Nuevo Curso

JUAN YAÑEZ y «la nueva clase obrera»

Mucha de la feligresía que se autoidentifica como “la izquierda”, cuyos miembros en gran posan parte, de sabiondos y usa con habitualidad la picardía chicanera en sus discursos que casi siempre apuntan a explicarle al otro que no es como ellos que padece de algún tipo de “ismo”, que lo obliga a deconstruirse o aceptar la sentencia de caducidad que se le vuelca sobre su humanidad, por estos superdotados de la existencia, que no pueden trascender en los hechos , las formas y las sustancias de los discursos abogadiles , que carecen de tribunales a donde comparecer, no ha tenido oportunidad de conocer a Juan Yañez ni de reparar en su vida militante.

Buscamos, como grupo de propaganda por el poder obrero y socialista reparar esa faltante, para que la “nueva vanguardia obrera” a la que dirige sus discursos el reformismo oportunista de las organizaciones que han institucionalizado su existencia en el orden legal del Estado, comprenda que la lucha obrera no empezó con el nacimiento del PTS, ni ha caducado la clase obrera como tal .

Con ese objetivo y conociendo de Juan Yañez , tomamos el recurso de apoyarnos en un nuevo aniversario de su desaparición física, para dar cuenta de la necesidad de su existencia, en cada instancia de la vida militante.
Si se quiere saber cómo debe ser un revolucionario, habrá que advertir que Juan Yañez marca los elementos típicos de esa definición existencial.

Si se quiere tomar ese imperativo, lo necesario será seguir su camino por la construcción de un partido de la vanguardia obrera revolucionaria, que desarrolle en los hechos materiales de la existencia, la política autónoma de la clase trabajadora y su programa socialista , hacia el objetivo estratégico de su emancipación de la explotación capitalista .

En esa tarea, acudimos a reproducir íntegramente el texto que publica la redacción de la revista El Porteño, desde Valparaíso Chile , con el que adherimos.

Juan Yáñez, obrero revolucionario: una vida que sigue interpelando a la izquierda latinoamericana
28/07/2026
por El Porteño
Este 29 de julio se cumplen veinte años de la muerte de Juan Yáñez Gutiérrez, obrero, internacionalista y constructor de una organización revolucionaria a ambos lados de la cordillera. Recordarlo no constituye un ejercicio ceremonial ni una simple evocación afectiva. Su figura pertenece a esa estirpe de militantes cuya vida, lejos de agotarse en la biografía, plantea un problema político a las generaciones posteriores: qué significa ser revolucionario cuando las organizaciones de izquierda abandonan progresivamente la lucha por el poder y adaptan su actividad, su lenguaje y hasta su horizonte intelectual a las instituciones del régimen.

Juan Yáñez murió abruptamente de causas naturales el 29 de julio de 2006, en Neuquén, a los 55 años. Original del cerro Los Placeres de Valparaíso, había militado durante su juventud en el ala izquierda de la Juventud Socialista chilena y rompió con ella cuestionando la política de colaboración de clases y el frentepopulismo que terminaron subordinando la independencia política de los trabajadores durante la Unidad Popular. El golpe de Estado de 1973 lo encontró comprometido con la construcción de un partido revolucionario. Perseguido por la dictadura, debió abandonar Chile y trasladarse a Argentina, donde trabajó como obrero de la construcción, se vinculó con Política Obrera y participó en la formación del Partido Obrero Revolucionario en la región del Alto Valle de Río Negro y Neuquén.
Esa trayectoria tiene un significado que excede la suma de sus episodios. Yáñez no fue un chileno que accidentalmente continuó su militancia en Argentina. Fue, en el sentido más profundo del término, un militante internacionalista. Su experiencia condensó la unidad histórica del proletariado chileno y argentino, una unidad anterior a los Estados, a sus fronteras y a las rivalidades nacionales mediante las cuales las respectivas burguesías han procurado dividir a los trabajadores.

