Se nos ha dicho de manera profusa y por alguna vía “ educativa”, que todo acontece en tiempo y espacio pero no siempre se completa la idea, añadiendo que eso sucede con una particularidad que no viene del cielo sino de la producción generalizada de mercancías en una sociedad donde existen clases sociales antagónicas, dentro de las cuales existen propietarios de capitales, bienes de producción y mercancías que buscan sus intereses y por eso pujan políticamente con otros y con los que sin embargo coinciden en ser propietarios y gente que solo es propietaria de su fuerza de trabajo que como una mercancía más se vende todos los días en el mercado laboral para subsistir. Los primeros son conscientes de su condición, los segundos no necesariamente, pero, en cualquier caso, más allá de lo que piensen, en última instancia, de una u otra manera saben que están en relación de servidumbre con la propiedad que aquellos detentan.
Sucede que día a día, esa sociedad de clases produce alguna situación que tiene efectos generales que superan a los específicos de los protagonistas, y por eso nos sentimos convocados a opinar al respecto.
Esa situación y la noticia lleva por sí o produce a futuro la posibilidad de una degradación de lo dado con anterioridad a ella, con la incertidumbre correlativa.
Lo cierto es que, en esa situación básica y objetiva andamos como loco de la bicicleta al que le han sustraído el objeto de su existencia y sin la bici deambula sin su particular brújula por la existencia. Es que sin ser propietarios y sin poder realizar nuestra fuerza de trabajo en el mercado, la vida es solo angustia e inseguridad por lo que vendrá.
Así es que parados sobre la dialéctica de estos elementos que componen estos conjuntos de fenómenos que trazan una “, aparece la respuesta lógica, trazada en el marco del que “algo hay que hacer para detener esto “. Es entonces cuando aparecen los ciegos que guían a otros ciegos y nos trasladan al espacio poco preciso de la ilusión de movimiento y nos movemos para ir a ninguna parte y en definitiva acumular una nueva frustración.
Vamos de marcha en marcha, nos aplaudimos a nosotros mismos y eso sí, obtenemos y divulgamos de nosotros mismos y nuestra no manifiesta desesperanza, imágenes, que como tales construyen un imaginario de lucha y combate por lo nuestro, que en definitiva no es tal, es solo peleas callejeras con tipos uniformados que sin nosotros no tendrían nada que hacer, porque precisamente están para eso, para pegarle a los ilusionados y cultores de lo imaginado.
Nos convocamos a unir desesperanzas sin que estas dialécticamente impliquen un cambio de cantidad por calidad. Es así como estamos presentando, observando y protagonizando esta versión siglo XXI del tango cambalache, que, si lo compramos en combo, va con otros dos, gira gira y desencuentro. La suerte que es grela, nos larga parados, desorientados y sin saber que troley hay que tomar para seguir.
Fruto de este cuadro de situación es que los que vendemos fuerza de trabajo, aún no hemos podido comprender de manera generalizada y con determinación de voluntad orientada hacia el cambio social que en los tiempos de decadencia en que existimos ahora es mejor un burro asumido que un profesor. No interesa que alguien enseñe, conviene más un aparatito a quién preguntarle todo el tiempo, sin saber quien y por qué responde. Ahora no es que el que el que no afana es un gil, sino que se degrada el afano y se exige castigo, mucha cárcel, mientras en igual momento se entroniza el fraude, que es distinto al afano porque en la estafa lo central es que la defraudada entrega voluntariamente la cosa. Ya no se festeja apropiarse, lo que se festeja es que el otro me lo de y no se de cuenta que me lo da como consecuencia de algún embuste legalizado.
Trabajadores, convertidos sin suavizantes ideológicos en viejos y jóvenes, vendedores ambulanes de fuerza de trabajo, nos debemos un momento de reflexión con los pies sobre la tierra. Nos debemos parar este caótico existir de vida periodística, porque la existencia, nuestro ser, no es un diario que al día siguiente solo sirve para envolver las papas.
No podemos seguir reproduciendo este falso aquí y ahora que potencia la ya de por sí problemática enajenación social, impuesta por la lógica de reproducción capitalista.
