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UN PARADIGMA DE LA LIBERTAD AVANZA, SE PUSO EN ACTO CON SU ÚNICO ROSTRO POSIBLE: LA MUERTE VIOLENTA

En la base del sentido común que pone en palabras la reproducción social de la sobrevivencia de las masas trabajadoras , dentro del orden social capitalista, en cuya construcción el poder burgués despliega cotidianamente su esfuerzo por consolidar su prevalencia, en el dominio de la tarea de la formación de sentido y base razonable a todo cuanto sucede, existe la premisa según la cual , la desigualdad permanece inscripta en la naturaleza de las cosas y como las relaciones sociales de producción que engendran el capital están visibilizadas por las masas como un elemento más de la naturaleza, poner en crisis esa construcción supone que quien ejecuta esa labor crítica ,se ubica fuera del mundo y su discurso no obtiene otra cosa que el desmerecimiento, la desconsideración y su localización cultural en la marginalidad.

Sin embargo, esa construcción primaria en la que subyace toda la visualización de la existencia asimilando como natural la desigualdad, lejos de toda actualidad como se la presenta, reconoce su génesis en la propia estructura esclavista de las sociedades antiguas que tenían por válido que algunos seres humanos no fuesen un sujeto sino una cosa .
Sin embargo, la naciente burguesía y sus revolucionarios, que gestaron e impusieron su dominio político social haciendo nacer la modernidad proclamó , que todas las personas son iguales en algunas dimensiones relevantes y, en particular, que es preciso suponer una cierta igualdad natural de los individuos como punto de partida para cualquier ordenamiento social y por eso le dieron forma jurídica a ese paradigma apelando a la idea de igualdad formal ante la ley, para que está fuese la base legitimante del contrato , entendido como forma jurídica facilitadora de las relaciones mercantiles donde se realiza el valor contenido en la producción generalizada de mercancía.

En nuestros días que son descriptivos de una situación crítica, toda esa construcción ideológica cede frente a las persistentes desigualdades económicas y sociales, haciendo visible, que no son meras diferencias, sino factores estructurales de la reproducción social del capital en crisis.

Poner de resalto esas diferencias y su entramado objetivo deja abierta la posibilidad de una determinación política de cambio, para su superación por vía de la abolición de las relaciones de producción capitalista y el Estado que las institucionaliza a través de sus poderes constituidos formalmente y el monopolio del ejercicio de la violencia.

Sin embargo, el error en que se incurre, si no se visualiza ese factor objetivo y se pretende atacar las resultantes de esas relaciones de producción en el plano de sus inquietantes desigualdades es caer en su impugnación por “injustas”. Si así se hace, lo que se consigue es abrir la puerta a la expectativa militante de que es posible cambiar ese significante, reclamando la posibilidad de relaciones sociales más justas, de donde se sigue que para activar en plano político transformador basta con avanzar con un pliego de demandas inmediatas en plano ideológico propicio para el economicismo y en ningún caso de impugnación del orden social capitalista y su Estado. Solo en el mejor de los casos como deja planteada la actual campaña de la cooperativa electoral FITU, se aspira a tomar el lugar del gobierno de esa institucionalidad desplazando a quien actualmente lo ejerce por el mismo mecanismo electoral que dispone la institiucionalidad burguesa.

Dicho de otra manera, si las relaciones sociales de producción nos ubican en situación de perjudicados y por ende implican desigualdad , no es atacando su “injusticia” como se llega a superarlas ,ya que de ser efectivamente injustas, existe la posibilidad del discurso político reformista de reclamar relaciones justas y con ello la idea de la igualdad formal ante la ley cobra nuevo sentido fundante del orden social capitalista que la impuso como paradigma.

El valor justicia en el orden social capitalista es de carácter distributivo , y se pretende ponerlo en acto en vínculos intersubjetivos que reconocen subyacente el concepto de competencia como motorizador de esos vínculos y la vigencia en plano material de los mercados donde por vía de un intercambiador generalizado como lo es el dinero se realiza el valor de las mercancías ,objeto que reconoce una relación de explotación previa dada por el hecho de que quien la produce no se hace de ella y eso lo realiza quien le paga por su fuerza de trabajo empleada en esa realización.

El capitalismo es un sistema económico basado en la propiedad privada y el libre mercado. Desde esta perspectiva, la justicia distributiva se entiende como justicia procesal: los ingresos y la riqueza son justos si provienen de intercambios voluntarios, herencias legítimas y trabajo remunerado como salario. Luego cuando se apela a denunciar una situación como “injusta” en todos los casos se esta abogando para recuperar ese orden de las relaciones sociales que pudiese haberse visto quebrantado por la afectación a sus premisas. Por ejemplo, cuando se produce el cierre arbitrario de una planta de producción como en FATE, cuando no se pagan los salarios, cuando se gesta un incremento desmesurado de los precios de las mercancías o no se da una prestación de salud.

