En la juventud actual, gran parte de la vida social pasa por la pantalla. Allí se conversa, se comparte, se discute y también se construyen vínculos. Lo digital ya no es algo secundario, es parte de la vida cotidiana.
Sin embargo, no todas las formas de encuentro son equivalentes. El contacto cara a cara no es sólo intercambio de palabras. Es presencia, es gesto, es silencio compartido, y en esa forma de estar con otros se involucran los sentidos y se construye una experiencia difícil de traducir en términos digitales.
En los entornos virtuales, en cambio, las relaciones se vuelven más controlables. Se puede editar lo que se quiere decir, elegir cuándo responder o simplemente desaparecer sin dar explicaciones. La interacción pierde parte de su imprevisibilidad, e incluso la empatía empieza a darse de otra manera: más a distancia, en otros tiempos.
Entonces, la pregunta no es si la tecnología reemplaza a los vínculos, sino qué tipo de vínculos se generan en esos espacios y cuáles están quedando relegados.
En entrevistas realizadas a dos adolescentes, Mercedes y Martina, aparece con claridad una escena que se repite. El vínculo no desaparece ni se transforma, se manifiesta de otra manera, atravesado por herramientas tecnológicas que reorganizan los modos de encuentro, los tiempos y las formas de presencia. “Hablamos más por chat que en persona”, dice Mercedes, y en esa frase sencilla se condensa un cambio profundo en las formas de encuentro.
El estar con otros ya no se limita a la presencia física. Aun cuando se ven, el celular sigue ahí, como parte del vínculo. “Cuando estamos juntas nos mostramos cosas”, cuentan, como si ese intercambio mediado no interrumpiera el encuentro, sino que lo completara. La escena ya no es una sola, es presencial y, al mismo tiempo, digital. Martina, sin embargo, deja entrever una preferencia distinta, le gusta más el encuentro, estar con sus amigas en persona, aunque eso no excluya el uso del celular.
Esta diferencia no es menor. Mientras Mercedes parece habitar con naturalidad esa continuidad digital, Martina introduce un matiz, una forma distinta de estar con otros que prioriza lo corporal sin dejar de participar del mundo mediado. No se trata de posiciones opuestas, sino de modos diversos que conviven en una misma generación.
En sus relatos aparecen también matices que complejizan la escena. Mercedes describe una comunicación sostenida en lo digital: “yo me comunico con mi grupo… tenemos un grupo donde hablamos cuando volvemos del colegio… organizamos reuniones… también hablamos por Instagram”. La conexión es constante, organizada y forma parte de la vida cotidiana.
Martina, en cambio, introduce otra sensibilidad: “a mí me gusta más el contacto directo… juntarme todos los días y charlar”. Su preferencia por lo presencial no implica rechazo de lo digital, pero sí una valoración distinta del encuentro.
A su vez, Mercedes señala algo que también forma parte de estos vínculos: “tampoco me gusta estar todo el tiempo pegadas… me gusta tener mi tiempo para mí”. La conexión permanente convive con la necesidad de regular la cercanía, de encontrar momentos propios.
Incluso en situaciones concretas aparecen tensiones entre lo presencial y lo virtual. “Sí, me gustaría juntarme… pero creo que es más cómodo el chat”, dice Mercedes, dejando ver cómo la comodidad puede inclinar la elección. Sin embargo, frente a ciertas situaciones, ambas coinciden en la importancia del encuentro cara a cara: “frente a una dificultad es mejor personal… por WhatsApp a veces no se entiende”, señala Mercedes, y Martina agrega: “presencial se entiende mejor lo que querés contar”.
En ese marco, la conexión deja de ser una opción y empieza a volverse una expectativa. “Si no responde, le pregunto qué pasó”, dice Mercedes. La demora inquieta, introduce una pequeña tensión. Estar disponible ya no es sólo un gesto, es casi una condición del vínculo, y en los jóvenes esto se vuelve especialmente visible. También cambia el compromiso. No es que desaparezca, pero muchas veces es más flexible, más intermitente. Entre los jóvenes, se puede estar en una relación sin verse tanto, y eso no necesariamente modifica el vínculo.
También aparece como preocupación el miedo a la exposición, al rechazo, a lo que otros puedan hacer con una imagen, o a riesgos más concretos como el grooming. Las redes son, para ellas, un espacio de encuentro, pero también un espacio de vigilancia sobre sí mismas.
Estas formas de vincularse no aparecen del mismo modo en todos los sectores sociales. Aunque las pantallas están presentes en casi todos los contextos —incluso en sectores de menores recursos—, eso no implica que la experiencia sea igual para todos, aun cuando el celular se haya convertido en una de las principales puertas de acceso al mundo.
Existen diferencias importantes como son la calidad de la conexión, el tipo de uso —más orientado al consumo que a la producción—, las condiciones de privacidad (como el uso compartido de un mismo dispositivo) y la continuidad del acceso atravesada muchas veces por la falta de datos o por cortes. Pero estas diferencias no son sólo técnicas, también inciden en los tiempos de la comunicación, en las formas de participación y en las maneras de construir vínculo.
Esto permite matizar una idea frecuente, no es que en algunos sectores se pierda el contacto directo y en otros se conserve. En todos los casos, lo presencial sigue siendo valorado y necesario. Lo que cambia es el lugar que ocupa en la organización del vínculo y el modo en que se articula con lo digital.
Mientras en algunos contextos la conexión permanente tiende a estructurar la relación, en otros lo presencial continúa siendo el eje sobre el cual se organiza la vida social y la tecnología se incorpora como complemento.
Por eso, ya no alcanza con hablar de “la juventud” en singular. La realidad muestra la existencia de múltiples juventudes, que se vinculan desde condiciones materiales, sociales y culturales concretas, y que construyen sus experiencias con la tecnología de maneras diversas.
Y entonces queda abierta una pregunta que no busca una respuesta única, sino comprender un proceso en curso: qué formas de relación están emergiendo y qué maneras de estar con otros comienzan a configurarse en estos tiempos ?
Graciela Geromini-para NUEVO CURSO
