Asistimos a la profusa difusión de operativos policiales, que requieren conferencias de prensa, y anuncios oficiales, en los que es factor común la exaltación del procedimiento represivo, con adjetivación favorable hacia los miembros de la agencia policial interviniente sumado al complementario discurso de defensa institucional para los miembros de la agencia judicial encargados del consiguiente proceso penal, sostenido por la simple exhibición por todos los medios disponibles del resultado muerte , descargado sobre el cuerpo de tres mujeres en un contexto social de absoluta vulnerabilidad material y esclavizada en los paradigmas de la cultura narco .
Sin embargo, y más allá de que en las intervenciones policiales, existe la poco saludable tendencia a concentrar las investigaciones en el método de la escucha telefónica prolongada, todo lo cual implica intromisión prolongada y no controlada en la esfera privada de las personas, a lo que se le busca dar prevalencia es a una perspectiva de género sobre el fenómeno multicausal en sí y desde allí hacer nacer la demanda de políticas estatales de protección.
Sin embargo, es necesario advertir que lo que en ningún caso se tiene presente es la variable económica de la cuestión y la significación que tienen por fuera de la cultura narco el procedimiento policial de incautación de drogas en el mercado de estupefacientes, que es aquello que también se reclama con inmediatez, dejando ver que la cuestión es puramente represiva y se soluciona con una versión más de la consabida guerra contra el delito.
Hay que decir, como factor significativo en la cuestión que la incidencia de estas acciones policiales para el tráfico de drogas, entendido como actividad económica ilícita, deviene de notoria insignificancia y nula incidencia en miras de obstaculizar el desarrollo de esa actividad humana. Usando una figura, y desde lo cuantitativo, podría decirse que lo recolectado por la agencia policial equivale a desagotar un estanque con un balde, con el agravante de que al espejo de agua continúa ingresando líquido por otro sitio.
Lo que genéricamente se denomina droga es una mercancía, es decir, un objeto con valor de uso y capacidad de ser intercambiado y ponderado en un precio que se define monetariamente.
Si en realidad lo relevante es el mercado en sí, desde esa premisa no hay que andar mucho para advertir la relevancia del consumo, en tanto acto económico concreto, cuya demostración se produce por la sola existencia del vendedor y comercializador del objeto requerido en lo que conforme a la forma jurídica básica es un acto de compraventa comercial.
Así, cuando se anuncia que se dio “un golpe al narcotráfico” o cuando en las calles se pide represión al narcotráfico en busca de los grandes beneficiarios capitalista de las acciones humanas contenidas en esa categoría se oculta que la eliminación de ese espacio territorial, temporal y existencia específico debería siempre implicar la supresión de un equivalente humano de consumidores, porque de no ser así como atenderían estos sus necesidades de estupefacientes. Quien le dotaría de satisfacción material a su determinación de colocarse en situación de sujetos estupefactos
Dicho de otra manera, ¿El encarcelamiento de una banda de sujetos que se dedican a vender drogas prohibidas significa en paralelo que se terminó con el consumo de quienes eran sus clientes? Y en todo caso, ¿los guerreros policiales enfrascados en esta lucha de alto costo y escasa eficiencia, terminarán con la dialéctica vendedor-consumidor? ¿Alguien piensa que volteando un “kiosco” se le permite a quien demanda droga salir de sus necesidades?
La exaltación del operativo policial, como medio y fin en sí mismo, con base en el esquema de guerra contra la droga, tan reclamada por los punitivistas de todo tenor o por exaltadas feministas apoyadas en cuerpos mutilados resultante de un hecho letal en ese contexto centralizado en la mercancía que tiene la virtualidad de actuar de estupefaciente , oculta que en paralelo fenómenos sociales como individualismo, sálvese quien pueda, plata fácil, fetichismo del objeto y objetivación del sujeto, resultan factores constitutivos que se compadecen en un todo con la exteriorización de lo que se llama narcotráfico, en tanto en su objetividad este representa industria (producción y tráfico) y actividad financiera de alta rentabilidad, que no se detiene en una secuencia de muertes, como no se detiene una empresa que construye y no dota de elementos de seguridad industrial para sus operarios.
Si se pretende desagotar con un balde el estanque, lo lógico será apreciar que el flujo de agua que en paralelo al menos equivalente, al “desagote” ya que ingresa en mayor proporción, y no es otro que el alto contingente de consumidores, ya que la materia prima de esta actividad económica visualizada como venta de drogas no es un preparado sintético o un vegetal, es simplemente la persona que la consume y que admite para consumir la existencia de escenarios del crimen como el espacio natural de realización de la mercancía.
En la medida en que no reconozcamos que esa actividad económica primaria (producción, compra y venta de drogas) está en la base del fenómeno criminal y que ambos extremos del vínculo mercantil deben ser analizados, desplazando al consumidor de la faz penal pero asumiéndolo como un problema de salud pública y de anomia social, no se podrá evitar que importantes sectores juveniles ingresen en esa dialéctica vendedor-comprador con alternancia de ser sujetos activos de esos delitos “colaterales” o circunstanciales o sus víctimas, siendo ambos a la vez , constituidos en sujetos socialmente estereotipados por el conjunto del tejido social, con sentido negativo.
