La pobreza y la miseria cultural yace en las formas de realización productiva de la fuerza de trabajo y su crisis, que es la crisis misma del orden social capitalista.
Una crisis es un cambio profundo, inestable y decisivo en un proceso, situación o sistema, marcado por la incertidumbre y la ruptura del equilibrio previo.
Cuando se habla de crisis, en ese decir se esta referencia de una situación que supone un punto de inflexión en el que ,los métodos habituales fallan, obligando a una transformación sin resultado previsible en el mismo momento en que toma lugar en tanto puede derivar en un empeoramiento de lo dado o en una superación.
Sin embargo, si algo hay que recalcar es el factor esencial de ese tipo de fenómenos que toma forma de proceso en curso, es precisamente su transitoriedad, es decir, su imposibilidad de permanencia en tanto la sola presencia de esa situación alude a un supuesto de extinción de lo existente sin nada que lo sustituya, es decir, la referencia ineludible a la nada misma.
Desde esta perspectiva, un problema particular emerge cuando se aplica la noción de crisis, al fenómeno social específico que remite a lo que se llama “ trabajo”.
En ese sentido,se advierte en una primera aproximación que el término crisis califica algo, que en este caso es el trabajo, pero inmediatamente nace el interrogante ¿qué es el trabajo y en su caso, cuales son los elementos componentes de esa crisis?
Si la respuesta la buscamos en el fenómeno en plano de su exterioridad u apariencia, puede traerse a consideración que Argentina, entre finales de 2023 y principios de 2026, muestra una caída significativa del empleo formal con más de 96,000 puestos registrados perdidos y miles de pymes cerradas. Se suma a ello el deterioro de ingresos, aumento de la informalidad, pérdida de poder adquisitivo y el impacto de la automatización.
Pero si como en este caso lo que se hace es referirse al trabajo concebido en abstracto y despojado del ser humano que lo produce en concreto, queda abierta la tarea de puntualizar de que hablamos cuando manejamos estos datos como cifras y no como hecho real presente en gran parte de la comunidad por su negatividad, es decir, por el desempleo.
Buscando adentrarnos en esa realidad, hay que decir prioritariamente que , cuando hablamos de trabajo, nos referimos al esfuerzo físico o intelectual humano dirigido a producir bienes, servicios o satisfacer necesidades, siendo fundamental para la subsistencia de quien lo realiza en contexto de la relación con quien paga por esa prestación en tanto este se apropia de lo producido que se enajena del productor.
De esta forma cuando hablamos de crisis del trabajo no estamos haciendo otra cosa que referirnos a la situación de agotamiento de un modelo de producción y la necesidad de su superación como tal, que se manifiesta entre otras cosas por la exacerbación exponencial del desempleo.
Es ese el factor objetivo y materialmente existe, el que ubica al sujeto revolucionario en la persecución de una tarea concreta concebida de manera estratégica y lo ubica como tal, porque no otro sujeto que aquel que vende su fuerza de trabajo en condiciones de relaciones sociales de explotación en una sociedad de clase es el urgido por el imperativo de superar ese fenómeno al costo que su inacción deviene en una relación de servidumbre y en un escenario de tendencia al incremento de la pobreza sistémica.
Así las cosas, y por fuera del mundo de las apariencias sensibles que suele exhibir y difundir a otros sujetos sociales exhibiendo acciones por la búsqueda de derechos subjetivos o defensa de situaciones de diversidad dentro del todo social, el sujeto revolucionario es aquel individuo que ha caído en la comprensión de su situación de clase con todos aquellos que de manera homogénea acuden y dan por válidas acciones y pensamientos similares generados precisamente por esa condición real de vendedores de fuerza de trabajo.
Desde la comprensión y asimilación de la situación de clase , el paso siguiente es advertir que la clase trabajadora, concebida como una «clase universal» es el factor subjetivo que posibilita acceder a la condición de revolucionario, siendo su misión histórica abolir el modo de producción capitalista, y con ello, a toda forma de opresión, mediante una revolución.
Este sujeto surge del trabajo vivo, la base de la producción que el capital domina en su gestación por apropiación del plusvalor generado por la intervención de la fuerza de trabajo.
Los procesos de trabajo y producción han experimentado profundas y diversas transformaciones a nivel mundial a lo largo del siglo XX. Desde principios del siglo pasado, la introducción de la línea de montaje y la división, estandarización y racionalización del trabajo dieron lugar al modelo de producción fordista-taylorista. Este, junto a las políticas económicas keynesianas y la conformación del Estado de bienestar (con sus diferencias y matices según los espacio-tiempos centrales y periféricos), configuraron un desarrollo capitalista basado en la producción y el consumo de masas que se prolongó hasta fines de los años 60 y comienzo de los 70.
