Nuevo Curso

Las manifestaciones de una crisis específica. Immanuel KANT se “infiltra” en la vida y el socialismo. Un “nosotros” que encubre un “Yo apriorístico”. Lo viejo con ropa nueva .

El apriorismo filosófico (notablemente kantiano), implica que ciertas estructuras mentales o verdades racionales son previas a los hechos, funcionando como una base necesaria para entender la realidad. Por vía de una analogía , se puede abrir la puerta a una nueva manifestación de la ideología , disfrazada de “sincera reflexión “ , que como tal , ya conoce las “necesarias conclusiones”.

Las expresiones de la decadencia de una corriente política “el Morenismo” y de alguna de sus simples negadoras pero finalmente funcionales en ultima instancia a sus líneas estratégicas, como lo demuestra la sobrevivencia de la cooperativa electoral FITU en simple formato de aparato generador de mercancía política cuyo valor se mide en presupuesto financiado por el Estado y cantidades de parlamentarios y sus siempre presentes expresiones colaterales que le hacen las veces de colectoras ante cada ocasión de puesta en acto de una farsa electoral por el poder burgués , permiten que otros sellos autoimpuestos y también autorreferenciales, bajo diversas modalidades operen ideológicamente bajo el simple expediente de identificar Morenismo , con las tesis centradas en Marx que Trotsky pudo conformar , en la soledad política mejicana , en defensa del marxismo en una época de reacción.

esa identificación de lo hecho y desecho en innumerables ocasiones en Argentina y Latinoamérica por Nahuel Moreno y sus siempre variables seguidores , conforme a su ultra desarrollado método de maniobras y pragmatismo para ganar un lugar bajo el sol de la república burguesa y la institucionalidad parlamentaria inherente a ella, con el accionar político de Trotsky y su postrero intento fallido de conformar la Cuarta Internacional , empresa en que dejaron su vida su hijo, sus más cercanos seguidores y él mismo.
Para eso se ocurre al trillado expediente de criticar el documento que sirvió de programa fundador de aquel intento fundacional , programa e intento que Trotsky no pudo procesar y que no tuvo en sí la referencia cierta y concreta de una situación bélica mundial, que solo atinó a pronosticar por sus ejes más generales.

Lo cierto es que de esta manera, para los caídos de los árboles ideológicos del Estalinismo, la Socialdemocracia, el autonomismo horizontalista o del propio Morenismo reciclado con su propio método de autocriticarse para seguir siendo, léase PTS, IS , MST y demás , no hay mejor idea que acudir al sencillo expediente de cargarle las culpas y responsabilidades a Trotsky. Vale decir, alegando ideas “nuevas”, hacer lo mismo que Stalin y sus procesos de Moscú.
Por eso hay que tener presente que en estas cuestiones de lo que hoy nos toca sobrevivir bajo la dominación hegemónica de la burguesía en su totalidad como clase, cualquiera fuese el equipo seleccionado dentro de sus operadores políticos profesionales para la ocasión que en términos generales no es otra que la crisis de reproducción con consenso social del Capital y su necesidad de nuevos paradigmas institucionalizados políticamente mediante formas jurídicas que permite llegado el caso su imposición por ejercicio de la violencia monopolizada por el Estado y el poder burgués, no remiten directamente a Trotsky ni al marxismo , sino para confirmar sus trazos generales, la ley histórica de lucha de clases, la relación social de producción capital-fuerza de trabajo, la ley de valor, la producción generalizada de mercancías y las crisis cíclicas de sobreproducción, en la que se desenvuelven los seres humanos que venden su fuerza de trabajo sometidos a su alienación-enajenación y dominados en última instancia por el fetiche de la mercancía.

En ese orden de ideas, grupos de ubicación programática al menos difusa, encubierta por el expediente de la condición objetiva de encontrarse en proceso- como si hubiese algo de lo vivo que no implicara un proceso-, tal el caso de Vida y Socialismo, acuden también a la mecánica impugnatoria de los aportes de Trotsky en defensa del marxismo por la referencia directa no a sus textos sino a lo que dicen quienes se dicen Trotskistas , cuando en realidad son derivas reconstruidas de la diáspora Morenista .

