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Una lectura necesaria de la marcha del 24 de marzo

Estamos ya avanzando el mes de abril, y el tiempo transcurrido luego del 24 de marzo obliga a una lectura del proceso previo y posterior a la realización del hecho de ocupación de calles que implicó la jornada.
En ese sentido , el hecho permite hacer una lectura que no cierra el tema, pero que por su contenido tiene necesaria proyección a futuro.
Lo que hizo la marcha es poner sobre la mesa y con grado de evidencia que las masas no han superado las ilusiones democráticas que se abrieron para facilitar la obligada transición que impuso el fracaso militar en Malvinas y la presión de la lucha de un sector social e internacional sobre la cuestión de las acciones genocidas encaradas por el gobierno militar como tarea prioritaria del Estado.

La marcha del 24 de marzo de este año dejó ese registro de lectura posible sobre ese suceso. Sin embargo , y esto hay que decirlo con todas las letras, tampoco se han quedado en la simple aceptación de lo dado , sino que operan en esa determinación final continuista de lo sucedido en las últimas cuatro décadas por negación a los negadores. Esto es, frente al peligro que la superación de las ilusiones democráticas que en su momento unificó en forma discursiva y acción a las masas tuviera el perfil de una reacción que nuevamente posicionara los criterios ideológicos que dieron fundamento a aquellas prácticas genocidas y abriera la posibilidad de una escalada en las determinaciones autoritarias y violentas del gobierno.

La cuestión central es que, sea por una u otra razón, la lectura que sigue tras unos días de la marcha es ,que ella no pudo superar los remedios mediáticos operados para silenciarla e invisibilizarla, sobre todo porque los escándalos y los carpetazos aportados por las internas de los servicios de inteligencia nutren la agenda política con hechos de corrupción oficial que quitan el centro de la atención del espacio mínimamente politizado de la población que quedar atrapado aún , en el culto de ilusiones democráticas.

En definitiva, lo que queda es un residuo ciudadano que horrorizado por el manejo del dinero público , en modo malversatorio de algunos funcionarios, acude nuevamente a la idea de la prevalencia de la honestidad como factor imperativamente necesario a toda gestión , cuando la corrupción se generaliza y la amenaza con la reiteración de acciones .

Lo curioso del caso es que, los principales impulsores de esta justa ciudadana , que busca amparo en la denuncia de la corrupción y reclama la vigencia irrestricta de libertades democráticas , de la mano de los pedidos de juicio y castigo penal para los funcionarios señalados con pruebas ajenas aportadas por los propios agentes del estado, lo vive como una premisa que da cuerpo al contenido concreto de la militancia.

Hemos pasado fechas convocantes para acciones que pudieran generar un ascenso de la lucha de clase, que implicaría que la fuerza social en lucha, pudiera estar en condiciones de gestar una tendencia hacia su conversión en fuerza política y eso no ha sucedido precisamente por el corset que se le impone a la militancia en las demandas democráticas o en su defecto en las que se agrupan en lo que se conoce como economicismo, es decir, defensa de la fuerza de trabajo, y lucha contra el desempleo en contexto de caída del salario real y agudización de la explotación por condiciones de venta y puesta en acto de la fuerza de trabajo , visiblemente más agresivas .

Es esta táctica, la que necesariamente conduce a la frustración militante y la ubica en el mismo callejón sin salida por el que ha transitado en las últimas cuatro décadas.

Como resultante de este proceso no agotado de la lucha de clases , los hechos dan cuenta por su propia objetividad, que a nadie se le ocurre decir que las elecciones son una farsa y que todos los políticos están al servicio de la burguesía, esas ideas, no corresponden a la experiencia de las masas siendo que la propaganda desplega sobre ellas apunta a una renovada oportunidad de cambio en el próximo proceso electoral o bien, para la gestión de una salida ordenada de la actual administración en una suerte de destitución y continuidad a “la peruana”.

No aparece aún en escena, la idea de que todos los políticos debían irse, sino que mayoritariamente se espera que los propios políticos se ocupen de resolver esta situación conflictiva por sus propios medios, a través, nuevamente, de un frente de unidad nacional donde los trabajadores nuevamente serán el furgón de cola.

Es decir, desde la asunción del mando por el plantel de gestores políticos actuales, las experiencias que se han desarrollado en la lucha, no se convirtió en el elemento catalizador de conciencia política autónoma diversa de la que otro grupo burgués perjudicado en sus intereses pueda decidir desarrollar. El resultado no es otro que la admisión por consenso de la premisa según la cual la democracia formal burguesa puede resultar el instrumento superador de lo existencialmente dado con todos sus problemas y conflictos.

No hay, ni hubo experiencia política que ligada a la propaganda militante por el socialismo , se tradujera como conciencia política que afiance la independencia de clase de los trabajadores en dirección a la revolución social, para eso hace falta la presencia de un Partido revolucionario, inserto en las masas, capaz de asimilarla críticamente como Partido-programa.

La ausencia de la organización política de la vanguardia de la clase trabajadora , la mora inexplicable en la tarea de gestación del Partido que elabore la experiencia nutritiva que aporta la lucha de clases , es el punto neurálgico para explicar que la clase dominante a pesar de la crisis de reproducción del capital siga siendo quien confecciona exclusivamente la agenda de gestión de ese orden decadente.

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