Usted tal vez no vive en Rosario o aun viviendo en esta ciudad, tampoco tuvo ocasión de estar en ellos. Uno en Dorrego y 9 de julio, Salta y San Nicolás el otro.
Cada cual a su manera nos contenía de diversa forma. En el primero lo hacía dando en oferta, la pizza de mozzarella con una gaseosa de litro , para ayudar penurias de padre separado con poca guita y , con hija en régimen de visita o también, fuera de esa “paternidad responsable” , en esos momentos donde estos cedían por efecto de un “amigable acuerdo”, estirando su presencia con otro formato, es decir, haciendo honor a su nombre , cobijarnos en las densas madrugadas de los días de semana cuando el sueño no llega y los problemas juegan olimpíadas en la cabeza.
En otro punto de la ciudad, otro bar, estiraba sus brazos ficcionales, y nos convocaba en sentido inverso. El segundo era la familia sustituta, la taza de café con leche inmensa, idéntica a la que servía la abuela con sus manos venosas, esas que ahora reconozco en mi cuerpo, cuando éramos niños, con esas medialunas que nos permitían afrontar la mañana con otros laburantes, bien temprano, cerca de los telefónicos, los ferroviarios y un amor que no pudo ser a dos cuadras.
Un gallego sacado de Mafalda a cargo de ese templo de culto devoto a lo humano y su específica condición. Lugar de fumadores no perseguidos, de sabiondos y suicidas, y el inefable Tato, vendiendo diarios en el semáforo, en una de sus tantas gambetas a la miseria desde su lumpenismo irreverente
El amor a los hijos, el anhelo de un mundo humano y solidario, de hombre nuevo y socialismo, acusan el golpe ante este repentino y a la vez anunciado momento de ausencia, de esos dos espacios de la historia de nuestra ciudad y de nuestra propia existencia. Golpea a la vez, lo inverso, la alienación, la ajenidad de un otro que puede o no estar ahí en ese mismo sitio pero que comparte la decadencia de nuestro descenso a la cosificación más exaltada y vendida por lo bueno, so pretexto de novedoso, aunque de una fragilidad supina.
Ya no se usan tazas de la abuela. Ya no vale la pena conversar con el de la mesa contigua. Ya no hay un diario dando vuelta de mano en mano, ni el volante que dejó el último militante extraviado que haya podido alcanzar a meterlo antes que las persianas hagan su trabajo. El Capital volvió a dar cuentas de su lógica reproductiva. A mostrar lo descarnado que resulta todo cuando la ley del valor hace lo suyo y los gerentes en el poder político completan ese macabro itinerario. Como diría un catalán, tal vez porque de esto supo y mucho como para escribir canciones y cantarlas:
Uno se cree que los mató el tiempo y la ausencia.
Pero su tren, vendió boleto de ida y vuelta
Son aquellas pequeñas cosas,
que nos dejó un tiempo de rosas
en un rincón,
en un papel
o en un cajón.
Como un ladrón
te acechan detrás
de la puerta.
Te tienen tan
a su merced
como hojas muertas
que el viento arrastra allá o aquí,
que te sonríen tristes y
nos hacen que
lloremos cuando
nadie nos ve.
ADVERTENCIA: Puede que cuando alguien, que se haya animado a llegar a este punto de este pensar en voz alta, secamente pronuncie la palabra nostalgia y agregue: otro viejo que se quedó en el tiempo y empantanado solo piensa en que todo tiempo pasado fue mejor.
Sin embargo, lo cierto es la pregunta que dejo abierta ¿Puede el QR, los pedidos desde la mesa sin presencia humana, las variadas aplicaciones, los teléfonos con sus mensajes, devolver en el tiempo a sus hoy usuarios, experiencias consoladoras y estimulantes como el recuerdo y su reivindicación por la cercanía con lo humano?
Tal vez este escrito, pueda convocar a la reflexión que sin duda ha de ser más profunda que el simple relato. Mas allá de esto, no hay por qué negar que todo cuanto aquí se dice remite a una emoción agridulce que combina alegría y tristeza por el recuerdo de momentos, personas o lugares pasados que se añoran, generando una sensación de melancolía por lo perdido, pero también reconfortando al recordar instantes felices que nos formaron, fortaleciendo la identidad y las relaciones sociales.
Ese recuerdo se activa por estímulos sensoriales del tipo de los narrados como una canción o un olor que a la vez dan cuenta de una ausencia por factores que exceden la simple individualidad. También es cierto y hay que advertirlo con sensates, que aunque puede ser una fuerza motivadora, un exceso puede impedir vivir el presente con el único sentido posible del existir que es la lucha por la emancipación social del ser humano y la abolición superadora de toda sociedad de clases.
Nuevo curso
