Nuevo Curso

REVOLUCIONARIO

En los últimos días hemos podido leer al amparo de su profusa difusión en las redes, un texto que adopta la forma de pensamiento abierto, en el que quien lo escribe y los que lo han difundido y difunden, se adentran en la siguiente reflexión:
“En las últimas décadas, buena parte de la militancia fue atrapada en una lógica que no tiene ambición real de poder ni vocación de dar una lucha concreta. Se la mantiene ocupada y contenida en una rueda interminable de congresos, paneles, encuentros, jornadas y mesas de debate. Todo es diagnóstico, evaluación, análisis, estudio….Se discute sin cesar “en clave de”“sentipensar” la realidad, se la interpreta, se la nombra con nuevas categorías… pero rara vez se la disputa…..La militancia dejó de ser una fuerza orientada a conquistar poder y pasó a ser una audiencia permanente. Se la convoca a pensar, reflexionar, problematizar, pero no a decidir ni a mandar. ….Incluso se institucionalizó esta lógica: hay carreras universitarias, posgrados y seminarios enteros dedicados a analizar la política sin hacerla, a teorizar la transformación sin asumir el conflicto que implica llevarla adelante….Así, el debate se volvió un fin en sí mismo y no una herramienta para la acción. La crítica se estetizó, el compromiso se volvió discursivo y la práctica fue reemplazada por el evento.
Mientras tanto, el poder real no se queda diagnosticando: avanza, se organiza, gobierna y disputa sentido sin pedir permiso…..Una militancia sin ambición de poder termina siendo funcional al orden existente. Porque cuando la política se reduce a reflexión permanente, el conflicto se diluye y la transformación se posterga indefinidamente.”
Tenemos que dejar en claro que nos ocupamos de lo dicho precedentemente, en la medida que lejos de que lo que se manifiesta, acierte en el diagnóstico o no , lo relevante es que se pone a la luz una de las expresiones de la crisis de dirección a la que aludía Trotsky en su tesis contenida en el programa que sirvió de documento base para la fundación de la Cuarta Internacional, cuando se refería a que el obstáculo del cambio social estaba dado por la crisis de dirección de los trabajadores.
Este escenario, a pesar de las distancias temporales pertinentes, ya tuvo alguna consideración en la opinión de Trotsky cuyos dichos arrojan luz sobre el particular aun cuando con relación al fenómeno se acuda siempre a la idea y el mecanicismo de acudir a los cambios objetivos que se computan en la sociedad de nuestro tiempo.
“Los grupos minúsculos que no pueden ligarse a ningún movimiento de masas no tardan en ser presa de la frustración. No importa cuánta inteligencia y vigor puedan poseer, si no encuentran aplicación práctica para una y otra cosa están condenados a malgastar su fuerza en disputas escolásticas e intensas animosidades personales que desembocan en interminables escisiones y anatemas mutuos. Una cierta dosis de tales riñas entre sectas ha caracterizado por supuesto el progreso de todo movimiento revolucionario. Pero lo que distingue al movimiento vital de la secta árida, es que el primero encuentra a tiempo y la segunda no, la saludable transición de las disputas y las escisiones a la auténtica acción política de masas” (Prólogo a “»La Enfermedad Infantil del Izquierdismo en el Comunismo)
Con esto describe, la vulnerabilidad psicológica y política de pequeños grupos ideológicos o facciones que, al carecer de una base social amplia referenciada en concreto en una fuerza social real, se sienten marginados, impotentes y terminan frustrados por no poder aplicar sus ideas, malgastando su energía sin un impacto real, una situación común en ciertos sectores de la pequeña burguesía o la izquierda radical que no logran conectar con la clase trabajadora y que en cierta medida se refleja en el contenido del texto que hemos transcripto al inicio.

Pero nos queremos detener en un aspecto que también subyace en lo dicho y que se concentra en el interrogante ¿Qué significa ser «revolucionario»? En primer lugar, esta es una pregunta selectiva, en tanto los llamados a responder, no son todos, sino aquellos que así se autodeterminan o si así son considerados por otros, dentro de una estructura organizada que los pondera en esa condición.
