ya descubrí
que amor es más que dos.
Amor es una multitud
que siempre espera un día azul,
y en esa multitud estoy,
con esa gente siempre voy
con mi alegría y mi dolor
rueca que orilla el tiempo sin temor …..(Víctor Heredia)
Hoy está bastante extendida, aunque de manera erronea, la idea de que la hegemonía cultural consiste en ocupar aparatos políticos, reemplazar dirigentes y nombrar intelectuales afines en puestos clave de producción simbólica y del discurso del sentido común.
Sin embargo, una revisión más atenta muestra que esa representación ubica el fenómeno en un lugar equivocado. La hegemonía no es el resultado mecánico del poder político que la construye e impone; por el contrario, debe entenderse como una condición previa de ese poder.
Por eso, cuando se plantea que el crecimiento de la imagen positiva de una diputada surgida de la cooperativa electoral FIT-U debería aprovecharse para construir la hegemonía de la clase trabajadora, se vuelve a señalar un camino que en nuestro país, tras más de cuatro décadas de experiencias similares, ha conducido al fracaso: creer que primero hay que acceder, como sea, al gobierno para recién entonces establecer esa hegemonía.
En realidad, los fenómenos sociales y su expresión política operan en sentido inverso. La capacidad de definir el discurso del sentido común, mediante el consenso necesario en una sociedad de clases, solo puede surgir de la primacía cultural del programa socialista sobre las alternativas ideológicas de la burguesía, sostenidas por el individualismo y su expresión material en el utilitarismo.
Eso ocurre cuando, al alcanzarse la gestión del poder formal, esa situación ya existe en los hechos cotidianos y en su materialidad social, y el dispositivo electoral solo la refleja y le otorga legitimación.
Este punto es crucial. Una fuerza política puede ganar elecciones y controlar ministerios, pero eso, por sí solo, no alcanza para producir hegemonía. A lo sumo, puede convertirla en un colectivo gobernante, no en una clase dirigente capaz de imponerse sobre su antagonista. Puede incluso contar con mayoría parlamentaria, quizá favorecida por mecanismos electorales distorsivos, y aun así carecer de dirección moral e intelectual respecto de los fines estratégicos de la sociedad, que es lo que define la existencia o no de hegemonía.
En definitiva, la premisa que subyace a estos nuevos-viejos planteos de la cooperativa electoral FIT-U —según la cual la conquista del gobierno, apoyada en la imagen positiva de una de sus diputadas, permitiría establecer una nueva hegemonía y transformar la cultura— es errónea. Ese camino posterga cualquier posibilidad de preparación revolucionaria, porque confunde el nombramiento con el prestigio, la presencia mediática con la autoridad y la ocupación de espacios con la producción de pensamiento.
Una cultura no consolida el poder simbólico de la clase trabajadora ni se vuelve hegemónica porque lo proclame un ministro o lo promueva una mayoría parlamentaria. Se vuelve hegemónica cuando logra producir categorías interpretativas, palabras, imágenes, símbolos, sensibilidades, estilos de vida y formas de reconocimiento colectivo.
En este planteo táctico, profundamente viciado de oportunismo reformista, hay además un parentesco con los formatos que utilizó La Libertad Avanza: la confusión entre cultura y reconocimiento mundano, entre presencia televisiva y dirección política, y entre la supuesta corrección moral abstracta y la corrupción efectiva de la práctica política y de sus operadores intelectuales.
La construcción del programa socialista desde la vanguardia de la clase trabajadora no se proclama ni se declama. No surge de una farsa electoral fragmentaria ni se decreta a través de una diputada que despierta simpatía. Se asienta, en cambio, en la acumulación de una praxis cotidiana de combate y antagonismo que arraiga en el ser social. No busca imponerse desde las instituciones existentes; son esas instituciones las que ceden cuando pierden consenso los paradigmas que las sostienen. El programa socialista se encarna en el sujeto social del cambio al penetrar en la formación de su sentido común. No necesita gritar su nombre: se vuelve el lenguaje en el que incluso sus adversarios se ven obligados a hablar.
En definitiva, un proceso revolucionario no supera su estadio embrionario mediante una técnica de conquista del aparato, sino a través de una forma superior de autoridad histórica que nace de la propia praxis transformadora de la clase trabajadora. Es el momento en que una cosmovisión deja de aparecer como el interés particular de un aparato organizativo y se presenta como una respuesta general de las masas trabajadoras, constituidas en clase, a los problemas de la sociedad.
Los estrategas del vacío, que desde su vocación reformista y su oportunismo repiten fórmulas estériles para la clase trabajadora, creen que pueden construir una nueva relación de poder ocupando por vía electoral las estructuras que la burguesía instituyó para sí bajo la forma jurídica de la Constitución y las leyes. Pero, en el mejor de los casos, solo pueden administrar ese orden. La hegemonía no reside donde se firma una designación, sino allí donde, en una sociedad de clases, las masas oprimidas y explotadas aprenden, casi sin advertirlo, a pensar desde categorías, intereses y fines estratégicos de emancipación.
Tras repetidas movilizaciones a lo largo del año, distintas direcciones reformistas recondujeron la acción de la clase trabajadora hacia el debate parlamentario, mientras las direcciones sindicales orientaron la lucha por la vía judicial y dejaron en manos de la Corte Suprema la resolución de las cuestiones sustantivas.
Los caminos institucionales y el diálogo resultan estériles para mejorar las condiciones de vida de los trabajadores: solo generan cansancio y desánimo.
Sin embargo, la voluntad de luchar y resistir persiste, pese a las limitaciones de las direcciones sindicales, orientadas a mantener la calma hasta 2027, contener el descontento y canalizarlo por la vía institucional en favor de sus candidatos. En última instancia, esa orientación también es acompañada por la cooperativa electoral FIT-U, que además exhibe dificultades sustantivas. En ese marco, el PTS intenta reubicarse impulsando un partido de trabajadores de la “nueva” clase obrera, aunque con dirigentes de la “vieja”, probados en más de cuatro décadas de fracasos para constituirse en dirección efectiva de la clase trabajadora.
La ausencia de las masas trabajadoras, más allá de la bronca y de las demandas inmediatas, con una fisonomía de clase propia y una expresión política organizada, es el fenómeno que debe revertirse mediante un programa socialista revolucionario y la construcción de organismos embrionarios de poder obrero. Para ello, la lucha debe asumir formas que permitan desenmascarar la política de conciliación de clases sostenida tanto por la izquierda integrada al orden capitalista como por los sindicatos. En la actual situación de empantanamiento de la lucha de clases, este orden social solo puede seguir funcionando con más miseria, desempleo, intensificación de la explotación y opresión, y mayor uso de la violencia estatal.
La lucha de los trabajadores debe avanzar hacia formas de acción que afecten la producción y la circulación de mercancías.
La unidad de las luchas y la preparación de la huelga general son esenciales para superar este momento contradictorio, antagónico y desfavorable que padecemos frente a la ofensiva burguesa.