Un criterio exclusivo de tutela jurídica, encorsetado en el modelo orden y represión revestido con impronta de “combate” y la exaltación del temple y valor de sus “guerreros”, sólo sirve para juguetear con alto costo económico ,con un “tabú” deliberadamente fabricado, so pretexto de disuasión y seguridad pública.
En igual medida, también estamos necesitados de advertir que el problema además de las drogas en tanto mercancías implica también un fenómeno exclusivamente humano que es el de las adicciones, que obliga a detenerse, más precisamente. en las razones y motivos que conducen a ese fenómeno de dependencia enfermiza de un objeto. Lo cierto que por ese sometimiento a la cosa a la que se le asigna capacidades extrañas a su propia existencia, es que el traficante logra mediante los mecanismos económicos y comerciales montados en su organización, no es venderles drogas a seres humanos, sino conseguir seres humanos objetivados, para la droga.
La pregunta será entonces, ¿pueden los procedimientos policiales acabar con esta demanda creciente?, ¿puede bloquearse la oferta por vía del aparato represivo?
Se nos dice y hemos crecido durante décadas con el latiguillo de la economía liberal en lo concerniente a la inviabilidad de los controles de precios y precios máximos, pues la economía no puede ser contenida en tanto proliferan en el mercado actividades diversas que vulneran esos controles. Sin embargo, parece que esas premisas ricardianas no se trasladan a una oferta y demanda inelástica como la que supone una población creciente de consumidores de estupefacientes en búsqueda de lograr quedar estupefactos.
Así las cosas, acudiendo a las emergencias del fenómeno desde los vectores interpretativos de la cuestión de genero nos mantendremos en la lógica publicista de apología de lo insignificante y sobrevaloración de lo diminuto.
Eludiendo advertir la real incidencia en un problema social y económico, no encontraremos la ruta pertinente para llegar a destino, eso siempre y cuando busquemos llegar a alguna parte y no distraernos en el camino, buscando desagotar estanques con baldes.
La alienación y el fetiche de la mercancía, dejan sus rastros inhumanos en las experiencias cotidianas de los trabajadores. La noticia muestra Tres mujeres asesinadas con alevosía e insidia abren por la misma materialidad del resultado el esperado debate que la difusión pública del suceso ha conseguido al calor de la profusa presencia periodística, pero el mismo se desvanece con la misma velocidad de su difusión a la vez que el “ni una menos” vuelve a mostrar el rostro de su inevitable fracaso.
En el mismo sentido, aparecen objetables en el plano de lo que es o no pertinente, la presencia de intelectuales favorables a la despenalización de la tenencia de marihuana para consumo personal diciendo que con ello se acaba con el problema, para luego pasar a letras catástrofes señalando la desesperanza de una madre frente a ese tipo de consumo por su hija y su muerte violenta.
El saber filosófico concurre en nuestra ayuda desde los grandes trazos de las corrientes ideológicas que sustentan nuestra cultura occidental, para advertir que el todo incluye la parte y esta a su vez se define por esa globalidad
Si nos ajustamos a esa regla, se puede avanzar sobre los cuerpos yacentes de las asesinadas y ver desde sus cuerpos mancillados el rostro del escenario oscuro de la prevalencia de la mercancía sobre quienes quedan atrapados por su vulnerabilidad en sus efectos adictivos y la siempre intermediación del dinero facilitador de las transacciones y la producción de tal mercancía. Dicho de otra forma, el problema no puede nunca abordarse sobre el análisis del fenómeno particular, sino que también impone una visión de la globalidad.
En ese terreno tampoco se advierte como el Estado, “hipotéticamente socorrista” (sea aparato judicial o administrativo) podría desde sus estructuras opresivas y autoritarias, con un problema que contribuye a generar y del que es parte.
La lógica del consumo y la ponderación del mercado como única determinante de nuestras vidas, supone necesariamente una estructura Estatal como la actual, con sus policías, sus psiquiátricos, sus juzgados y demás herramientas opresivas, es lanzar un valde con combustible hacia el fuego, buscando extinguirlo.
Nuestras jóvenes nacidas, desarrolladas en espacios territoriales y sociales de vulnerabilidad que conlleva las emergentes de la criminalidad, no pueden con esta vida en la que la imagen prevalece sobre la sustancia. En la que la tenencia de objetos aporta seguridad y condiciona al sujeto definiendo su vida simplemente por la manera de obtener esos objetos. No pueden, en definitiva, con la alienación.
La construcción de un hombre nuevo, en una sociedad superadora de la relación dialéctica capital-trabajo, es la luz que aparece en el fondo de esta oscuridad mercantilista. La destrucción del Estado de los poderosos y los grupos económicos y su sustitución por una sociedad sin explotados y oprimidos es la línea estratégica de esta batalla contra la deshumanización del sujeto. No parece un camino fácil.
No obstante, habrá que recordar, que un problema complejo no acepta por definición una solución simplista, Ladrando a la luna desde pacatas definiciones dictadas por una moral vacía de todo contenido y apelaciones a la seguridad individual o viendo solo patriarcado en todo lo que no se puede explicar por esa categoría antropológica , será muy útil para llenar espacios mediáticos, pero únicamente nos conducirá al punto de inicio, como un burro en la noria.
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