Desde ese lugar de aproximación, posible advertir que muchas respuestas al tema, vienen precisamente de quienes no siendo lo inverso , tampoco lo son, es decir, vienen de quienes no han dado referencia objetiva con sus vidas de la condición específica de sujeto revolucionario.
Por eso, ese tipo de respuestas, solo ilustran sobre el fenómeno individual, pero no lo corporizan y por tanto relativizan su valor a la hora de intentar acercarse a un mejor concepto.
En ese sentido y solo a título referencial, citamos que García Marques, cuando se le preguntó al respecto, se aventuró a decir que revolucionario es aquel ser humano que no se cree con habilitación para mirar desde arriba a otro, a no ser que sea para ayudarlo a levantarse
Buscando más precisión, pero sin abandonar el carácter abstracto de lo que se dice, se indica que es «revolucionario» aquel que sigue ciertos principios políticos y éticos que tienen que ver con la igualdad, la solidaridad, la búsqueda de la justicia.
En ese error de concepto, entró gran parte de las organizaciones que habían sido declaradas dentro del amplio espectro de “subversivas” durante la dictadura genocida en la segunda mitad de la década del setenta.
La salida de ese régimen por vía de una transición republicana con democracia formal les hizo pensar que el apartamiento de la estructura de cuadros profesionales por la que habían sobrevivido hasta entonces debía ceder por la construcción de un partido de “masas” para lo cual debilitaron sus programas para que ajustaran a la Constitución Nacional y fueran admitidos por la justicia electoral, es decir, reconocieron el derecho de propiedad. Así , privada y todo el andamiaje de formas jurídicas recipiendarias de esa forma jurídica básica a la reproducción de la relación capitalista
Así, sucedió que la vieja Política Obrera, y el Partido Socialista de los Trabajadores pasaron a ser Partido Obrero y Movimiento al Socialismo respectivamente y lo central, “un periódico recibido, un militante”. De esta manera, se dio en los hechos que pasaba a ser revolucionario el que detentaba “simbólicamente” un carnet de afiliado a alguno de esos partidos del régimen, que se habían metamorfoseado siguiendo a La Salle en el programa de Gotha, ocultando las reservas que dejó plasmadas Carlos Marx, sobre ese texto y el proceder que le constituyo como tal.
No obstante ese grosero paso atrás, sobre la idea del cuadro revolucionario profesional emergente de la organización siguiendo el formato leninista de partido, la situación favorable en tiempo histórico a la venta indiscriminada como una mercancía más de ilusiones democráticas, tan demandadas en los 80-90 hasta la rebelión del 2001 visibilizó una postura individual que también concurrió a confundir las cosas en materia de lo que nos interesa abordar y de lo que se queja quien opina en el texto transcripto al inicio.
Así definirse por la revolución, por entonces tenía que ver en gran parte por el uso de cualquier ícono cultural considerado revolucionario, esto es , cualquier manera de hacer visible el rostro del Che Guevara, la audición de ciertos músicos -Alí Primera, Mercedes Sosa o Silvio Rodríguez-, la lectura de ciertos autores -García Márquez, Bertold Brecht, Rodolfo Walsh o alguna determinada manera de vestir, o relacionarse en plano intersubjetivo.
Pero por fuera de esta suerte de ritual identificatorio y de asimilación, lo cierto es que las disputas por el poder al interior de la organización que fuese, la continuidad de ese sentirse más que otro del que hablaba García Márquez, no se extinguen por una afiliación partidaria, ni por la posesión fetichezca de ciertos objetos.
En realidad, la preocupación por “la militancia” y más estrictamente por la condición de revolucionario, si se tiene presente lo dicho, remite necesariamente al carácter de la organización por mínima que fuese, a la que se incorpora el individuo, en tanto ese hecho del ingreso a una estructura de ese perfil, en gran parte lo hace revolucionario dado que su permanencia objetiva le impone condicionamientos relevantes en tal sentido.
En ese orden de ideas y en sentido inverso al derrotero decadente asumido en los hechos por las formaciones que se autoasignaban la condición de “trotskistas” haciendo que hasta hoy la generalidad se refiera a ellos de manera mecánica como “los troskos”, se puede ubicar el posicionamiento asumido por el Partido Revolucionario de los Trabajadores.