Vida y Socialismo desconoce ideológicamente que la existencia de programa mínimo y máximo remonta a los orígenes mismos de las tesis de Marx y sus documentos políticos dirigidos y escritos a pedidos de los propios trabajadores como lo es el Manifiesto del partido Comunista, o los que se dejan ver a través de la Crítica del programa de Gotha. Trotsky también alude a ellos, pero lo hace desde una particular situación que Vida y Socialismo escamotéa, que sí es la tesis central de la visión del revolucionario bolchevique , en su tiempo histórico antes de ser asesinado por orden de Stalin, que es “la crisis de dirección del proletariado mundial” tomada en función de sus objetivos emancipatorios estratégicos que se corresponden con el programa máximo de todas las organizaciones que los trabajadores como clase social alcancen a prefigurar.

En ese espacio, no mencionado por Vida y socialismo, donde el dominio del discurso propagandístico desenvuelto sobre la clase trabajadora en sí, no es otro que el del gran organizador de derrotas y su sujeto social, la burocracia, el Estalinismo, en aparente antagonismo con la claudicante socialdemocracia.
Trotsky al señalar la tesis de la constatación de la crisis de dirección política revolucionaria en el proletariado mundial, y presentar ese elemento como el principal obstáculo para el encadenamiento de los hechos hacia la apertura de un proceso revolucionario , a pesar de la madurez que exhibían las condiciones objetivas de crisis de reproducción del capital, que le impedían seguir desarrollando el proceso histórico que le dio nacimiento, intento desenvolver una nueva vanguardia trabajadora, advertido del aniquilamiento o agotamiento de la vieja vanguardia bolchevique y la captura de los partidos comunistas por el Stalinismo , factor que explica el porqué de fundar un nuevo partido revolucionario mundial IV Internacional.

En ese objetivo estratégico que es lo central del documento del que se toma Vida y Socialismo, siguiendo los estériles y estáticos planteos de un ex Morenista avergonzado como lo es Rolando Astarita , los integrantes de este grupo pretende mutar las explicaciones presentándolo como una receta de consignas que tendrían finalidades transicionales entre el programa mínimo economicista y el programa máximo fundador de un nuevo orden social y realización concreta de la abolición de los fundamentos materiales del capitalismo.

Las consignas transicionales son la expresión de un método por el que se busca ubicar a las masas trabajadoras actuales y a su nueva vanguardia en la educación experiencial que le proporciona la lucha de clases por consignas de corte economicistas , buscando dar cuenta de la inviabilidad final de ellas por su necesaria transitoriedad , aún cuando pudiesen ser alcanzadas.

Si la vanguardia trabajadora argentina, se hubiese quitado de la retórica ideologizada del peronismo, en tanto a su lugar de columna vertebral de un movimiento nacional policlasista , habría podido advertir que las políticas de declaración y confirmación discursiva de derechos subjetivos colectivos e individuales, en ningún caso implicaba una conquista, sino su inverso, un episodio transitorio de la lucha de clases dictado en ultima instancia por los estadios puntuales de la lucha de clases y las vicisitudes internacionales y locales que pudiera presentar el proceso material de acumulación-reproducción del capital.
Esa transitoriedad negativa, leída en términos de “perdidas de conquistas” es lo que hoy atribula a propios y extraños buscando evitar que las masas trabajadoras incorporen en términos de ideas transformadoras sus experiencias con la precariedad en el empleo y las vicisitudes propias de los desplazamientos a los escenarios sociales de la población económicamente sobrante.

Finalmente, no es Trotsky el responsable sino quienes le malversan de las más variadas formas, no por dogmatismos sino por errónea aplicación del propio método de comprensión y transformación de lo real que viene implícito en la filosofía de la praxis gestada por Carlos Marx.

En segundo orden, no son las consignas de transición las responsables de la parálisis en el proceso de comprensión y toma de conciencia de sus objetivos emancipatorios estratégicos que son propios de la clase trabajadora. Explicaciones ideológicas de ese tenor no hacen otra cosa que montar un fetiche sobre un simple método de acción de masas que no tiene parámetros ni directrices generales y que es propio o específico a circunstancias muy específicas de la lucha de clases y el desenvolvimiento crítico del capital a nivel internacional.