A partir de entonces, la crisis económica mundial mostró los límites de dicho modelo de acumulación y dio origen, de manera creciente, a formas de producción y organización del trabajo “flexibles”. Estas se caracterizan por la producción “justo a tiempo” que introduce el toyotismo, por la tercerización y deslocalización de buena parte de la producción, y por la polivalencia del trabajo sumada a diversas estrategias de implicación y flexibilización laboral.
Dadas de esta manera las cosas, sucede que en periodos de crisis del capitalismo, no puede ocurrir otra cosa que una situación de crisis del “trabajo”, en tanto la relación social de producción fundante del capital, se sostiene en la intervención esencial de la fuerza de trabajo humana.
De esta manera y como en definitiva estamos ante una crisis del modelo social de producción capitalista, lo que estamos presenciando, no es la salida de esa crisis desde los dispositivos que monta el orden político e institucional dominante , sino la agudización de la misma por vía de la trascendencia del conflicto propio de la reproducción del capital a una nueva etapa de acumulación originaria de la mano de escenarios bélicos de confrontación en diversas partes de un mundo que previamente ha sido globalizado en torno de esa manera de producir bienes y servicios necesarios para la sobrevivencia de la condición humana.
Como las mayorías poblacionales son producto del operativo ideológico que obtuvo naturalizar al capital como la única manera posible de producir con eficiencia, lo que sobreviene es la emergencia de múltiples discursos de matriz ideológica que anuncian por distintas maneras que el trabajo humano tiende a volverse prescindible, de la mano de los avances científicos, tecnológico, las nuevas vías de comunicación y la implementación de la IA, y que, por lo tanto, vamos a un escenario ineluctable de desempleo masivo, donde el problema sale del plano económico en la faz productiva , y se deposita en el problema político de la clase dominante de qué hacer con esa masa de población social y económicamente sobrante.
Dicho de otra forma, vamos hacia una sociedad de desocupación masiva, pero subproducto de un avance científico-tecnológico que implica una forma de vida superior , pese a que todo deja ver su deshumanización por exacerbación de la condición del ser humano en objeto desujetivado, corporizado en un ente puramente consumidor de cuanto le fuere ofrecido por vía de la multiplicación planificada de sus necesidades. Vale decir, lejos de reducir la demanda de objetos con todas sus implicancias desfavorables par el medio ambiente y la tierra misma , lo que se hace direccionado por políticas económicas es ampliar esa base de requerimientos.
Lo cierto es que, por los factores puntualizados, lo que se elimina no es la clase trabajadora , sino que se intensifica la explotación de quienes la integran por vía de otros medios y se la presiona desde la existencia real de una masa cada vez mayor de desempleados.
Esa clase trabajadora no tiene los mismos rasgos de aquella que emergió de la llamada “posguerra” en la primera mitad del siglo pasado, sencillamente porque ya no se produce de igual manera las mercancías, pero su producción generalizada sigue siendo la característica esencial del modelo productivo. Los actuales trabajadores son bombardeados a su vez por dispositivos y aparatos ideológicos que nutren la formación del discurso de sentido común dominante, que el trabajadore en sí, no alcanza por sí mismo y por la sola existencia de serlo, a trascender.
En definitiva, no hay desaparición de la clase trabajadora, pero sí hay «crisis del trabajo», que se extiende y no se detiene, marcada por la creciente precarización
Laboral. Los cambios tecnológicos no reemplazan en su totalidad al trabajo humano, que sigue tomando forma concreta en el empleo de fuerza de trabajo humano, pero sin embargo lo someten a nuevas formas de control y gestión de la relación capital-trabajo determinando la proliferación de trabajadores pobres .
Lo dicho pone en acto el imperativo revolucionario. El combate político no está en caducidad en tanto exista la base fundante del modo de producción capitalista expresada en la venta de fuerza de trabajo humano , y las fuerzas sociales que corporizan esa situación sean capaces de hacerlo en forma eficaz, por fuera de toda apariencia. No existe otra posibilidad de reivindicar la condición humana que aceptar la lucha abierta contra las instituciones, y contra las ideologías que las sostienen. Una nueva definición de las relaciones entre pensamiento y realidad histórica , entre la teoría y la práctica , entre la conciencia y la vida es la que se impone de manera ineludible.
Daniel Papalardo, para NUEVO CURSO