En ese orden de ideas viene al caso recordar que el PRT se separó de la Cuarta Internacional en 1973. Santucho, firma el documento de referencia donde argumentó que la IV Internacional se había vuelto marginal y burocrática, incapaz de cumplir su rol de dirección revolucionaria frente al capitalismo. En ese sentido indicó que, la dirección de la Internacional había caído en el revisionismo y el reformismo, perdiendo su carácter revolucionario y su conexión con las luchas obreras reales, además de no adaptarse a la nueva realidad política y de la clase obrera mundial, a pesar de que la Internacional se fundó para ser una guía revolucionaria.
Frente al problema puntual de lo que debe considerarse o no un cuadro dentro de una organización diseñada con formato leninista , es significativo el documento La «multilateralidad de los cuadros» en la que puntualmente se hace referencia a la formación integral de sus militantes, buscando que no solo dominen la teoría marxista, sino que también posean habilidades políticas, militares y organizativas diversas, preparándolos para ser cuadros revolucionarios completos, capaces de dirigir tanto en la lucha ideológica como en la práctica en un contexto de lucha de clases intensa y guerra revolucionaria contra la dictadura argentina en los años 70
El uso específico del significante “multilateralidad “apuntaba por entonces a romper con la división tradicional entre militante político y militante militar, creando figuras capaces de integrar ambas dimensiones, vital para la estrategia del PRT-ERP, pero su utilización pese al cambio de circunstancias históricas no pierde actualidad en cuanto se refiere a los elementos que se integran en la caracterización de una persona como revolucionario.
De esto se sigue, buscando una síntesis, que cuando aludimos a un revolucionario, estamos haciendo referencia a una persona, inserta en una organización de cuadros, cuyo objetivo lo implica en la construcción consciente de una persona que encarna en sí misma, la síntesis de las aspiraciones de victoria de las masas, con conciencia revolucionaria y capacidad de acción decisiva.
De esto se sigue , buscando una síntesis, que cuando aludimos a un revolucionario, estamos haciendo referencia a una persona, inserta en una organización de cuadros, cuyo objetivo Implica la construcción de una persona que encarna en sí misma, la síntesis de las aspiraciones de victoria de las masas, con conciencia revolucionaria y capacidad de acción decisiva.
En el tema, hay que tener presente, además, que la distinción entre reforma y revolución sigue siendo central en lo que remite a la estrategia de poder. En ese sentido , la prevalencia del reformismo parlamentarista y su cretinismo, subyacente en toda actividad de los miembros de la cooperativa electoral FITU y sus colaterales electorales, impulsa la tendencia que puntualiza la queja dejada en las redes a las que hicimos lugar al inicio, en la medida en que por su antagonismo con esos trazos estratégicos , abiertos o embozados, la búsqueda de la construcción por autoeducación de la condición existencial de «revolucionario» se ha vuelto abstracta y muchas veces fustigada por vía de promover su caducidad como tal.
Lo cierto es que detrás de todo esto, como una significante más de nuestro tiempo, la búsqueda subjetiva de la construcción intelectual y existencial de la revolución lleva a la conformación del sujeto revolucionario. Es la tarea estratégica de la emancipación de los trabajadores, por los trabajadores mismos la que fija la necesidad de construir la condición de revolucionario en los que se acercan a tareas militantes.
En definitiva, el concepto de revolucionario no es sinónimo de héroe. Las revoluciones no la hacen sólo los héroes, en ella y de manera fundamental, intervienen millones de personas que, en su bregar cotidiano, en su trabajo, en el desempeño de sus diferentes roles sociales, son orgánicos – es decir, coherentes, congruentes, pertinentes – con el ideal de socialización de la propiedad y la socialización del poder que la revolución, inevitablemente, tiene que representar. La vanguardia trabajadora requiere para ser tal. De la determinación voluntaria de lograr, el pasaje al acto de la militancia anodina, rutinaria y carente de todo sentido programático, conformada en el modelo de reproducir las directivas propagandísticas de las conducciones reformistas requiere su cese y su superación por la difusión de cuadros revolucionarios, capaces de llegar con su acción a la superación política del orden social capitalista.
Nuevo Curso