Esa tradición puede rastrearse hasta Luis Emilio Recabarren, quien durante su exilio en Argentina estableció relaciones con el movimiento socialista trasandino y encontró allí elementos decisivos para su formación política. El propio nacimiento del movimiento obrero organizado en Chile estuvo ligado a una circulación de ideas, periódicos, dirigentes y trabajadores que nunca respetó completamente las fronteras trazadas por las clases dominantes.
La Patagonia fue uno de los territorios privilegiados de esa experiencia común. Los trabajadores chilenos y argentinos de las estancias, puertos, frigoríficos y talleres construyeron organizaciones que se extendían por ambos lados de la cordillera. La Federación Obrera de Magallanes llegó a organizarse en zonas y estancias sin reconocer como límite político la frontera entre Chile y Argentina. La represión contra las huelgas patagónicas, así como las luchas obreras de Puerto Natales, revelaron tempranamente que el capital actuaba internacionalmente y que solo podía ser enfrentado mediante una organización igualmente internacional de los explotados.

Juan Yáñez fue heredero consciente de esa historia. Su internacionalismo no era una consigna diplomática ni una apelación sentimental a la fraternidad latinoamericana. Surgía de su condición obrera y de una comprensión materialista de la lucha de clases. Sabía que un trabajador chileno y uno argentino tienen más en común entre sí que cualquiera de ellos con su propia burguesía. Sabía también que la emancipación de los trabajadores no puede ser nacional, porque el capital, sus mercados, sus Estados y sus aparatos represivos tampoco lo son.

Por eso, su figura señala un camino de identidad programática para la vanguardia
latinoamericana. En Yáñez, la identidad revolucionaria no dependía de una estética, de una pertenencia generacional ni de la adhesión a un conjunto indeterminado de causas progresistas. Se fundaba en una definición precisa: independencia política de la clase obrera, rechazo de la colaboración con la burguesía, construcción del partido revolucionario, internacionalismo proletario y lucha por un gobierno de trabajadores.

Esta claridad adquiere una relevancia particular en el presente argentino. El Frente de Izquierda y de Trabajadores–Unidad continúa presentándose formalmente como una coalición anticapitalista integrada por el Partido Obrero, el PTS, Izquierda Socialista y el MST, y su programa oficial sigue incluyendo la nacionalización de los recursos estratégicos, la banca y la gran propiedad. Pero la existencia de esas formulaciones no resuelve por sí misma el problema de la orientación política efectiva.
Una parte importante de la izquierda agrupada en el FIT-U parece inclinarse crecientemente hacia una experiencia electoral de carácter posmoderno, en la que la centralidad de la clase obrera tiende a disolverse en una agregación de identidades, representaciones parlamentarias, campañas comunicacionales y candidaturas concebidas como fines en sí mismos. La intervención política corre así el riesgo de reducirse a la obtención de bancas, a la visibilidad mediática y a la reproducción de una pequeña legalidad electoral, en lugar de utilizar esos espacios como tribuna subordinada a la organización independiente de los trabajadores.

No se trata de rechazar abstractamente la lucha electoral. Los revolucionarios han intervenido históricamente en elecciones y parlamentos. El problema es otro: si la participación electoral sirve para desarrollar la conciencia y la organización extraparlamentaria de la clase obrera o si, por el contrario, termina convirtiendo al aparato electoral en el centro de gravedad de toda la actividad partidaria. Cuando ocurre lo segundo, el programa se transforma en propaganda, la organización en maquinaria de candidaturas y la militancia en acompañamiento de figuras públicas.
Más grave aún es la tendencia a concebir una alianza estratégica, expresa o implícita, con el denominado peronismo de izquierda. Bajo el argumento de enfrentar a Milei y a la ultraderecha, sectores del trotskismo argentino se aproximan políticamente a organizaciones que reivindican variantes progresistas o combativas del peronismo.
La unidad de acción frente a la represión o a determinadas ofensivas patronales es indispensable. Pero una cosa es la unidad práctica de los explotados y otra muy distinta es la subordinación política al nacionalismo burgués.
La crisis y las divisiones que atraviesan actualmente al peronismo no modifican su naturaleza histórica. Sus alas izquierda y derecha forman parte de un mismo movimiento burgués, comprometido durante décadas con la administración del Estado capitalista. El kirchnerismo, los gobernadores, la burocracia sindical y los distintos agrupamientos que orbitan alrededor de ellos pueden disputar entre sí la conducción de ese espacio, pero ninguno propone que la clase obrera conquiste el poder mediante sus propias organizaciones.

