“La crisis actual revela una terrible desintegración social de la civilización capitalista, con señales evidentes de que la gangrena avanza. Lo único que podrá salvar a la humanidad es el bisturí de la revolución proletaria.” León Trotsky
Rolland y Barbusse organizaron el Congreso Internacional contra la Guerra y el Fascismo, que se reunió en Amsterdam en agosto de 1932 con el fin explícito de frenar la amenaza de Japón sobre la URSS. En ese momento, Tokio extendía su ocupación desde Manchuria hacia la frontera de este país. Rolland hizo un llamado anunciando que: “¡La Patria está en peligro! Nuestra Patria Internacional […] La URSS está amenazada”. Recibieron la adhesión de Albert Einstein, Heinrich Mann, John Dos Passos, Theodore Dreiser, Upton Sinclair, Bernard Shaw, H.G Wells y la esposa de Sun Yat-sen. Se constituyeron comités nacionales de apoyo en Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia.
La «Declaración al Congreso Contra la Guerra de Ámsterdam» (redactada el 25 de julio de 1932) es un manifiesto político escrito por León Trotsky y firmado por la Oposición de Izquierda Internacional de cara al Congreso Mundial contra la Guerra celebrado en agosto de 1932.
El manifiesto aborda el inminente peligro de una nueva conflagración mundial y critica severamente el enfoque del congreso.
Trotsky criticó el evento por estar dominado por posiciones pacifistas, reformistas y por la burocracia estalinista. Sostenía que el pacifismo burgués era incapaz de detener la guerra imperialista y servía para engañar a los trabajadores agregando que el estalinismo había subordinado la política internacional de la clase obrera a la diplomacia soviética. Señalaron que el único método eficaz para defender a la URSS y evitar la guerra era la revolución socialista internacional.
A los miembros de la Oposición de Izquierda se les impidió tomar la palabra o participar democráticamente en el congreso, por lo que tuvieron que votar en contra del documento oficial presentado por el escritor Henri Barbusse y concretar esta declaración que estimamos tiene en el actual estadio de la lucha de clases significativa trascendencia.
La Declaración al Congreso Contra la Guerra de Ámsterdam (1932)” es una formulación clásica —y aún vigente— de la política marxista frente a la guerra imperialista: no su condena abstracta, sino la búsqueda en plano discursivo para orientar a las masas y a la vanguardia trabajadora en su superación revolucionaria dotando a la lucha de clases de otro contenido diverso del pasaje sin solución de continuidad al patrioterismo instado por la burguesía como una de sus armas selectas desplegada sobre los trabajadores .
El documento representa un método puesto en acto , en tanto es un programa estratégico que busca penetrar en la masa trabajadora en lucha contra toda la ideología que gesta y proyecta el poder burgués sobre el mismo sujeto social al que ubica en el sitio existencial propio de la “carne de cañón” y ese método no es otro que la comprensión primaria de lo real existentes, sus contradicciones específicas y no una pose de momento como para aparentar tomar partido por algo, sin que en definitiva se conozca al menos de manera próxima a la certeza, el fenómeno antagónico que lo produce, tal como hoy se apresuran a realizar las distintas organizaciones políticas del país que buscan representar a los trabajadores y se encuentran en la condición de socios de una cooperativa electoral portando cada una de ellas un posicionamiento diverso ante la situación, lo que por lo demás no es nuevo ya que se dejó ver en la historia en varias oportunidades, pero en particular con referencia al conflicto bélico en el Atlántico Sur.
El documento despliega el método emergente de las líneas rectoras de la filosofía de la praxis y en tal faena identifica en la propia estructura del capitalismo —la contradicción entre fuerzas productivas y Estado nacional— y la indica como la raíz material de los conflictos bélicos.
La guerra, a diferencia de la mayoría de los planteos que hoy se pueden leer, escritos por quienes no conocen ni de cerca “su olor”, no es un fenómeno que implique una desviación, no es algo que emerge desde una normalidad que no contiene la posibilidad de ese nivel de lucha concentrado en la violencia donde los misiles dirigen la política, que se determina por voluntad de los sectores dirigenciales de la burguesía por otros rumbos, sino como continuación necesaria de la competencia imperialista respecto de los recursos de apropiación para un nuevo ciclo de acumulación primaria o una forma agresiva de la competencia, por otros medios. Desde este punto de vista, la consigna central no puede ser la paz, sino la transformación de la guerra imperialista en guerra civil revolucionaria.
Lo que sucede en sentido inverso en nuestro país , es que los “zurdos, las rusas, los frentistas apologistas de un nuevo “síganme no los voy a defraudar” en la boca de una parlamentaria, ocultan, niegan o desconocen esta premisa del documento y se ven en la necesidad de exponer un escenario local, como si la guerra no existiera y en vender el producto mercantilizado de una mujer que no nace líder , sino que se busca que lo sea , con lo que se desconoce la realidad en sí y se la sustituye por una ficción traída del mundo de las ideas.
Con esto dejan claro porque se autodeterminan como izquierda. Realmente lo son , ya que han entendido el sitio que el poder burgués les asigna en todo esto de la lucha de clases. Son el lado izquierdo, minoritario e inocuo de la república montada por la burguesía como clase en su totalidad, para la definición institucionalizada por la forma jurídica, del orden social capitalista.
