninguna “vía socialista” , ni se toma a la vida y el socialismo como dos extremos de una relación según los dejan ver los habitantes de la fauna porteña. Lo que propone , no es simplemente una mejora de la situación actual de los trabajadores, – una mejora salarial o una distribución de la riqueza más equitativa -sino algo infinitamente más ambicioso: el salto del reino de la necesidad al de la libertad, la superación de la prehistoria humana, la eliminación de “todas aquellas relaciones en las que el hombre es un ser humillado, oprimido, desvalido, despreciable”. (Crítica de la Filosofía del Derecho de Hegel, pag.385).
La tarea propia de la difusión, propaganda y agitación paciente y militante sin mayores formalismo que la transmisión de la palabra por acciones y referencias orientativas condensadas en un programa de política autónoma de clase que evite la injerencia de todo elemento asimilable a los intereses de los enemigos de clase, no puede dejar de enfocarse en la alienación y la humanización del trabajo en lugar de una visión puramente económica, que solo apunte al contenido accidental de una consigna agitativa , ni puede darse a ella, el carácter de factor desencadenante por sí de un fracaso en el antagonismo de clase.
Esta premisa no puede desligarse de una comprensión del la revolución no como resultado, como un evento único, sino como proceso constructivo desde lo subjetivo, desde la vanguardia trabajadora que asume su condición de clase y como tal se proyecta a las masas en actividad emancipadora permanente de los sujetos revolucionarios contra el capital a través de la búsqueda permanente de quitarle la capacidad de determinación sobre los destinos a otorgar a la productividad obtenida por el empleo de la fuerza de trabajo humana.
Nuevo Curso.
