Nuevo Curso

UNA IMAGEN DE TROTSKY PURAMENTE EVOCADO Y LA POLÍTICA CONCRETA. EL CRISTO DEL EVANGELIO Y LOS SACERDOTES DEL VATICANO.

“Es preciso que entendamos esta idea sumamente sencilla, cada época tiene sus canciones”, supo decir Trotsky en una de sus intervenciones y la premisa viene al caso , ya que ,la historia que desarrollamos en tiempo presente , tiene la melodía trágica, canta la canción de la política revolucionaria. La literatura, la organización del partido, todo necesita ser dictado por la política en el sentido más estricto e inmediato.

La música de nuestra época, objetivamente remite y busca darle armonía a un presente caótico, de búsqueda incesante por la burguesía de ocupar la situación de dominio , que remite necesariamente para la masa trabajadora y en particular para quienes se determinan voluntariamente para ocupar el lugar de vanguardia de un ejército que no termina por agruparse y permanece por décadas eb desbandada signada por años de democratismo y venta de ilusiones democráticas montadas sobre el orden capitalista y su presuntamente pendiente revolución democrática , a la que se busca consolidad con impulsos de una política de derechos arrancadas al Estado, quien las declara pero no les da realidad.

Esa música necesaria para las tareas políticas toma cuerpo en un adaggio, es decir, en una indicación de tiempo para el hacer efectivo y fructífero, que significa lento o despacio. El actual momento de la lucha de clases y las relaciones políticas antagónicas con el orden burgués, Indica por los elementos que lo integran la pertinencia de una obra militante a una velocidad reposada, transmitiendo con un carácter tranquilo y muy expresivo, que reconozca esos elementos e indique el objetivo necesario de pasar desde la fuerza social existente a la categoría superior de fuerza política, y es resultado buscado, no puede jamás partir de la altisonancia, la desesperación y el oportunismo, que por sí mismos no son rasgos específicos de la clase trabajadora , disciplinada en la cultura del trabajo y los ritmos pesados de su sobrevivencia en el orden capitalista.

No hay en Argentina, al interior de las masas trabajadoras, la crudeza e intensidad de las tareas e intereses políticos, en gran medida porque la vanguardia de trabajadores no la gestiona y deambula mecánicamente en la demanda parcial economicista, sin perspectivas mayores y las organizaciones políticas que hacen de la política de aparato su razón de ser, no las orientan en otra dirección posible en lucha contra el Estado, sino que por tales, los buscan sustituir al trabajador con determinaciones preconstituidas desde el aparato mismo, donde la tarea solo parece ser convencer a quien no debe ser convencido , sino acompañado en la gestación de su propio programa enviudo de una perspectiva de poder político autónomo con programa socialista .

En el curso de estos años, los que exhiben la forma partido del régimen, en tanto se han asimilado a él buscando la legalidad burguesa como si fuera agua en el desierto y el único camino a transitar , han montado aparatos propagandísticos que buscan agrupar a los elementos más activos de la clase trabajadora, por vía del convencimiento adoctrinado y la asimilación a veces fanática “al partido” en donde depositan todas sus ilusiones y aptitudes, tal como si fuese un objeto fetichesco.

Sin embargo, y pese a las décadas transcurridas, con varias generaciones en el medio, el resultado de ese posicionamiento erróneo frente a lo real existente , es que la masa trabajadora no conoce por su experiencia concreta de resultados políticos que abran una perspectiva socialista para la superación del actual orden social capitalista y solo sabe de impugnaciones discursivas desde uno de los propios poderes del Estado republicano y del incremento de su tendencia a la pauperización con escenarios de barbarie naturalizada que golpean a su puerta.

La pura y simple repetición de esos resultados negativos que conoce por sí misma y por su propia experiencia ya no le ofrece nada, más bien contribuye a borrar de su espíritu las enseñanzas de las luchas del pasado.

