Nuevo Curso

EN CASA DE HERRERO, CUCHILLO DE PALO

EN CASA DE HERRERO, CUCHILLO DE PALO

El desarrollo de los hechos sucedidos en la madrugada del sábado 3 de enero de 2026 en Venezuela, dejo nuevamente en debate la premisa puesta en acto por Ernesto Guevara, según la cual
«El deber de todo revolucionario es hacer la Revolución» en tanto no puede considerarse que sea revolucionario sino aquel que está comprometido en una lucha revolucionaria.
Decimos esto porque hubo de constarse en el curso del día una profusión de pronunciamientos de múltiples organizaciones , llamando a la lucha contra el imperialismo yanqui a través del repudio a sus acciones en espacio territorial de Venezuela.
Quienes así operan, ocultan sin ruborizarse que se desenvuelven en una realidad específica, y que en los hechos sus acciones no se compadecen con un obrar consecuente contra cualquier tipo de expresión imperial, y que incluso han sido derrotados en la última expresión electoral en donde una masa importante de votantes redobló su apuesta por las políticas pro-imperiales de sumisión que desenvuelve el conjunto de los operadores políticos con referencia al capital financiero internacional.
Lo cierto es que, los que luego convocaron a una presencia frente a la embajada de EEUU en CABA, se adjudican legitimación para indicar el camino a seguir y conjeturar en qué sería lo mejor para Venezuela, ubicando a los que no se plantean ese proceder en la vereda opuesta, previo catalogarlos de proyanqui, todo desde la legitimación presunta de una militancia revolucionaria de respaldo.
Pero habrá que advertir que cuando se habla de revolución no se está aludiendo a una opción entre otras para un ser humano inquieto ante la pregunta sin respuesta sobre el sentido de la existencia, sino un deber concepto que se emparenta necesariamente con la obligación que no es otra cosa que la contracara de un derecho, factor que no es subestimable, en la medida en que particularmente todo parece girar en torno a derechos subjetivos del hombre que aunque declarados con profusión , nunca se verifican en lo concreto.
Ernesto Guevara remite a «la revolución» y no a una revolución. Con esto mostraba su convencimiento respecto a que sólo vale la pena combatir por la revolución con programa socialista y no por las variantes ideologizadas de nuevas revoluciones democráticas diversas por su contenido con las ya plasmadas por la burguesía en su momento de ascenso político.
Insisto en esta idea, porque lo primero que viene de suyo con la premisa del deber de la revolución para quien se identifica o así lo pretende, como revolucionario, es dejar de lado aquello según lo cual de lo que se trata con la acción política militante es hacer que la realidad se ajuste a una concepción ideológica previamente diseñada.
Dicho de otras formas, no es revolucionario ni lo puede ser más allá de sus determinaciones voluntarias, quien simplemente construye para sí unos ideales con los que se identifica y por los cuales pone en plano del deseo que la realidad se acerque cuanto más y cuanto antes sea posible.
Los procesos históricos no funcionan así. Las revoluciones no se hacen de encargo. Son el resultado de complejísimos procesos, en los que intervienen demasiados factores, que no sólo son incontrolables por su variedad, sino también porque muchos de ellos, sencillamente, no dependen de la voluntad humana.
Sin embargo, y más allá de todas estas posibles variantes, en su concepción de las cosas Ernesto Guevara dejaba siempre en claro que , sólo merecían el nombre de revolución los cambios sociales cuyos protagonistas estuvieran animados por una pretensión socialista.
En ese punto la síntesis objetiva de la cuestión la deja planteada Trotsky en el epílogo de su obra La revolución Permanente cuando en el punto 11 de la que pueden ser concebidas como conclusiones dice lo siguiente:
1. El esquema de desarrollo de la revolución mundial, tal como queda trazado, elimina el problema de la distinción entre países «maduros» y «no maduros» para el socialismo, en el sentido de la clasificación muerta y pedante que establece el actual programa de la Internacional Comunista. El capitalismo, al crear un mercado mundial, una división mundial del trabajo y fuerzas productivas mundiales se encarga por sí solo de preparar la economía mundial en su conjunto para la transformación socialista.
Este proceso de transformación se realizará con distinto ritmo según los distintos países. En determinadas condiciones, los países atrasados pueden llegar a la dictadura del proletariado antes que los avanzados, pero más tarde que ellos al socialismo.
Un país colonial o semicolonial, cuyo proletariado resulte aún insuficientemente preparado para agrupar en tomo suyo a los campesinos y conquistar el poder, se halla por ello mismo imposibilitado para llevar hasta el fin la revolución democrática. Por el contrario, en un país cuyo proletariado haya llegado al poder como resultado de la revolución democrática, el destino ulterior de la dictadura y del socialismo dependerá, en último término, no tanto de las fuerzas productivas nacionales como del desarrollo de. la revolución socialista internacional.
Pero el punto de encuentro entre Trotsky y Guevara está precisamente en la premisa liminar que distingue al revolucionario del simple militante político con “ideas de izquierda”, y es que, para ambos, las revoluciones no suceden, sino que se hacen, es decir se construyen y son en todos los casos las resultantes de la acción humana consciente de ese objetivo emancipatorio de la condición humana de toda relación social que le imponga explotación y opresión.
La revolución en tanto resultante de un preciso proceso histórico de lucha de clases preexiste a los fenómenos de confrontación antagónica que nutren esa lucha en tanto determinación final de todo hacer contenido en ese particular proceso dialéctico. Por eso, el revolucionario debe encargarse de materializarla en la realidad y no en cualquier realidad o peor aún en donde él o su organización piense que está la realidad.
Por eso ver correr a la militancia política a los frentes de una embajada para gritar “basta de dominación imperialista” luce al menos complejo a la hora de verificar si en realidad esa acción es pertinente a lo real, o solamente ocupa el ámbito de los deseos de quienes bandera en mano, se piensan capaces de frenar las acciones imperiales.
La revolución que se impone como deber al revolucionario no se limita a acumular generosos enunciados de principios relativos a la libertad, la igualdad o la solidaridad, y a la defensa social frente a las prácticas imperialistas del capital financiero internacional, sino que exige además su emergencia en la propia realidad de quien introduce en el torrente político su acción individual y colectiva.
Crear dos, tres, cuatro Vietnam no es la consigna del momento, simplemente porque no es aquella situación histórica la que toma cuerpo en el presente, lo que no impide advertir sobre la realización de las condiciones objetivas para el fenómeno revolucionario. De esta misma manera, la noción de lucha contra el imperialismo no puede tener centralidad si no se la liga con la realización de la revolución socialista y se la estanca en un perfil que termina poniendo a las fuerzas políticas funcionalmente al servicio de un operador político de algún sector de la burguesía, como sucediera en su momento con la presencia en las calles de la dictadura genocida Argentina, de las masas trabajadoras apoyándolo en la acción bélica contra “el imperialismo, pirata , ingles”.
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