La ausencia de toda referencia al factor subjetivo y su crisis de dirección que deviene en problema fundamental, y es la tesis central de los aportes de Trotsky a la realidad inmediatamente anterior a la segunda guerra mundial , sin que haya podido por su desaparición física pronunciarse por las específicas circunstancias políticas y económicas de la post-guerra mundial , deja a la editorial de Vida y Socialismo huérfana de un elemento esencial para la comprensión de aquello que trata de dar cuenta.
Tal es la carencia, que en muchos tramos de esa editorial, con lo que consideramos un acierto, deja ver descripciones específicas de esa crisis de dirección y de las carencias del factor subjetivo en un momento histórico objetivamente apto para la producción de acciones revolucionarias a nivel mundial, tal como también en su momento lo describió Lenin al penetrar conceptualmente en el fenómeno del imperialismo.

Hemos creído necesario hacer todas estas advertencias, sin dejar de destacar sin embargo que los formatos del texto sugieren escenarios e interpretaciones con las que no puede dejarse de coincidir, sin perjuicio que esas descripciones no evitan los errores de trazo esencial que contiene el documento.
Asimismo, y para mejor exposición de lo dicho, también deviene necesaria la reproducción íntegra del texto que se ha hecho público desde sitios que se pueden juzgar oficiales del grupo que hacemos a continuación , introduciéndola con el comienzo de un texto que Trotsky no pudo terminar, pero en el que alcanzó a dejar por escrito lo siguiente:
“Se puede juzgar hasta qué punto ha retrocedido el movimiento obrero no sólo a través del estado de las organizaciones de masas, sino también estudiando los reagrupamientos ideológicos en curso y las investigaciones teóricas que han emprendido tantos grupos. En París aparece el periódico Que faire? que, por una u otra razón, se considera marxista pero que en realidad se sitúa enteramente dentro del marco de los intelectuales burgueses de izquierda y de esos trabajadores aislados que han cogido todos los vicios de los intelectuales.” Como todos los grupos que no tienen ni base teórica, ni programa, ni tradición, este pequeño periódico ha intentado agarrarse …..La base de clase de esta prédica falsa y ampulosa la constituye la pequeña burguesía intelectual. La base política son la impotencia y la desesperación ante la ofensiva reaccionaria. ……..”La base psicológica se halla en el deseo de superar el sentimiento de la propia inconsistencia, disfrazándose con una barba postiza de profeta. (Clase, Partido y Dirección – Su Moral y la nuestra)”.

