Nuevo Curso

“ En la estación de las dudas, muere un tren de cercanías…»

En el estado actual de desarrollo de la teoría del derecho, goza de consenso social la idea según la cual no son los sujetos que protagonizan las relaciones sociales de producción y los grupos concentrados del capital financiero, quienes dan las ordenes, sino el Estado y que estas órdenes están sujetas a las normas generales de la ley que expresa la voluntad del Estado , visto en sì mismo como sujeto.

En ese contexto, que no reconoce realidad alguna por fuera de los discursos, el Estado de derecho es un espejismo conveniente para la burguesía que lo impone en tanto hace las veces de una ideología que oculta su dominación a los ojos de las masas , por vía de la ley, que se presume igual para todos.

No obstantes esto, en ningún caso, la burguesía ha perdido de vista que la sociedad de clases no es solamente un mercado donde se encuentran poseedores de mercancía independientes, sino también al mismo tiempo el campo de batalla de una guerra de clases encarnizada en la que el aparato del Estado representa un arma.

En ese espacio que describimos, las relaciones son básicamente de dominación. Enseña la historia de la lucha de clases, que cuanto más inestable se vuelve la dominación burguesa, las intervenciones estatales se alejan del Estado de Derecho y se transforma en un poder como violencia de una clase sobre la otra. En la actualidad eso se disfraza bajo el fetiche de una mercancía particular que es la apelación al uso del término fascismo, fascista, facho, neofascismo.

Es decir, en paralelo a la abstracción carente de realidad de la noción de Estado de derecho, de la que se hizo uso por vía del discurso de exaltación del régimen democrático, con el que se comía, se educaba y se daban servicios de salud , en paralelo, en la crisis de éste, se eleva ideológicamente otro abstracto sin realidad que es la reformulación de la noción de fascismo, con la particularidad de que , lo que se dice y se narra como tal, no tiene nada que ver con un régimen fascista , sus fundamentos y esencialidades . Basta detenerse en los profusos textos de Trotsky sobre el particular, para advertir que de lo que hablaba el revolucionario, finalmente corroborado por la realidad como lo demuestra la historia, no tiene ninguna relación con el presente, a pesar de que los propios autodenominados trotskistas dicen con frecuencia, buscando se de amparo al régimen republicano en cuya izquierda pretenden ubicarse con legitimidad dada por las leyes electorales.

En otras palabras, la burguesía llena los dos casilleros esenciales de la ideología y lo que se autodefine como “izquierda”, le resulta funcional.

La clase dominante, amenaza con lo que llaman “ultra-derecha”, y se ofenden y victimizan, vía progresistas o reformistas por “izquierda” defensores de la república democracia y su Estado constitucional de derecho. Resultado de todo esto, suma cero por neutralización recíproca y el objetivo de reproducción del capital tiene alta posibilidad de reproducción, como se observa en el cotidiano pese a la tendencia creciente de la pauperización de los trabajadores.

De esta manera, hoy se vive una ofensiva de la clase dominante que ataca para defenderse de lo que predice como una situación de convulsión social derivada de la crisis de reproducción del capital en una estructura productiva con esa sustantividad que revela su atraso y dependencia de los centros financieros internacionales.

Sucede en consecuencia, que lejos de un achicamiento del Estado tal como se lo proclama a diestra y siniestra , lo que ha hecho el poder burgués y su estructura institucional, es redimensionar sus instrumentos y dotarse de la legitimación necesaria, por vía de leyes para el despliegue del monopolio del uso de la violencia que constitucionalmente detenta y bajo ese amparo dar una nueva normatividad a la existencia basada en la intensificación de la explotación sobre los trabajadores bajo la amenaza constante del desempleo y la traslación estructural de masas a la condición de población sobrante.

Todo el aparato jurídico que el Estado ubica sobre el escenario de disputa, y antagonismo de clase, implica el juego absoluto de todos los artificios defensivos que puedan emerger de la estructura jurídica legal, convencional y constitucional vigente.

