En este momento, donde todo parece girar alrededor de la inteligencia artificial, da la impresión que el mundo pertenece a quienes programan, calculan y optimizan, mientras que las ciencias sociales intentan interpretar el presente en toda su complejidad.
Hoy la tecnología no falla por lo técnico, sino por su dificultad para comprender las prácticas sociales y los marcos culturales en los que se inserta. Muchas veces reproduce desigualdades, incorpora sesgos o simplemente no funciona en la vida real porque no considera las condiciones concretas en las que se aplica ; en cambio, las ciencias sociales pueden dar cuenta de las experiencias humanas que están detrás de los datos
Allí es donde la antropología aporta comprensión. No para oponerse al desarrollo tecnológico, sino para hacerle preguntas fundamentales: ¿para quién se diseña?, ¿a quién deja afuera?, ¿qué formas de vida está promoviendo?
La inteligencia artificial puede procesar grandes volúmenes de información, pero no tiene experiencia vivida ni conciencia propia. Puede simular comprensión, pero no comprender en un sentido pleno. Puede dar respuestas, pero no sabe qué preguntas importan. Al menos por ahora.
La antropología no deja de ser lo que es; lo que cambia son los escenarios en los que interviene. Se vuelve necesaria allí donde los datos no alcanzan en la interpretación de sentidos, en la comprensión de prácticas y en la lectura de contextos.
Al mismo tiempo, la inteligencia artificial representa un avance sin precedentes. Está transformando la manera en que producimos conocimiento, resolvemos problemas y organizamos distintos aspectos de la vida cotidiana, desde el trabajo y la educación hasta las formas en que nos informamos, nos vinculamos y tomamos decisiones.
Las redes sociales forman parte de este entramado. Allí la inteligencia artificial no siempre es visible, pero opera constantemente en lo que aparece, en lo que se repite y en lo que se vuelve relevante. Las personas no son meras receptoras, interactúan, producen contenido y resignifican lo que circula. En ese ida y vuelta, los sentidos se construyen de manera desigual, atravesados por tensiones y diferencias según los contextos sociales.
Ahora bien, la experiencia de la inteligencia artificial no es homogénea. No se vive del mismo modo en todos los sectores sociales. En contextos de pobreza o con bajos niveles de alfabetización, el acceso a la tecnología suele estar mediado por recursos limitados y usos específicos. Muchas veces, el celular —que se volvió masivo durante la pandemia como herramienta básica de comunicación— es el único dispositivo disponible. A partir de ahí, el vínculo con estas tecnologías no se da como un conocimiento explícito, sino como una experiencia indirecta: en lo que aparece en TikTok, en Instagram o en lo que circula por WhatsApp.
Pero ese acceso no implica necesariamente comprensión. La manera en que se interpreta y se usa la tecnología varía según los niveles de escolaridad, las condiciones materiales y las trayectorias sociales. No alcanza con tener un dispositivo, lo central es qué se puede hacer con él. Poder comprender, cuestionar y decidir cómo usarlo marca la diferencia entre consumir y elegir. Es en esa diferencia donde las desigualdades no se disuelven, sino que adoptan nuevas formas.
Y es ahí donde la antropología vuelve a ser necesaria, no como teoría abstracta, sino como una forma de comprender cómo estos procesos se viven, se interpretan y se transforman en prácticas concretas.
Por último, hay una cuestión que no puede dejarse de lado. La misma tecnología que se incorpora a la vida cotidiana también se utiliza con fines destructivos. La inteligencia artificial ya se aplica en sistemas de vigilancia, en desarrollos bélicos y en formas de guerra cada vez más sofisticadas y destructivas.
Esto no es abstracto. Basta pensar en escenarios como Gaza o Ucrania, donde la tecnología se articula con la violencia, la destrucción, LA muerte y el sufrimiento de poblaciones enteras.
En ese punto, la pregunta deja de ser técnica y pasa a ser ética. Y el aporte de la antropología ya no es un complemento, es un límite, una advertencia frente a aquello que no puede aceptarse.
Pero reducir la inteligencia artificial únicamente a sus riesgos sería perder de vista otra dimensión igual de importante. Su desarrollo ha abierto posibilidades inéditas en la producción de conocimiento, en la medicina, en la comunicación, en el acceso a la información y en múltiples formas de organización de la vida social. Se trata de un avance sin precedentes, que transforma prácticas, acelera procesos y amplía horizontes.
Esa misma potencia, sin embargo, no es neutra. Sus usos —tanto los que amplían capacidades como los que generan daño— están atravesados por decisiones, intereses y posiciones de poder. No es la tecnología en sí la que define sus efectos, sino los contextos en los que se desarrolla, los actores que la impulsan y los fines que orientan su aplicación.
Y es también allí donde la antropología resulta necesaria, no para oponerse a la tecnología, sino para comprender sus usos, interrogar sus sentidos y situar sus efectos en las tramas sociales donde adquieren forma.
Graciela Geromini