EDITORIAL VIDA Y SOCIALISMO
¿A QUIÉN LE HABLAMOS?
La madrugada del 3 de enero ocurrió “lo de Venezuela”. ¿Por qué lo decimos así? Porque si escribiéramos “Trump derrocó a Maduro”, diríamos algo opuesto a “Trump invadió Venezuela”. Las palabras no son inocentes. Menos cuando se sabe poco acerca de un suceso[1].
Sin embargo, eso no significa que las palabras determinen los sucesos. Expresan una interpretación. ¿Y por qué nos interesa la interpretación? Porque implica interlocutores, que es lo que en el fondo nos importa.
Entre el mundo al que nos referimos y las palabras que usamos para comunicar esas referencias, hay personas conversando. Este es el punto en el que hoy nos queremos detener a pensar: quién habla y a quién le habla. O, en otros términos: ¿Quiénes somos? ¿Quién es este “nosotros” al que acudimos ? ¿Y con quién dialogamos?
Si nuestro interlocutor fuera “la humanidad” o “la clase obrera”, es decir, un interlocutor desprovisto de toda característica concreta y parcial, no tendríamos más tarea que anunciar el destino final, sin mediaciones: LOS TRABAJADORES AUTOORGANIZADOS TENEMOS QUE LUCHAR POR EL SOCIALISMO, ¡HAGÁMOSLO YA!
Pero esta unanimidad es imposible, por eso la militancia es estratégica: requiere el diseño de un plan hecho de pasos tácticos con rumbo a un objetivo.
A veces la comunicación de las organizaciones de izquierda es un poco más sutil y hay que extraer, de las consignas y llamamientos, quiénes son los interlocutores implicados.
Por ejemplo, cuando un pequeño grupo de socialistas convoca a una movilización vemos dos posibilidades: o bien se trata de una convocatoria testimonial, o bien se trata de la integración a otra dirección política (la de los convocantes originales).
No es raro, incluso, que ambas posibilidades se fundan en un solo y funesto destino. Por ello, a veces, lo único posible para un pequeño grupo de socialistas –al menos, en el marco de cierta coherencia– es hablar con pocos.
Cuando el FITU se pronuncia por la necesidad de que las centrales sindicales latinoamericanas llamen a un paro general por la restitución de Maduro en la cúspide del régimen venezolano, ¿a quién le habla? A sus propios militantes.
No importa que esa agitación pida algo imposible. No importa que las centrales sindicales no luchen ni siquiera por los problemas inmediatos de sus propios afiliados (muchos de los cuales valoran la democracia, inexistente en esas centrales, y no sienten simpatía alguna por el dictador venezolano).
No importa, en suma, que exista una desproporción increíble entre el demandante (una deshilachada coalición electoral de grupos de izquierda) y los demandados (una cáfila de millonarios y asesinos al frente de las esterilizadas centrales sindicales de cada nación).
¿Por qué? Porque se trata de hacerles escuchar a los militantes trotskistas lo que éstos necesitan oír para permanecer en la organización. Si el trotskismo se define por ser “luchista” y “antiyanqui”, entonces debe llamar a todos a luchar contra los yanquis.
Estos son los interlocutores del FITU: sus propias bases, los militantes que sencillamente quieren poder decir “Nosotros convocamos y salimos a luchar; ya verá el resto de la clase trabajadora quién es más consecuente y nos dará su apoyo”.