Toda intervención política del tenor de la que se desarrolla desde cualquier organización social y política, desconoce hoy y por ende subestima el carácter clasista de todo derecho vigente, que se compadece con el carácter del Estado, que impone la norma como expresión esencial de lo jurídico o la sentencia como norma individual del caso concreto.

La forma del derecho, el discurso jurídico puesto en acto en cualquier tipo de acto jurisdiccional tiene un carácter tan fetichista como la mercancía en economía en el plano de la producción real y de la estructura económica que cimienta el actual orden social capitalista en crisis. Esto significa que todo derecho es la forma jurídica de la desigualdad social.

Dentro de esta complejidad, nos encontramos frente al puntual uso aplicación del Derecho Penal en sus funciones más básicas, sobre la clase trabajadoras, y demás sectores a los que se considera potencialmente desde el perfil de la delincuencia, en tanto probable sujeto activo de las normas prohibitivas que integran el actual menú del derecho penal.

En ese espacio, se ha perdido de vista que la forma jurídica penal , remite necesariamente a esa agresión específica que el conflicto social habilita para quien lo protagoniza de parte del Estado y más allá de las diversas particularidades que pudo asumir en la historia, inicialmente remite a la idea de devolución de daño o venganza bajo modalidad de reacción.

La idea de sanción aparece como equivalente que compensa los perjuicios emergentes del conflicto. Por esa razón, por ese extravío estratégico que supone circunscribir la acción política al puro juego de la dialéctica contenida al interior del castigo punitivo , pensando que el Estado de la burguesía por sus propios órganos, puede sancionar sus propias acciones basado solamente en un recambio de operadores políticos, se gesta desde la situación actual , bajo la apresurada consigna que unifica al frente político de hecho, de terminar con la actual gestión de gobierno del ejecutivo nacional .

Si esto último se pierde de vista, y en una nueva ronda de ese extravío se recae en la demanda de castigo o penalización del equipo de gobierno, por vía de su destitución omitiendo la denuncia del rol del derecho y el Estado de la burguesía en la existencia social, se volverá nuevamente a resultados no deseados con fortificación de la clase dominante en tanto culturalmente hegemónica.

Por eso, lejos de que exista una oportunidad nacida de la caída en la imagen del gobierno, según profusamente se divulga, lo que en realidad ocurre es la puesta en acto de una operación burguesa de recambio para que con el cambio nada cambie.

Se olvida que, todo este proceso en abstracto que significa el funcionamiento del aparato judicial, no es diverso sino tributario de la dialéctica que impone la lucha de clases en concreto y en términos históricos. De este modo, si lo que se pone en juego resulta esencialmente variable, luego la respuesta estatal esperable nunca puede ser fija, ni permanente, máxime cuando esa superación solo puede llegar de la mano de la destrucción de ese mismo aparato estatal y la imposición de una dictadura de clase por parte de los trabajadores y los restantes sectores sociales oprimidos. Dicho en criollo, no es un cambio de gobierno el que habilita el desarrollo de una vía revolucionaria , sino a la inversa , lo que se logra es una resignificación del discurso dominante y la continuidad de la reproducción del capital sobre la base de mayor explotación de las masas trabajadoras.

Esta situación objetiva no puede recibir satisfacción superadora, sino por vía de la abolición del Estado y su institucionalidad, por un nuevo orden social , con dominio de la clase trabajadora, todo lo cual significa el agotamiento del derecho burgués y de los órganos jurisdiccionales que le ponen en acto.

Una vez más, la forma de acumulación de poder de las fuerzas sociales en pugna luce desigual. La burguesía sabe lo que hace y actúa conforme a su interés objetivo. Desde la clase trabajadora, se impone el mismo mandato. Denunciemos el carácter de clase del Estado. Organicemos la propaganda y la agitación política de las masas trabajadoras hacia su definición como clase social en su partido y la definición socialista de su programa.

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