En ese cuadro de situación es donde se inscribe el actual rumbo decidido por todos los aparatos partidarios que integran la ya decadente cooperativa electoral FITU , en busca de permanecer , a lo que poéticamente hay que decirle con todas las letras:
“ No ! Permanecer y transcurrir
No es perdurar, no es existir
¡Ni honrar la vida!
Hay tantas maneras de no ser,
Tanta conciencia sin saber
Adormecida” .

El camino emprendido conduce a un callejón. Las tareas principales se han desplazado en dirección a la edificación de un aparato y no a la visibilización por las masas trabajadoras de una necesaria superación económico-cultural, para evitar que la tendencia a la pauperización acabe por consolidar un orden social capitalista de intensificación exponencial de la explotación y la opresión.

Al mismo tiempo, hay que explicar pacientemente y no forzando situaciones proclamatorias al vacío , que toda nuestra lucha anterior y presente, sus penas y sus sacrificios, se justificarán sólo en la medida en que aprendamos a formular correctamente nuestras tareas “culturales” parciales, diarias, y a resolverlas en función del objetivo emancipatorio que se desprende desde el manifiesto fundacional del socialismo que es el Manifiesto Comunista.

Las adquisiciones a las que la propaganda socialista en las masas trabajadoras por vía de su vanguardia constituida y determinada como clase social antegónica a la burguesía que deben buscarse, construirse y asegurarse por los medios que resulten necesarios están centradas en la instalación en el orden social de :

· La dictadura del proletariado (por medio del Poder Obrero, orientado y dirigido por el partido de la clase y su aparato militar , sostén material de esa dictadura de clase.

La expropiación para la clase trabajadora por vía de su colectivización ,de los medios de producción más importantes, sin los cuales la dictadura del proletariado no sería sino una mera fórmula.

· El monopolio del comercio exterior, requisito indispensable para la edificación socialista, dado el cerco capitalista.

Esos elementos son fundacionales, necesarios y deben ser , irrevocablemente adquiridos, porque constituyen el escenario donde solo es posible la construcción de un nuevo orden social superador de las relaciones de producción capitalistas .

En esa perspectiva, desde la propaganda de ideas en la que nos encontramos involucrados desde Nuevo Curso, entendemos necesario dar difusión de un texto promovido desde su publicación por la revista EL PORTEÑO, desde Valparaiso Chile, donde la ocasión de un año más contabilizado desde el asesinato de León Trotsky da sitio para el desarrollo de ideas, por su autor, Alejandro Valenzuela Torres, con el que reconocemos coincidencias.

De la insurrección a la papeleta: cómo se domestica a Trotsky

“La nota publicada por La Izquierda Diario con motivo del 86º aniversario del asesinato de León Trotsky presenta una paradoja que merece ser discutida precisamente porque el texto se reclama de la tradición revolucionaria.
Su problema no consiste en lo que dice acerca de Trotsky —buena parte de la reconstrucción histórica es formalmente correcta— sino en la distancia que existe entre el Trotsky evocado y la política concreta a la cual esa evocación termina sirviendo. El resultado es una operación característica de una izquierda que conserva el vocabulario de la revolución mientras desplaza progresivamente su práctica hacia el terreno electoral, parlamentario y de la construcción de una opinión pública de izquierda dentro del régimen burgués.

El artículo afirma que Trotsky fue dirigente de la insurrección, organizador del Ejército Rojo, partidario de la revolución permanente y enemigo irreconciliable de la burocracia. Habla incluso de destacamentos obreros armados contra el fascismo y sostiene correctamente que la autoorganización de las masas no basta sin una dirección revolucionaria. Sería, por eso, intelectualmente incorrecto decir que el texto es literalmente pacifista: no lo es. La cuestión más interesante está en otro lugar. Precisamente porque conserva esas formulaciones, permite observar cómo un lenguaje revolucionario puede ser separado de sus consecuencias políticas prácticas.