¿Quién escucha una idea nueva? Únicamente aquellos compañeros cuyas ideas viejas se han vuelto un lastre.
Las crisis en la conciencia son objetivas: las produce la vida, las caídas económicas, la imposibilidad de seguir viviendo, más o menos, como hasta entonces.
Nuestro cerebro, cuya tarea primordial consiste en asegurar la conservación de la vida, no en fabricar teorías que expliquen el mundo, busca ideas que permitan integrarse en la vida social. No busca ideas brillantes, sino pragmáticas. Cuando las encuentra, se aferra a ellas hasta que una crisis las demuestre inútiles.
Paradoja: aunque la conciencia es individual, la única vía de arribo a la percepción del fracaso de unas ideas políticas es colectiva.
O sea, cuando en el espejo de muchos otros percibimos que el salto al vacío de lo nuevo es plausible. Por eso estas crisis duran poco: el salto se produce al coincidir con la percepción de una alternativa capaz de colmar el vacío abierto por la bronca, la desesperación, la necesidad.
De ahí que las ideas políticas y las tareas que median su concreción tenga una breve y esporádica ventana de oferta como alternativa: las crisis.
Las ideas no pueden generar las crisis, las voluntades no pueden “provocar la coyuntura”.
Somos conscientes del carácter burgués del Estado. Es decir, que el Estado es una maquinaria construida por la clase explotadora para garantizar la conservación del sistema capitalista y la dirección de la sociedad en manos de esa misma clase.
De ahí que, en muchas instancias –siempre, las decisivas–, sea necesaria la acción directa que trasciende los canales institucionales, esos mecanismos propios y acotados que el Estado burgués ha previsto y dispuesto (o ha concedido, presionado por la lucha obrera) para la actividad política y la protesta.
Pero la acción directa no es un recurso para todo tiempo y lugar. El criterio para su ejercicio no puede ser, sencillamente, la voluntad de actuar en cualquier ocasión.
Los cuerpos importan. La calle y las plazas, los lugares de trabajo y los educativos, son espacios en donde los cuerpos actúan de manera coincidente, sí. Pero no siempre. La acción directa no es parte de nuestra cotidianeidad.
Los que hemos realizado actividades gremiales podemos confirmar que son pocas, muy pocas, las veces en que los cuerpos coinciden para la producción de una ruptura, para el enfrentamiento colectivo contra una medida de gobierno, su aparato represivo, sus matones y rompehuelgas al servicio de la burocracia.
Es entonces cuando retorna una impaciencia, insistente, que con ligeras variaciones dice así: “Todo muy lindo, pero, mientras tanto, ¿qué hacemos?”
El “mientras tanto” se convierte en un obstáculo si no cuestionamos tres supuestos.
Uno es histórico y literario: los militantes de izquierda estamos afectados por la estructura dramática de la epopeya, como si octubre de 1917 hubiera estado precedido por una agitación desenfrenada que asaltó las calles hasta tomar el poder. No fue así. En 1908 Lenin estaba jugando al ajedrez en la isla de Capri.
Otro es programático y estratégico.
Al adoptar la “estrategia transicional”, que establece un continuo entre las demandas mínimas y el socialismo (un continuo anudado por las “consignas adecuadas”), todos los objetivos conducen a Roma: la impostergable lucha en las calles como preludio a la insurrección inminente.
Por eso consideramos crucial adoptar la distinción entre programa mínimo y máximo, entre la inmediatez de lo gremial y la mediación de la política, entre la lucha cotidiana y la estrategia histórica.
El tercer supuesto es abstracto y moral:
“Hacer algo es estar en la calle”. Este supuesto impide ver que acciones como reagrupar, conversar, organizar, discutir, pensar, aprender, leer, escribir, corregir, son quehaceres.
Para nosotros, el gran problema de la izquierda no estriba en que sea sectaria, trivial, burocrática, en su culto a la personalidad, su acercamiento a la burguesía progresista o al liberalismo individualista. Por supuesto que esos problemas existen y caracterizan a la fuerza hegemónica en la izquierda: el trotskismo. Y por supuesto que la propia supervivencia de cada grupo, tanto desde el punto de vista organizativo como económico, condiciona de manera decisiva todos esos problemas.
Sin embargo, a diferencia de lo que sucede con las fuerzas burguesas, como el peronismo, la mayor parte de los militantes y simpatizantes de izquierda no está determinada por la renta y el acomodo, sino por una orientación política completamente estéril.
Este es el gran problema: programa y estrategia.
¿Y nosotros? ¿A quién le hablamos? O, para decirlo de manera más ajustada a nuestra realidad, ¿a quién queremos hablarle?
Nuestros interlocutores son algunos compañeros que, sufriendo vicisitudes similares a las del resto de la clase trabajadora, evalúan que las soluciones moderadas y conocidas son infructuosas.
Que no alcanza con pelear, repetidamente, por lo mínimo indispensable (un mínimo que, a su vez, se reduce paulatina e incesantemente). Compañeros que llegaron a la conclusión de que hace falta organizarse más allá del programa mínimo, porque la solución que necesitamos requiere muchas, muchísimas, voluntades coordinadas.
Y esto exige tiempo, constancia, paciencia. Compañeros que consideran inútiles las ideas políticas conocidas, que hace falta pensar y debatir en torno a nuevas ideas.
Estos son nuestros interlocutores. Los que asumen la necesidad de pasar del gremialismo a la política, de la eventualidad a la permanencia y de la repetición al pensamiento.
No es fácil. Pero hay que reconocer, a favor de dar esos pasos, que las tres condiciones pueden estimularse entre sí.
No hay millones de compañeros que se encuentren en esa triple encrucijada. Pero hay muchos. Buscarlos para hacer cosas juntos es nuestra tarea central.

