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ABRAZO EN EL ANDÉN DE LOS PLATOS VOLADORES.

Muchas veces, cuando las urgencias eran la estructura de mi vida, me preguntaba el por qué de los diarios de viaje y como muchas veces desde la visión de un momento de un paseo cualquiera podía aparecer una señal que hiciera las veces de brújula en la existencia individual. A esta pregunta se le adosaba la reiteración del interrogante fundamental por el sentido de la existencia y el lugar del individuo en la historia.

Muchas veces, las urgencias son como esos parches que los oftalmólogos colocan con cuidado con gazas y cintas sobre un ojo dañado. Con urgencias las cosas pasan, pero uno no se detiene en ellas o en el peor de los casos, ni siquiera las ve.

Ahora que el tiempo transcurrió. Ahora que el mañana tiene mucho más significado, pero nadie te pone un cronómetro con obligaciones externas para dirimirlo o quizás porque no haya brújula, ya que no escapamos de la alienación pero además los demás nos ubican en el espacio del desplazamiento y el estorbo por la sola razón de que los años te devuelven a la niñez quitando el cuerpo, y los interrogantes se nos suceden unos tras del otro, uno agradece que la vida le haya dado capacidades intelectuales y materiales para haber sido espectador emocionado del cine de Giuseppe Tornatore, que dudo pueda ser comprendido como en los momentos de sus estrenos por las nuevas generaciones cinéfilas convertidas en los sepultureros de aquel cine y partera de los formatos Netflix. Ojo aclaro, la duda no implica que piense que no lo pueden comprender al italiano, sino que simplemente refleja la incapacidad para la interpretación contemporánea de la obra en el momento de su estreno, todo por eso que se llama anacronismo, es decir, se lee lo pasado con los lentes del hoy.

Lo cierto es que mi vejez me lleva con frecuencia a subirme a un colectivo que me pueda trasladar a cualquier punto del país, en el que piense que por ahí, me olvido del tipo que duerme en la calle, de la mamá con el bebe en la teta en la puerta de un cajero automático en madrugada, o del chico que murió quemado en el penal de “jóvenes en conflicto con la ley penal” que me tocó defender y solo pude conocer a través de ese dolor de tripa que me lo recuerda, con sonrisa de costado, mirada esquiva, y la prepotencia finalmente sumiso del que nunca pudo conocer de un techo seguro, una manta para calentarlo, un ventilador para ayudarle con el calor, una comida caliente y ese otro calor, el del pecho de la madre o el abrazó con el que los varones no se permiten amarse , aún cuando sean padre e hijo.

En eso estaba, cuando me caía de sueño y buscaba en la terminal cordobesa, que los siempre chispeantes cordobeses de Córdoba capital dicen tan avanzada arquitectónicamente que no ha sido pensada para autobuses sino para platos voladores.

En eso estaba, ya había ido a lavarme la cara al baño, sorteado la mirada del responsable que con los ojos me indicaba el platito donde se ven unos billetes, que invitan de modo no amenazante a dejar uno como ellos. Había además escuchado el cuarteto necesario como para saber que uno está vivo aún, aunque el sueño apremie por tanto andar.

En eso estaba, después del chau y mi confesión enésima de mi vocación y amor por Talleres ante el dueño de los sueños de los varones en un baño donde él hace su lugar de trabajo, que infructuosamente me intenta convencer por las virtudes de Belgrano, conflicto del que solo se sale acordando en forma unánime en lo bien que juega al básquet el campeón Instituto.

En eso estaba, cuando le preguntaba a un joven chofer por la posibilidad de subir al transporte media hora antes de su salida, para poder tirarme a dormir en su interior y con sonrisa de negro con poder, me tira ¿qué pasa viejo, no te la aguantas? Y su sorpresa de mi admisión sin objeciones que me sirve de llave al “cielo” por piedad con el anciano, cuando puesto en situación me despierto sin saber el tiempo transcurrido, pero con el colectivo cargado de pasajeros y por salir.

Los boletos ya no se cortan, se controlan en el celular del poseedor del aparato que lo exhibe como si tuviera el pasaporte que le hubiera permitido trasponer el hoy fenecido muro de Berlín. Yo no me llevo con eso y todavía por suerte recibo en la boletería un papel que dice que viajo a tal hora, en tal dársena y por qué empresa.

En eso estaba cuando ya traspuesto el horario de salida, llega una señora, acompañada de un muchacho, que tiene una leve apariencia a ella, tanto, así como un indicador de tiempo, una suerte antes y después. El muchacho le hace gesto que lo espere, veo que conversa con el chofer que me había hecho la gauchada de entrar antes, sube en el depósito una maleta, le dice a la mujer, te toca el 51 y ahí me percato que estoy en el 52 y hay una butaca vacía a mi lado. El “te toca” me persuadió de lo vano de mi tenor de estar en el sitio equivocado, y es así que ella subió, le señale el sitio, me agradeció porque no tenía los lentes, se acomodó y sin salir de Córdoba capital, ya dormía a mi lado.

Por supuesto, yo no dormí. Repasaba una y otra vez la dicha que la vida me había brindado en un instante, viendo a esa mujer hacer de la despedida un abrazo tan intenso que ella y él se habían confundido en un solo ser. Sentí que esos dos, se querían demasiado y que separarse por lo que fuera, remedaba aquel acto inicial del alumbramiento donde lo biológico impone el nacer y el cordón se corta.

Despertó remoloneando en la estación de Bell Ville.  Me miró y aproveche esa circunstancia única que no me es frecuente para sacar a la existencia, la pregunta del millón ¿Discúlpame la intromisión y perdóname si me meto en lo que no debo, ese hombre del que te despediste es tu hijo? Un sí corto y seco, pero con una sonrisa semejante al que recibe un ancho y tiene treinta y tres, fue la respuesta necesaria.

En eso estaba cuando dejando caer, por no poder controlarla, una lágrima sentida, y con vos quebrada, le replico ¿se ve que se quieren mucho? Sí mucho, me dijo.

Conversamos el resto del viaje de todo lo que se puede hablar para no dejar caer ese secreto compartido. Cuando bajé, le prometí escribir sobre esto. Y fue ahí que pensé que, si Tornatore hubiera visto esa escena de terminal cordobesa, hubiera gestado otra obra de arte con la que conmover al espíritu, que es algo así como, el sentido de la vida, en tanto estamos por este mundo sencillamente para conmovernos.

Daniel Papalardo