El Trotsky histórico no sostenía simplemente que los trabajadores debían organizarse, luchar y adquirir conciencia. Toda su elaboración estaba subordinada a un problema mucho más determinado: cómo preparar a la clase obrera para conquistar el poder estatal, destruir la capacidad política de la burguesía para gobernar y defender militarmente la revolución contra la contrarrevolución. Esa cuestión atraviesa 1905, 1917, la guerra civil, sus escritos sobre Alemania y España y, finalmente, el Programa de Transición.

Si se elimina ese nervio central, quedan muchas palabras trotskistas y muy poco Trotsky. La nota de La Izquierda Diario proporciona involuntariamente un ejemplo. Al describir Octubre subraya que la toma del poder se produjo “casi sin derramamiento de sangre”. Históricamente, la constatación referida a Petrogrado es defendible. Pero políticamente resulta unilateral cuando se la desprende de lo que ocurrió inmediatamente después: guerra civil, ejércitos blancos, intervención imperialista, terror contrarrevolucionario y necesidad de construir desde prácticamente nada un ejército proletario capaz de derrotarlos.

El dato acerca del carácter relativamente incruento de la insurrección de Petrogrado puede convertirse así en una imagen tranquilizadora para la pequeñaburguesía de la revolución: masas organizadas, soviets, dirección política, palacio ocupado y poder conquistado con una violencia casi simbólica. Todo ordenado y civilizado. Pero el millón y medio de hombres caídos en combate durante la Guerra Civil y el fusilamiento de la familia del zar Nicolás II junto a sus sirvientes por los bolcheviques durante la madrugada del 17 de julio de 1918 en Ekaterimburgo —que fueron costos necesarios de la revolución rusa— no parecen simpáticos ara ilustrar una campaña electoral

Pero ese no fue el problema que Trotsky tuvo que resolver. El problema fue vencer. Y allí comienza a revelarse una diferencia fundamental entre la evocación contemporánea del revolucionario y su verdadera dimensión histórica. Trotsky no fue un pedagogo de movimientos sociales. Tampoco fue simplemente un defensor de la “autoorganización”. Fue un político que entendió que toda crisis revolucionaria conduce, tarde o temprano, a una cuestión brutalmente concreta: quién manda, quién posee las armas, quién controla las comunicaciones, quién dirige el aparato productivo y qué clase está en condiciones de imponer su voluntad a la otra.

Por eso Trotsky fue presidente del Comité Militar Revolucionario. Por eso creó el Ejército Rojo. Por eso dedicó una parte decisiva de su vida a cuestiones de estrategia, disciplina, mando, logística y guerra civil. No son episodios accesorios de su biografía. Son la materialización de su teoría política.

El artículo de La Izquierda Diario menciona todo esto, pero no consigue proyectarlo sobre el presente. Trotsky aparece como revolucionario en 1917 y como fuente de inspiración espiritual para una política contemporánea definida mucho más vagamente por la “autoorganización”, las luchas y la construcción de una alternativa al capitalismo. La transición entre ambos planos queda inexplicada. Se celebra la conquista histórica del poder mientras se evita determinar las tareas políticas que harían imaginable semejante perspectiva en nuestro tiempo.

Esta omisión resulta más significativa cuando se observa la orientación pública del PTS, organización que impulsa La Izquierda Diario. El propio partido define las elecciones como “batallas parciales tácticas” subordinadas a una estrategia revolucionaria. Esa formulación, considerada aisladamente, pertenece perfectamente a la tradición marxista. Pero sus balances políticos muestran simultáneamente hasta qué punto la acumulación electoral, las bancas, las campañas, las candidaturas y especialmente la instalación mediática de sus principales figuras se han convertido en indicadores centrales de crecimiento político. En su balance de 2025, por ejemplo, el PTS destacó explícitamente el alcance de Myriam Bregman en redes sociales, sus millones de interacciones y la utilización del resultado electoral como punto de apoyo para construir una alternativa política.