En ese contexto, en esa necesidad de un parate, está el imperativo de dar prioridad a la tarea de librarnos de todo esto de una forma o manera emancipatoria que no puede eludir la tarea de terminar con el Estado que propicia todo este cuadro de situación.
El punto de unión se encuentra solo a través de la actividad liberadora, inversa de la rutina, la repetición y la reproducción por imitación de pautas culturales que resultan impuestas por quienes actuan desde posiciones sociales dominantes y opresivas con clara consciencia de tal propósito devastador.
El verdadero cambio solo puede ser entendido y practicado cotidianamente como una tendencia infinita y permanente hacia la superación consciente de esa limitación que exteriormente nos impone la construcción social donde nos desenvolvemos, con todos sus fraudes, sus engaños, sus tendenciosas apariencias ideológicas.
La lucha por la hegemonía de una cultura superadora de clase , autónoma y basada en las finalidades estratégicas de emancipación propias del trabajador es esencial en pos de la recuperación del factor humano, tal como nos fuera legado desde los orígenes de la modernidad, como paradigma centrado en la tríada igualdad, libertad y fraternidad , no puede tener otro horizonte que la lucha por el poder .Nada puede ser hecho fuera de ese objetivo estratégico, no tienen entidad atajos ni mediaciones .
Está claro que el ejercicio de la violencia y el empleo de la fuera material pertenece a los sujetos sociales que corporizan y gestionan desde el Estado la dominación capitalista, donde ese factor adquiere centralidad, cualquiera fuera el ropaje y la pretendida legitimación que se le quiera poner.
La represión propia de la dictadura democrática de la burguesía, donde sobrevivimos, va crecienco con inocultable impunidad social, dejando en claro lo que significa una dictadura de clase.
Todo esto nos coloca frente a nuestros propios errores y carencias, que en gran parte han permitido que las cosas lleguen hasta aquí y además pone en evidencia que, al marxismo, no solo hay que estudiarlo bajo la prédica de algún profesor universitario, hay que vivirlo y al hacerlo la vida se concentra en un solo deseo que nos devuelve la esperanza en el factor humano, el anhelo de vivir el socialismo.
También tendremos que terminar de entender, e internalizar como premisa, que los dogmas son completamente inoperantes. Hay un imperativo categórico: Pensar y actuar en el hoy, dando cuenta del carácter criminal, y genocida de la “civilización” capitalista, donde la norma es la no norma, donde nada de lo vivido es la paz que se pregona sino la constante violencia sobre nuestros cuerpos vulnerables. No hay interferencia entre la dialéctica civilización prometida y barbarie concreta. Eso es el contenido del significante al que alude la sociedad del Capital.
La reflexión a la que nos convocaamos, no adquiere el “ser” sino se expresa en actos de significación supra-individual. La vida, no es otra cosa que el mundo de la praxis histórica y la lucha política en sentido amplio. Cada acto de nuestra existencia puede ser una representación reproductiva de la política burguesa dominante o la transformación consciente de cada sujeto en actividad significativa de política obrera.
El socialismo puesto en el plano del deseo y con significación estratégica en el objetivo de cada acción, se presenta necesariamente como construcción que partiendo de una objetividad dada y concentrada en la relación Capital – trabajo, requiere de un nuevo tipo de subjetivad histórica que inicialmente se autoimpone en la vanguardia militante y desde ella se proyecta hacia el conjunto con sentido histórico y de revolución permanente.
Esa nueva subjetividad histórica no violenta las posibilidades objetivas, pero sin ese esfuerzo consciente que toma cuerpo en el revolucionario deviene en obstáculo insalvable.
Es cierto que el problema central de nuestro tiempo es el problema de Dirección. Es decir, todo lo que trae aparejado el problema de quién conduce las contingencias de la lucha de clases y la necesidad de que ese rol esté en manos de una conducción revolucionaria, pero no habrá dirección revolucionaria si no existe vanguardia militante real, que hegemonice en su interior y exteriorice en el conjunto social, una cultura militante constructiva de una nueva subjetividad superadora con base en el deseo real de un nuevo orden social “socialista”. Sin ea tarea habra autoproclamación reiterada e inconducente, pero nunca, esa dirección necesaria.
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