Una escena, por convención de sentidos o significados es parte de una obra de teatro, película o libro que ocurre en un mismo lugar y al mismo tiempo. Si esa obra, es la vida misma, tal y como tocó sobrellevar, podría decirse sin temor a pifiar, que necesito de este 26 de julio como excusa , para ubicar en tiempo y espacio algo que me acompañó con las variables que dan precisamente otros tiempos, en otra sociedad donde estar, pero con semejantes relaciones sociales todas ellas, engendradas por los términos de un vínculo de explotación y opresión mantuvo su esencialidad.
La escena transcurre frente al director del colegio secundario. Una señora de las de antes, de esas que se ofendían porque el lugar donde sus hijos recibían instrucción la llamaba para decirle que uno de los suyos no se adaptaba . Se ofendía porque tenía al colegio como sus brazos posibilitadores de una educación que ella no pudo recibir por sus precariedades económicas y que hubiese querido tener.
Pero ahí, donde el chico de 12 años tenía que aprender, sucedía la escena de la peor noticia, director y preceptor decían al unísono: “Señora, su hijo no es un mal educado, su familia es buena “gente”, lo que ocurre es que éste no es como el mayor de los suyos, éste es un mal aprendido, un inadaptado”.
Pensando de manera apresurada, esa madre costurera “para afuera” y ama de casa, con cinco hijos , solo atinó a decir: “Me salió así. La culpa la tiene ese Arlt, no se quien trajo el libro “Los siete locos” a mi casa, ni como hizo para leer esa novela, pero de ahí para adelante, no es el mismo”.
Hoy ella, la que no muy lejos de esa escena, ya empezó a ser “la vieja”, que había ocultado lo esencial, que era ella la que trajo el libro a casa, porque en “el show del minuto”, un programa radial que hacía un peruano parlanchin, con el que llenaba de sonido sus tardes de trabajo, lo había mencionado y recomendado. Hoy ella, ya hace tiempo que no esta físicamente. Pero el libro, ese libro nunca más se fue de mi mente y le doy todas las gracias por haberlo traído a mi vida. No es el mismo ejemplar, pero esa dificultad no impide la evocación del momento, la escena, y de ese hombre tan hombre, tan carne y hueso que se lo lleva en la piel a pesar del tiempo transcurrido. El mismo hombre que en otro 26 de julio , también se fue para donde están los que no vuelven, tal vez porque nunca se fue o siempre está llegando.
Daniel Papalardo, para Nuevo Curso