Nada de esto es ilegítimo por sí mismo. Los bolcheviques participaron en elecciones y utilizaron la Duma. Trotsky jamás convirtió la abstención electoral en principio. La cuestión es qué organiza qué. Una organización revolucionaria puede utilizar el parlamento para construir la revolución. Pero también puede ocurrir el proceso inverso: conservar una doctrina revolucionaria que legitime una práctica cuyo centro gravitacional se ha desplazado hacia elecciones, bancas parlamentarias, exposición mediática, campañas de opinión y crecimiento de referentes electorales. En el primer caso, el diputado es un instrumento del partido revolucionario. En el segundo, el partido revolucionario comienza imperceptiblemente a transformarse en la organización que sostiene al diputado. Es una diferencia estratégica.

El problema no puede medirse mediante declaraciones doctrinarias. Ninguna organización proveniente del trotskismo anunciará formalmente que ha abandonado la revolución. La degeneración reformista nunca empieza redactando un documento que diga “desde hoy somos reformistas”. Históricamente ocurre de otro modo: las fórmulas revolucionarias permanecen mientras cambia la relación entre propaganda, organización y práctica cotidiana. Incluso puede intensificarse la retórica. Cuanto más distante se encuentra la revolución como problema práctico, más fácilmente puede transformarse en iconografía.

Trotsky se vuelve entonces excepcionalmente útil. Su rostro, su melena romántica y sus lentes garantizan radicalidad. Su biografía suministra heroísmo. Su asesinato permite denunciar al estalinismo. La revolución permanente provee un vocabulario internacionalista. El Programa de Transición suministra fórmulas. Octubre ofrece una genealogía gloriosa.

Pero puede quedar ausente precisamente aquello que hacía peligroso a Trotsky: su obsesión por preparar concretamente una organización para situaciones en las cuales la lucha de clases deja de ser protesta y se convierte en guerra por el poder.

Es aquí donde el problema del pacifismo debe ser formulado con precisión. No estamos ante un pacifismo doctrinario hippie que niegue toda violencia. La propia nota recuerda que Trotsky reclamó destacamentos obreros armados para combatir al nazismo. Estamos ante algo políticamente más sutil: la separación entre la legitimidad histórica de la violencia revolucionaria y su desaparición como problema estratégico contemporáneo.

La revolución armada es aceptable cuando pertenece a 1917. La organización militar resulta admirable cuando la dirige Trotsky hace un siglo. Los destacamentos obreros son reivindicables cuando se habla de Hitler en 1932 y se lucha por la democracia.. Pero cuando se llega al presente, el lenguaje cambia. Aparecen “las luchas”, “la autoorganización”, “la movilización”, “la alternativa política”, “el gobierno de los trabajadores” y la salida «por abajo». Entre la movilización y el poder hay, sin embargo, un vacío. Precisamente el vacío que constituyó el centro de la actividad de Lenin y Trotsky.

No porque las condiciones actuales impongan copiar las formas militares de 1917. Sería ridículo. Toda estrategia revolucionaria debe partir de circunstancias concretas. Pero renunciar incluso a formular el problema equivale a educar políticamente a una militancia para la protesta permanente, no para el poder. La diferencia resulta enorme. Un partido electoral necesita candidatos reconocibles. Un partido revolucionario necesita cuadros capaces de actuar cuando el Estado entra en crisis. Un partido electoral mide avances en porcentajes, bancas, audiencia e influencia. Un partido revolucionario debe medir además su penetración en los centros neurálgicos de la producción, los transportes, los puertos, las comunicaciones y las fuerzas sociales capaces de paralizar y reorganizar un país. Un partido electoral prepara apoderados . Un partido revolucionario debe prepararse para crisis en las cuales las propias reglas electorales pueden dejar de funcionar.