Una aclaración necesaria. Cuando hablamos del paso de la repetición al pensamiento nos referimos a cierta manera de pensar, no a cualquier flujo de la conciencia. Nos referimos al ejercicio del pensamiento que se opone al cuerpo para dirigir mejor al cuerpo.
Ilustremos esta idea.
Los deseos no colaboran en la construcción de buenas interpretaciones. Por ejemplo, el rechazo visceral que muchos militantes sienten hacia los EE.UU. no sólo elimina las maravillas culturales de ese país, sino que invisibiliza a su clase obrera, que tarde o temprano será protagonista del destino final de la humanidad.
Hay una fuerte disputa inter imperialista entre China y Estados Unidos. De acuerdo. Pero no es para nada evidente el saldo de una comparación entre las fortalezas y debilidades de cada uno de estos contrincantes. Mucho menos lo es el carácter de aliados, enemigos o neutrales de las diferentes naciones, qué tan sólidos son los frentes internos, etc. Por lo tanto, la simplificación “EEUU = malo” y “Demás naciones = menos malo que EEUU” facilita la toma de posición, pero empantana la capacidad de pensar. Ni siquiera la burguesía China es monolítica (aunque sus contradicciones internas nos sean esquivas, dada la feroz censura que aplica el gobierno). Tampoco lo es la burguesía rusa.
En lugar de leer, un poco forzadamente, “debilidad estadounidense contra fortaleza china”, nos interesa evaluar las contradicciones intestinas de cada burguesía nacional. También las de los bloques geopolíticos, incluyendo la batalla EE.UU./China. La competencia, las contradicciones internas y las crisis de sobreproducción son problemas que los socialistas debemos incorporar a nuestras interpretaciones, en reemplazo de las ideas “campistas” y la sumisión a las “teorías del monopolio” y “la dependencia”[2].
No se trata de cuestiones de economía, sino de modalidades de lectura de la vida cotidiana.
Ante a la insistencia de la izquierda con la metáfora del títere, proponemos la del mosaico. La aparente solidez y unanimidad es un efecto de lectura, propio de una mirada desatenta: lo que hay, en el abigarrado devenir de la realidad, es una acumulación de contradicciones que invita a esperar fracturas, quiebres y cismas, crisis y levantamientos. Aunque ahora mismo no los haya.
Ver a los explotadores cómo títeres de un explotador principal sólo sirve a la confianza en alguno de los explotadores de menor envergadura.
Veamos, por cierto, qué le está pasando a Donald Trump: obtuvo éxitos en el terreno internacional y esta preocupado por su frente doméstico.
La mayor fortaleza de Trump es, por supuesto, la miserabilidad demócrata. Al igual que en Argentina, el principal obstáculo que ven los trabajadores desilusionados de Trump para iniciar su alejamiento es que es la ausencia de alternativa, más allá de los defraudadores del “Estado presente”. Trump no ha logrado mejorar las condiciones de vida de la población y las elecciones muestran una caída de su popularidad. Las encuestas señalan esto mismo y puede perder la mayoría en el Congreso.
En el terreno internacional, su estrategia consiste en apretar a sus socios para que colaboren con los proyectos comunes y abandonen la propaganda progresista (al menos, si no están dispuestos a pagarla de su bolsillo). Esto afecta tanto al capitalismo europeo como a las universidades yanquis, por dar dos ejemplos de sectores burgueses cuyo reclamo es “No dejes de subsidiarme las críticas que te hago”.
A eso hay que sumar las intervenciones quirúrgicas en el plano militar y su disposición abierta a pactar con el diablo mientras sirva a sus intereses. Todo esto le ha granjeado éxitos palpables: Medio Oriente es ahora un territorio mucho menos hostil a los negocios de los burgueses de EE.UU. que dos años atrás. Por otro lado, la doctrina bélica trumpista es menos mortífera e hipócrita. No convoca a organismos internacionales, no arriesga a sus soldados, no llama “misiones de paz” a las intervenciones militares.
¿Y lo de Venezuela?
Los socialistas defendemos las conquistas que la sociedad burguesa obtuvo frente a las sociedades precapitalistas. Entre ellas, la soberanía nacional, es decir, la unidad y autodeterminación de una población en un territorio; y la soberanía popular, es decir, la igualdad formal ante la ley bajo la democracia burguesa.
No las defendemos por abstractas cuestiones morales ni patrióticas, sino porque las naciones unidas y con derechos democráticos permiten el desarrollo de amplias capas asalariadas, a la vez que abren canales para la organización y la lucha. Organizarnos y luchar es mucho más difícil en territorios fragmentados, o bajo regímenes dictatoriales.
En las revoluciones burguesas clásicas, ambas soberanías avanzaban, lentamente, juntas. Pero en el mundo en que nos toca vivir, ambas soberanías pueden oponerse entre sí. ¿Qué debemos hacer los socialistas ante esta oposición?
Polemizamos con la izquierda progresista porque toma partido, unilateralmente, por una conquista contra la otra, invirtiendo la unilateralidad de los imperialismos. Y lo hace a partir de un criterio ajeno a los intereses objetivos de la clase trabajadora: la simpatía por un sector de la burguesía. ¿Cuál sector? Principalmente, el que ejercita una retórica antiyanqui.
La intromisión militar imperialista en Caracas es gravísima. No tenemos dudas al respecto. Como tampoco tenemos dudas de que la constante justificación de los métodos dictatoriales es igualmente grave, porque va en contra de los intereses de la clase obrera y porque contribuye al profundo descrédito que padecemos como corriente ideológica: no sólo somos vistos como herederos de Stalin, sino que somos vistos como defensores de sus métodos, aunque no haya socialismo ni revolución alguna.
Este es un elemento importante para comprender cómo “la derecha” pudo aprovechar la consigna “Viva la libertad”.
La debilidad del movimiento socialista ha permitido que esta oposición entre dos soberanías sea vista como contradicción principal, ocultando a la contradicción principal entre el capital y el trabajo. Justo cuando, alrededor del mundo, se expresa sin matices la importancia de lo material, lo económico, la insatisfacción de la vida cotidiana, en fin, esa bandera que los burgueses toman prestada, pero es propia de nuestra clase: la lucha generalizada contra la pobreza.
La burguesía nunca lucha contra la pobreza. Lucha a veces contra los problemas derivados de ella y la contiene para amortiguar estos problemas (las vueltas del tema “seguridad”, por ejemplo). O logra disminuirla, pero no como consecuencia deliberada de una lucha, sino como efecto lateral de su expansión. Tan lateral es este efecto, que la pobreza se relanza apenas la expansión requiere ajustes.
Elegir una conquista burguesa sobre otra es elegir un bando burgués contra todas sus conquistas.

