El 26 de abril de 1900 nació Roberto Arlt, el escritor y periodista argentino que fue partícipe y testigo de las convulsivas décadas de los años veinte y treinta. Ese testimonio en obra, como aquel al que todo trabajador aspira cuando despliega su fuerza de trabajo , pero del que se ve privado por la apropiación del producto por el empleador , tiene la virtualidad de haber sobrevivido a la acción inapelable e implacable del tiempo , haciendo que su conformación estructural esté presente en todo trabajador que se enfrente al acto específico de la escritura.
Para dar cuenta de su necesaria presencia, a pesar del tiempo transcurrido, es necesario y así lo hacemos, acudir al prólogo a transcribir el prólogo que redactó para su obra “ Los lanzallamas “(1931) en tanto en él , esta implícito un manifiesto político y estético fundamental para la existencia en la escritura y el sentido último de esta actividad .
Arlt utiliza el prólogo para defender su trabajo donde resalta la descripción de una desesperación existencial puesta en cabeza de cada uno de los personajes de la novela , con empleo realista de un lenguaje duro y marcadamente exacerbado, haciendo del estilo un acto de urgencia y no de comodidad.
.
Esa defensa que se instrumenta en ese prólogo tiene un necesario agresor ante quien se plantea , que no es otro que la crítica académica y el canon literario de la época, siempre encadenado a la búsqueda de una prosa más pulida . Constituye una respuesta visceral a una élite cultural que desprecia su obra, afirmando que el futuro pertenece a quienes trabajan arduamente. En todos los casos, una postura de resistencia narrativa y estética.
Prólogo a Los lanzallamas
Palabras del autor (1931) ROBERTO ARLT
Con Los lanzallamas finaliza la novela de Los siete locos.
Estoy contento de haber tenido la voluntad de trabajar, en condiciones bastante desfavorables, para dar fin a una obra que exigía soledad y recogimiento. Escribí siempre en redacciones estrepitosas, acosado por la obligación de la columna cotidiana.
Digo esto para estimular a los principiantes en la vocación, a quienes siempre les interesa el procedimiento técnico del novelista. Cuando se tiene algo que decir, se escribe en cualquierparte. Sobre una bobina de papel o en un cuarto infernal. Dios o el Diablo están junto a uno dictándole inefables palabras.
Orgullosamente afirmo que escribir, para mí, constituye un lujo. No dispongo, como otros escritores, de rentas, tiempo o sedantes empleos nacionales. Ganarse la vida escribiendo es penoso y rudo. Máxime si cuando se trabaja se piensa que existe gente a quien la preocupación de buscarse distracciones les produce surménage.
Pasando a otra cosa: se dice de mí que escribo mal. Es posible. De cualquier manera, no tendría dificultad en citar a numerosa gente que escribe bien y a quienes únicamente leen correctos miembros de su familia.
Para hacer estilo son necesarias comodidades, rentas, vida holgada. Pero por lo general, la gente que disfruta de tales beneficios se evita siempre la molestia de la literatura. O la encara como un excelente procedimiento para singularizarse en los salones de sociedad.
Me atrae ardientemente la belleza. ¡Cuántas veces he deseado trabajar una novela, que como las de Flaubert, se compusiera de panorámicos lienzos…! Mas hoy, entre los ruidos de un edificio social que se desmorona inevitablemente, no es posible pensar en bordados. Elestilo requiere tiempo, y si yo escuchara los consejos de mis camaradas, me ocurriría lo que les sucede a algunos de ellos: escribiría un libro cada diez años, para tomarme después unas vacaciones de diez años por haber tardado diez años en escribir cien razonables páginas discretas.
Variando, otras personas se escandalizan de la brutalidad con que expreso ciertas situaciones perfectamente naturales a las relaciones entre ambos sexos. Después, estas mismas columnas de la sociedad me han hablado de James Joyce, poniendo los ojos en blanco. Ello provenía del deleite espiritual que les ocasionaba cierto personaje de Ulises, un señor que se desayuna más o menos aromáticamente aspirando con la nariz, en un inodoro, el hedor de los excrementos que ha defecado un minuto antes.
Pero James Joyce es inglés. James Joyce no ha sido traducido al castellano, y es de buen gusto llenarse la boca hablando de él. El día que James Joyce esté al alcance de todos los bolsillos, las columnas de la sociedad se inventarán un nuevo ídolo a quien no leerán sino media docena de iniciados.
En realidad, uno no sabe qué pensar de la gente. Si son idiotas en serio, o si se toman a pecho la burda comedia que representan en todas las horas de sus días y sus noches.
De cualquier manera, como primera providencia he resuelto no enviar ninguna obra mía a la sección de crítica literaria de los periódicos. ¿Con qué objeto? Para que un señor enfático entre el estorbo de dos llamadas telefónicas escriba para satisfacción de las personas honorables:
«El señor Roberto Arlt persiste aferrado a un realismo de pésimo gusto, etc., etc.»
No, no y no.
Han pasado esos tiempos. El futuro es nuestro, por prepotencia de trabajo. Crearemos nuestra literatura, no conversando continuamente de literatura, sino escribiendo en orgullosa soledad libros que encierran la violencia de un «cross» a la mandíbula. Sí, un libro tras otro, y «que los Reunucos bufen».
El porvenir es triunfalmente nuestro. Nos lo hemos ganado con sudor de tinta y rechinar de dientes, frente a la «Underwood»,que golpeamos con manos fatigadas, hora tras hora, hora tras hora. A veces se le caía a uno lacabeza de fatiga, pero…. Mientras escribo estas líneas pienso en mi próxima novela.
Y que el futuro diga.
Roberto Arlt
El futuro dice aún en nuestro presente y bajo ese decir , buscamos nuestro espacio de sobrevivencia, «con prepotencia de trabajo»
Daniel Papalardo- para Nuevo Curso.