Eso no significa despreciar las elecciones. Significa colocarlas en su sitio. El peligro aparece cuando la participación electoral deja de ser un episodio subordinado a la construcción de una fuerza independiente de clase y pasa a ordenar silenciosamente toda la actividad. No deja entonces de hablarse de revolución; simplemente se la traslada indefinidamente hacia un futuro indeterminado.

La propia prensa del PTS ofrece indicios de esa tensión. Sus documentos sostienen que el objetivo consiste en impulsar la autoorganización y construir un partido revolucionario, pero al mismo tiempo debates internos del FIT-U se concentran con considerable intensidad en quién debe encabezar listas, cuál candidatura “tracciona” más votos, cuántas bancas pueden obtenerse y qué inversión debe realizarse en redes para maximizar el desempeño electoral. Nuevamente: ninguna de estas preocupaciones constituye por sí misma una desviación. El problema comienza cuando la táctica adquiere una densidad material mucho mayor que la estrategia que supuestamente debe gobernarla.

Y ahí adquiere sentido político la apropiación de Trotsky. El fundador del Ejército Rojo puede convertirse paradójicamente en santo patrono de una izquierda electoral. El dirigente que organizó una insurrección puede presidir simbólicamente campañas parlamentarias. El hombre que sostuvo que las grandes cuestiones históricas terminan decidiéndose mediante la fuerza puede ser convertido en garante histórico de una política cuya práctica efectiva no logra superar el horizonte de la movilización reivindicativa, la agitación pública y la acumulación electoral.

No hay necesariamente engaño consciente en ello. Los procesos de adaptación política son mucho más interesantes cuando sus protagonistas están sinceramente convencidos de la continuidad de su tradición. Bregman, Castillo y cía. creen realmente estar llevando adelante una tarea revolucionaria, no por brote psicótico, sino que porque la adaptación del PTS a la democracia burguesa es un largo proceso con particularidades que hunden sus raíces en su conformación como corriente en 1988, cuando el MAS argentino y la LIT — la memoria puede traicionarnos— se divide por la política sobre Armenia y la restauración capitalista en los Estados Obreros.

Precisamente por eso es necesario volver al significado político del asesinato de Trotsky. Stalin no lo hizo matar porque Trotsky representara una excelente tradición intelectual. Tampoco porque publicara buenos periódicos, consiguiera diputados o denunciara injusticias. Lo mandó matar porque representaba la continuidad organizada de la revolución internacional. Porque había fundado una Internacional. Porque todavía intentaba formar cuadros para futuras crisis revolucionarias. Porque su existencia demostraba que entre capitalismo y estalinismo había una tercera posición histórica: la revolución proletaria mundial. Y porque esa posición no era una opinión.sino un programa para la acción.

Aquí el recuerdo de Trotsky y de los miles de oposicionistas exterminados por la burocracia adquiere toda su dureza. La tradición que la IV Internacional reconstruyó no estaba formada por comentaristas de la lucha de clases. Eran militantes que continuaron organizándose en prisiones, deportaciones y campos cuando hacerlo podía significar la muerte. Su reivindicación no puede reducirse a conservar una filiación doctrinaria. Exige preguntarse qué clase de organización merece efectivamente declararse heredera de ellos.

Esa pregunta conduce también al sentido de la épica revolucionaria. Una izquierda absorbida por la institucionalidad necesita inevitablemente moderar la relación emocional de los trabajadores con su propia historia. Puede celebrar Octubre, pero tiende a tratar el fuego revolucionario como patrimonio cultural del pasado. Puede recordar barricadas, pero difícilmente educará generaciones enteras para pensar que ellas mismas podrían tener que levantarlas.

La consecuencia es profundamente política. El trabajador aparece fundamentalmente como alguien que debe votar, reclamar, marchar, organizarse sindicalmente y eventualmente incorporarse a una organización política. Todo esto es indispensable. Pero falta el salto cualitativo mediante el cual comienza a concebirse como miembro de una clase destinada a gobernar. Ese salto contiene inevitablemente una épica. No una estética infantil de la violencia, sino la conciencia de que la historia de los explotados también contiene insurrecciones, armas, sacrificios, derrotas, victorias y hombres y mujeres que decidieron jugarse físicamente la existencia por conquistar el poder.