Todas esas referencias ejemplificadas no hacen otra cosa que poner en evidencia desigualdades, y si la denuncia solo se refiere a eso, es necesario advertir que todo queda en la misma estructura, siendo que precisamente es la estructura la que genera las desigualdades y la cultura del poder burgués las naturaliza.
En síntesis, la idea de justicia en la economía de mercado y, en general, en el orden social capitalista, no puede cuestionarse de manera efectiva si se la reduce únicamente a su vínculo con una distribución de la renta considerada injusta, sin poner en discusión las relaciones sociales propias del capital ni el Estado que las institucionaliza y formaliza el poder burgués.
La superación de este orden, que no produce más que desorden y conductas contrarias a la condición social del ser humano y a la necesidad de preservar la vida, reside en el principio de comunidad, ligado de manera estructural al programa socialista y al ejercicio del poder por la clase trabajadora como dictadura de clase.
En ese contexto es que se defiende como principio filosófico, por las vías que se consideren necesarias la noción de libertad negativa, y con ella como estandarte es que la actual gestión de gobierno se hizo, vía farsa electoral con el ejercicio del poder burgués institucionalizado en el Estado. Decimos esto, porque la noción de libertad negativa define la libertad como la ausencia de interferencia externa o coacción por parte de otros individuos o del Estado. Significa tener una esfera de acción en la que nadie te obstaculiza y esa visión del sujeto en tanto individuo y no como sujeto existente en un orden social específico es la que habilita la naturalización de los vínculos que llevan consigo la desigualdad.

La naturalización de las desigualdades en el capitalismo, al que el sentido común moldeado por el poder burgués presenta como una segunda naturaleza, encuentra una de sus expresiones filosóficas más influyentes en el credo neoliberal del libertarismo. Esta corriente se erige como una de las principales adversarias de toda pretensión igualitaria, incluso cuando promueve políticas públicas desde el propio Estado burgués. Pasa por alto que, en el orden social capitalista, cualquiera sea la forma de gobierno que administre su institucionalidad, quienes nacen en condiciones desfavorables no tienen derecho a reclamar asistencia, del mismo modo que tampoco puede imponerse una obligación redistributiva a quienes nacieron en posiciones ventajosas. Así, en una competencia sin barreras, propia del darwinismo social, cada quien queda librado a sus propias fuerzas, y la llamada “libertad natural” no hace más que consolidar y perpetuar las desigualdades de origen, por grandes que estas sean.

Es curioso que frente a la muerte violenta de una joven en un barrio de Córdoba (capital), el andamiaje de denuncias centrados en el hecho , apunte a la condición de puntero del Pj local del imputado, y se cuestione la acción de las agencias represivas del Estado por su “ineficiencia”, pasando por alto el elemento sustantivo que afecta de modo gravitante a la hora de pensar un poco más allá de las circunstancias del caso , el resultado muerte.
Si nos paramos desde esa perspectiva, y recordamos la campaña electoral que puso en acto a la actual gestión de gobierno, se podrá tener presente que, en la apología de la libertad negativa y el dominio del mercado, se dijero cosas como la habilitación de la venta de órganos y bebes, que se justificaba por la sola existencia de personas dispuestas a obrar como oferta y demanda en ese tipo de transacciones. Sin embargo esos dichos no agotan el menú de lo que trae la exaltación de la libertad negativa y el aprovechamiento que ella trae consigo para alguno de los “sujetos intervinientes” y la servidumbre del otro que padece ese acto de libertad.

Llévese ese concepto al plano real actual y se verá que en realidad el reproche mayor del caso está en la generación de un orden de cosas donde se ve sin disfavor que el individuo pueda hacer cuanto se le plantea necesario según sus demandas y deseos, a pesar de que ello lleve consigo lo que tuviere por delante. En este caso lo que tuvo por delante fue una vida, en contextos sociales favorables al desarrollo de este tipo de hechos aberrantes. “El yo hago lo que se me canta” , en esta como en otras tantas ocasiones, se presentó con el rostro del abuso y la muerte. Será necesario entonces entender desde el dolor, que nada que haga cimientos en esa premisa, puede conducir a la vida y es solo , mas temprano que tarde, una expresión de la muerte.

No se trata entonces, de dar curso al oportunismo frente al drama. Lo que corresponde es la disputa por el contenido constructivo del sentido común que las masas trabajadoras terminan por reproducir cotidianamente dando cuenta de las directrices que el poder burgués termina por imponer. Por vía de la acción propagandística y de agitación emprendida por la vanguardia obrera, hay que ofrecer de modo permanente y persistente, a la consideración de esas masas, los ejes estructurales del programa socialista y las tácticas imprescindibles para la construcción del poder obrero , diverso y superador del orden institucional montado formalmente por el poder burgués en su Estado.

A diferencia de las teorías que ven la sociedad como un simple conjunto de individuos autónomos, el enfoque comunitario subyacente a todo desarrollo del socialismo entiende que la identidad de una persona está profundamente entrelazada con su entorno y las relaciones sociales de producción en las que toma debida cuenta de su determinación identitaria.

A esto se refiere Marx cuando indica que En la producción social de su existencia, los seres humanos contraen determinadas relaciones necesarias e independientes de su voluntad, que corresponden a una determinada fase de desarrollo de sus fuerzas productivas materiales. El conjunto de estas relaciones de producción forma la estructura económica de la sociedad, la base real sobre la cual se alza una superestructura jurídica y política, y a la cual corresponden formas sociales determinadas de conciencia. El modo de producción de la vida material condiciona el proceso de vida social, política e intelectual en general. No es la conciencia de los hombres lo que determina su ser, sino, por el contrario, es su existencia social lo que determina su conciencia.
En la Crítica del Programa de Gotha, Marx define la comunidad comunista ideal en su fase superior. En esta etapa, el trabajo se vuelve la primera necesidad vital, superando la división social del trabajo, y la distribución se rige por la máxima: «De cada cual, según su capacidad; a cada cual, según sus necesidades».

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