El actual poderío, crecimiento y renombre de lo que se llama “derecha radical” o “ultraderecha” no sólo es fruto de sus propios méritos. En gran parte se debe a la decepción y la furia de amplias capas de la población trabajadora, de distintos países, hacia una retórica humanista del campo progresista y sus efectos reales en la economía.
Los llamados “Estados de bienestar” implosionaron, con distintas modalidades, señalando el fin del boom de posguerra. En Argentina fue durante el año 1975, con la Triple A y el Rodrigazo. Luego esa retórica sin materia que denominamos “progresismo” se consolidó como un rechazo, que es el verdadero motor del movimiento, de numerosas capas de la población alejándose de ella. Millones en busca de una manera de oponerse y terminar con la impostura.
La desesperada intención de acompañar al progresismo por parte de la izquierda trotskista, defendiendo su retórica (es decir, dejando a un lado el materiallismo ), no puede evitar ensuciarse con los efectos de acompañar su acción real y sus efectos de miseria en la vida de las masas trabajadoras.
Esta es la base del drama, todavía no resuelto, en la militancia socialista.
Aun en medio de la degradación educativa, la clase trabajadora sabe –o, al menos, sospecha– que el mundo es muy complejo para pensar que hay un único culpable. Unos títeres villanos que crueles titiriteros manipulan para cagarnos la vida mediante engaños.
Cuando decimos que el problema es el capitalismo englobamos en esa afirmación exactamente lo contrario: el mundo es un complejo sistema, no de malos y buenos, sino de actores sociales determinados y determinantes. No se trata de “crueldad” y “discursos de odio”, de “falta de empatía” y “crisis de valores”. Se trata de flujos de dinero, explotación del trabajo, inversiones, conveniencias, reproducción de la vida cotidiana, disputas en el seno de cada clase, desconfianza en experiencias reales, apuestas arriesgadas e inmovilidades conservadoras.
Comprender estos complejos engranajes materiales que condicionan la vida en esta sociedad es –también– nuestra tarea como militantes. Nuestro sentimiento de rechazo a los explotadores debe ser dotado de inteligencia, análisis, comprensión, crítica, debate.
Esto es lo que nos está faltando.

Nuevo Curso
________________________________________