La tentación de asociarse estratégicamente con su ala izquierda no es nueva. Surge cada vez que la presión de la polarización burguesa lleva a una parte de la izquierda a elegir un supuesto campo progresista contra otro reaccionario. Pero esa lógica sacrifica precisamente aquello que Juan Yáñez defendió durante toda su vida: la independencia programática de los trabajadores.
Yáñez había extraído esa conclusión de la derrota chilena. Su ruptura con la Juventud Socialista no fue producto de una querella doctrinaria menor. Fue una reacción contra la política que subordinaba al proletariado a una alianza con sectores de la burguesía y que, en nombre de preservar la institucionalidad, desarmó política y materialmente a los trabajadores frente al golpe. Su posterior militancia en Argentina prolongó esa batalla contra todas las formas de conciliación de clases.

No habría nada más ajeno a su legado que transformar el recuerdo de la Unidad Popular, de la resistencia a las dictaduras o de las luchas populares latinoamericanas en una justificación para nuevas alianzas con fracciones burguesas. Yáñez entendía que las derrotas no se superan repitiendo las políticas que condujeron a ellas, sino construyendo la dirección revolucionaria que faltó.

Su condición obrera tampoco fue un dato sociológico. Trabajó en la construcción y participó directamente en las luchas sindicales del Alto Valle. Quienes lo conocieron recuerdan su intervención en huelgas obreras y su capacidad para actuar como dirigente reconocido incluso entre trabajadores que no compartían todas sus posiciones políticas. En una de esas luchas, una dirigente docente observó que era la primera vez que veía a un trotskista dirigiendo una huelga. La anécdota expresa una cuestión esencial: el programa revolucionario no era para Yáñez una identidad autorreferente, sino una herramienta para intervenir en la experiencia concreta de la clase.
Esa relación viva entre programa y lucha cotidiana explica su autoridad. Juan no pretendía hablar en nombre de los trabajadores desde fuera de ellos. Era parte de su vida, de sus penurias, de sus obras, de sus huelgas y de sus organizaciones. No confundía la conciencia todavía existente de las masas con el horizonte histórico que debía ayudarlas a conquistar. Tampoco adaptaba el programa a los prejuicios del momento. Partía de la experiencia concreta para elevarla hacia una perspectiva de poder.

Quienes compartimos su militancia con él lo recordamos como un revolucionario frontal, franco y respetuoso, capaz de sostener polémicas duras con lealtad. Esa templanza constituía una cualidad política. No era moderación ni búsqueda de consensos. Era la seguridad de quien no necesitaba recurrir a la intriga, al insulto o a la maniobra organizativa para defender sus posiciones. En los momentos más difíciles, respondía con una conducta militante.

Esa es quizá la mayor interpelación que su figura dirige hoy al movimiento revolucionario trasandino. Frente a la derrota electoral, organización. Frente al aislamiento, penetración en la clase obrera. Frente al oportunismo, programa. Frente a la presión del peronismo, independencia política. Frente a la fragmentación identitaria, centralidad del proletariado. Frente a la adaptación parlamentaria, preparación revolucionaria.
La templanza de Yáñez consistía precisamente en responder como militante cuando todo parecía empujar hacia la resignación. Respondió así frente al golpe en Chile, frente al exilio, frente a la dictadura argentina, frente a las dificultades de construir una organización revolucionaria y frente a la presión permanente de las corrientes políticas que exigían abandonar el programa para obtener resultados inmediatos.
Veinte años después de su muerte, esa respuesta conserva toda su vigencia. La crisis argentina no plantea solamente la necesidad de derrotar a Milei. Plantea quién lo derrotará, con qué programa y para instalar qué poder. Si la salida queda en manos del peronismo, incluso de su ala izquierda, los trabajadores serán convocados una vez más a sostener una nueva administración del capital.

Si la izquierda se limita a disputar bancas, influencia cultural o representación de identidades, será incapaz de ofrecer una salida histórica.
La alternativa exige reconstruir una vanguardia obrera, internacionalista y revolucionaria. Exige unir las luchas de los trabajadores argentinos y chilenos, recuperar la tradición que va de Recabarren y la Patagonia rebelde a las experiencias contemporáneas de organización proletaria, y preparar conscientemente la lucha por gobiernos obreros en todo el continente.
Juan Yáñez pertenece a esa tradición. No porque haya dejado un monumento terminado, sino porque hizo de su vida una tentativa perseverante de construirlo. Su memoria no pide homenajes vacíos. Exige continuidad.

A veinte años de su muerte, su respuesta sigue siendo la misma: organizar a la clase, defender el programa, construir el partido y preparar la revolución.
Juan Yáñez, obrero revolucionario e internacionalista, presente.

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