Una de las características sustanciales del capitalismo es que, en su conformación separa al trabajador de los medios de producción, haciendo que su subsistencia sea accidental y dependiente del mercado.
Es esta situación la que trae aparejada la contingencia, la inestabilidad y la competencia entre quienes venden su fuerza de trabajo en el mercado, dando realidad y expresión concreta en la existencia a la falta de seguridad material.
En el despliegue ideológico necesario para su reproducción, la burguesía dominante, por el Estado, su institucionalidad, las formas jurídicas y las infinitas operaciones comunicacionales que se desenvuelven a diario y con permanencia, oculta esa circunstancia objetiva, con un fenómeno de apariencias, emergente del mundo sensible, al que llama inseguridad, exhibido como simple negación de la seguridad estimada como valor.
Es así que la inseguridad, pasa a formar parte por vía de lenguaje e imágenes, del mundo abstracto de los disvalores, y se constituye en el elemento que fundamenta todos los dispositivos constitutivos de las agencias represivas del Estado y también da niveles de naturalización social a las llamadas agencias de “inteligencia” que así legitimadas penetran en la privacidad de las personas. De su existencia solo se tiene noticia cuando aparece la denuncia pública de situaciones en las que la población cae en indignación generalizada justificando por omisión, las acciones ofensivas de esas verdaderas “cajas de Pandora” que se configuran al interior de ellas.
Lo cierto es que, siendo el objetivo social la lucha contra la “inseguridad “, que presuntamente sería gestada por agentes provocadores, todos pasibles de persecución punitiva, lo que se logra es ocultar el carácter fortuito instalado estructuralmente en las condiciones de vida por la burguesía y el capitalismo siendo este un sistema donde , la vivienda, la comida y el trabajo estaban dados por las contingentes pautas que emergen de la ley del valor, la producción generalizada de mercancía y las condiciones necesarias para la reproducción del capital.
En ese orden de ideas es necesario difundir, propagandizar una premisa concreta que es aquella que argumenta que el capitalismo crea una «libertad» donde el trabajador puede vender su fuerza de trabajo, pero está forzado a hacerlo para sobrevivir, lo que convierte la libertad en una falta de seguridad y estabilidad.
Si bien esto lo conocen las masas trabajadoras por los datos que le da su propia experiencia de sobrevivencia, su conocimiento se detiene en las contingencias degradantes del fenómeno donde le toca ser sujeto pasivo de decisiones unilaterales del grupo burgués de turno, y a la hora de buscar razones de lo sucedido, en la mayoría de los casos sucumbe a explicaciones de superficie sin advertir que la matriz del infierno, esta en la propia relación social específica desde donde se gesta el capital.
Esto último se hace más complejo cuando gran parte del activo militante, explica que se puede luchar y revertir el proceso de cese en el empleo, permaneciendo no obstante dentro de las fronteras del orden social de la burguesía, ocultando los elementos objetivos de ese fenómeno. Esta actitud en última instancia es la que lleva a mediano y largo plazo a la frustración, en tanto no esta en el propio orden capitalista solucionar el problema que él mismo crea por su propio desenvolvimiento objetivo. El trabajador se aliena del producto de su trabajo y pierde el control sobre sus condiciones de vida, produciendo bienes para otros en un sistema diseñado para el lucro y no para la comunidad.
Dejando de lado las contingencias políticas de una operación de confrontación de un sector de la burguesía con el grupo en la gestión política del Estado, una de las enseñanzas que dejan a la vista de todos, la creciente ola de cierre de empresas y determinaciones patronales de cesar en la producción o al menos su suspensión por tiempo prolongado, es precisamente la condición de inseguridad en la que se coloca a los trabajadores, privados como quedan de vender su fuerza de trabajo, como lo venían haciendo dentro de un particular proceso productivo.
En conclusión, el capitalismo transforma la existencia de algo seguro y comunitario a una situación «fortuita», donde el individuo está a merced de fuerzas económicas impersonales y constantes cambios.
Es una inveterada práctica , expandida en los últimos cincuenta años, la aversión a la violencia de clase desplegada por los trabajadores , en particular por su joven vanguardia, reflejada en sentido máximo a cuanto se refiere a la lucha armada, especie que ha sido barrida de la faz de la tierra, al amparo de la ideología del poder burgués de asimilar jurídicamente al ejercicio de la violencia por los usualmente violentados , con terrorismo, ubicando el fenómeno dentro de los tipos penales represivos, legalizados con los cuales primero se amenaza castigo y luego se lo aplica en forma concreta, con cárcel y otros medios coercitivos.
El oportunismo parlamentarista, ya tomó nota de ese fenómeno, desde que en 1973, se abandonó la experiencia de Cordobazo, Rosariazo y otros “azos” desplegados a lo largo y ancho del país, y optó por participar de elecciones, con el vergonzoso derrotero de algunas de sus corrientes de sumarse a la demonización de los luchadores lanzada por el poder burgués.
Por este abandono de la violencia como herramienta del cambio social, es que hoy, haya que dibujar en cada contingencia de la vida productiva, la apariencia de lucha y en esa arquitectura presentar a cada fábrica que cierra o despide, una especie de trinchera desenvuelta en una guerra simbólica de posiciones.
Lo cierto es que si algo ha enseñado al respecto la experiencia de los trabajadores, es que , si no existe un repudio generalizado a las decisiones patronales arbitrarias, que necesariamente exceda los contientes y límites de la fábrica involucrada, el resultado termina en todos los casos, más temprano que tarde con los trabajadores fuera del empleo.
Si no se visualiza, no se propagandiza, ni se agita, que el problema excede a la fábrica, por lo que esta nunca se convierte en una trinchera, y que el cuestionamiento debe direccionarse hacia el propio modo de producción capitalista planteando la necesidad de su superación a través de la destrucción del Estado de la burguesía y la construcción del poder obrero con programa socialista .
Es el propio Marx por referencia a la lucha por aumento de salario, en el texto titulado Trabajo, precio y Ganancia, quien deja expuesto que luchar por mayores salarios es necesario, pero solo combate los efectos, no la causa de la explotación, que es el propio sistema asalariado, de manera que la puja salarial no termina nunca de plantearse y sus efectos reales y concretos no dejan de suceder conformando uno de los aspectos de la relación de explotación a la que son sometidos los trabajadores.
La lucha es de clase contra clase. La objetividad que los contextos de confrontación antagónica presentan en sí y, los niveles masivos de comprensión del fenómeno del despido y la inseguridad en la existencia concreta de las masas trabajadora con fundamento en la propia reproducción cotidiana del capital, son el espacio vital de la lucha por el socialismo por todos los medios necesarios y pertinentes a ese combate. La alegación de derechos, los aparatos partidarios lanzados a las puertas de fábricas cerradas por sus dueños, no hace otra cosa que reproducir el camino erróneo que acumula cincuenta años de despliegue frustrante , frente a la cada vez más intensa ofensiva del capital.
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