El documento que referenciamos al inicio de esta nota, polemiza frontalmente con todas las variantes del pacifismo —desde el liberal hasta el pequeño burgués— denunciando su función objetiva: desarmar políticamente al proletariado.
La crítica es implacable. La apelación a la indignación moral, los congresos internacionales, los pactos de desarme o las “flotillas simbólicas” no sólo resultan impotentes frente a la maquinaria del capital, sino que contribuyen a perpetuarla.
Sin embargo, y tal como sucede con las marchas, los actos frente a las embajadas de los Estados implicados, la trascendencia en efecto político de ese cuestionamiento en abstracto de lo bélico no hace otra cosa que dar lo que se busca por el poder: la frustración y el camino a la nada. Mientras la burguesía conserve el control de los medios de producción, del Estado y de las armas, la guerra seguirá siendo una herramienta legítima de su dominación. Por ello, el pacifismo aparece como una ideología funcional al orden existente: opone la pasividad a la violencia organizada del capital, sustituyendo la lucha real por escenificaciones políticas.
La tesis del documento, ilumina hoy a casi un siglo el sentido auténtico de lo que debe considerarse militancia política por el cambio social y diferenciarla de su peor enemigo, la apariencia de que lo es, ya que al tomar esas formas ideológicas, la confusión gana el espíritu de la vanguarda de trabajadores y torna en las masas con su versión menos deseada: la paralización y la resignación.
El documento es claro y no hay elemento nuevo a considerar que le impugne. La guerra sólo puede ser detenida por la acción consciente del proletariado organizado como clase dirigente. Esto implica un desplazamiento radical: no se trata de “presionar” a los Estados para que eviten la guerra, sino de arrebatarles el poder. La consigna de “ni un hombre ni un centavo para la guerra imperialista” se articula con la preparación activa de la insurrección, y la organización en los centros productivos. La guerra, en lugar de ser evitada por medios diplomáticos, debe ser aprovechada como crisis del sistema para precipitar su caída.
Esto implica y desubica a los disfraces de “izquierda “con los que se quiera revertir el fenómeno , que no existen guerras “defensivas” entre potencias capitalistas. Toda guerra imperialista, independientemente de su retórica, es reaccionaria. La única guerra progresiva es la que libran las clases explotadas y oprimidas. Por eso es al menos “curioso” que los que tan ampulosamente se pronuncian con documentos preconcebidos como comida chatarra, por alguno de los bandos en pugna buscando elementos progresivos en la acción de ese Estado, no ocurran de la misma manera a la hora de valorizar el sentido de la lucha armada dentro del espacio territorial y social donde se desenvuelven contra el Estado que viabiliza la opresión y la explotación capitalista.
Es curioso, porque parece necesario subirse a un barco y cruzar los mares para intervenir en un conflicto armado, pero de la misma manera se descarta la hipótesis del conflicto con esas formas en el propio seno y se propicia elegir parlamentarios para el ilusorio espacio de un gobierno con consignas de interés para el favorecimiento de una mejor manera de sobrevivir en la explotación .
De este modo, la política marxista no se ubica en el terreno abstracto de la paz, sino en el de la violencia histórica como instrumento de emancipación, subordinada a un objetivo universal: la abolición del capitalismo. Lo inverso , a todo este escenario que por donde puede trata de montar el reformismo oportunista , es la premisa que orienta el documento internacional y es esa nuestra intención al traerlo a cuento y recogerlo de la oscuridad y olvido a donde lo han ubicado de manera conscientes los presuntos “anticapitalistas” que solo son anti a su manera democrática formal e ilusionista y no llegan ni desean a ser superadores, esto es, a ser socialistas. En síntesis , detrás de una diputada o como cooperativa electoral, nuestros pretendidos pregones de los explotados, no son otra cosa que un obstáculo activo que debe ser combatido dentro del movimiento obrero.
Las clases dominantes se debaten en medio de esta situación de crisis. Sus dificultades financieras y el incremento ascendente de la población sobrante confirmando la tesis de la pauperización de Marx dado que el orden social capitalista mundial genera una tendencia estructural hacia el deterioro de las condiciones de vida de la clase trabajadora, mientras que simultáneamente concentra y acrecienta la riqueza en manos de la burguesía, las obligan a buscar una solución en elevar cada vez más las tarifas aduaneras e incrementar las restricciones a la importación, agudizando los antagonismos y preparando nuevas guerras. Los partidos reformistas, hoy como ayer enemigos de una solución revolucionarían por la vía socialista, cargan una vez más con toda la responsabilidad por la miseria de la crisis y el horror de las confrontaciones bélicas.
Así, frente a las puestas en escena simbólicas, los gestos humanitarios o las flotillas mediáticas, la declaración levanta una alternativa de hierro: organización, lucha de clases y revolución social. No hay atajos morales frente a la guerra. O se destruyen las condiciones que la engendran, o se la reproduce indefinidamente. Esa es la línea de demarcación que el texto traza con claridad implacable, que se inscribe en la línea de la consigna Socialismo o Barbarie. Las fuerzas productivas de la humanidad han desbordado desde hace mucho tiempo los límites de la propiedad privada y las fronteras del Estado nacional. La humanidad sólo se puede salvar con una economía socialista basada en la división internacional del trabajo.
Nuevo Curso.