Lenin y Trotsky pertenecen a esa tradición. También pertenecen a ella los revolucionarios asesinados, fusilados o muertos en combate en la Rusia revolucionaria, en la Guerra Civil española, en Chile y en la propia Argentina. . Recordarlos cumple una función de delimitación política precisamente porque recuerda que entre revolucionarios y reformistas no existe simplemente una diferencia de velocidad. No es que unos quieran llegar al mismo lugar más rápidamente que otros.

Quieren cosas distintas. El reformismo pretende modificar las condiciones bajo las cuales la burguesía gobierna. La revolución pretende terminar con su gobierno, destruir su estado y expropiar sus medios de producción.

Por eso tampoco basta con denunciar a la burocracia sindical como obstáculo para “las luchas”. Trotsky comprendió que la burocracia era una agencia social de conciliación entre clases y que, llegado el momento decisivo, su función podía transformarse en una cuestión de vida o muerte para la revolución. Algo semejante ocurre con el democratismo, el parlamentarismo y el pacifismo: no son simples errores intelectuales. Bajo determinadas circunstancias se convierten en mecanismos mediante los cuales la burguesía desarma políticamente al proletariado.

El drama de Alemania en 1933 y el de España pocos años después ocupó obsesivamente a Trotsky precisamente por eso. Los obreros pueden ser heroicos, pueden estar magníficamente organizados. Pueden poseer sindicatos gigantescos, tener diputados, periódicos y millones de votos. Y pueden ser derrotados. Chile el 73 es una demostración monumental del lugar a los que conducen estas concepciones. El discurso de Allende era mucho más radical que el de Bregman y sin embargo —tenemos la historia de testigo— ello no impidió que el reformismo actuara objetivamente como antesala de la Junta Militar.

Lo decisivo es la dirección. Ese es probablemente el Trotsky más incómodo para una izquierda contemporánea crecientemente habituada a medir su existencia dentro de los ciclos electorales de la democracia burguesa. Porque obliga a formular una pregunta que ninguna cantidad de votos resuelve por sí misma: ¿qué organización estamos construyendo para el momento en que la cuestión del poder deje de ser una consigna y se convierta en una situación material?

La actualidad de Trotsky comienza justamente allí. No en colocar su fotografía sobre una nota. No en citar el Programa de Transición. No siquiera en declararse trotskista.

La fidelidad a Trotsky sólo puede medirse en la construcción de una dirección revolucionaria cuya actividad cotidiana —incluidas las elecciones, cuando corresponda utilizarlas— esté conscientemente subordinada a preparar a la clase obrera para gobernar. Porque Trotsky fue muchas cosas: escritor formidable, historiador, polemista, periodista, diputado soviético, diplomático y exiliado.

Pero hubo una unidad que atravesó todas ellas. Fue un teórico de la conquista del poder, un militante que construyó el instrumento político para conquistarlo y un militar que organizó las fuerzas necesarias para defenderlo.

Separar cualquiera de estas dimensiones de las otras permite fabricar un Trotsky aceptable. Un Trotsky intelectual puede entrar en la universidad. Un Trotsky democrático puede entrar en el parlamento. Un Trotsky convertido en ícono puede circular magníficamente por las redes sociales.

El verdadero Trotsky resulta mucho más problemático. Porque detrás de sus anteojos sigue apareciendo la misma pregunta que atravesó toda su vida: cómo hacer que los explotados dejen de ser gobernados y comiencen a gobernar. Todo homenaje que eluda las consecuencias de esa pregunta corre el riesgo de transformar su legado en exactamente aquello contra lo que combatió: una tradición revolucionaria despojada de revolución.”

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