En el borde del camino hay una silla
La rapiña merodea aquel lugar
La casaca del amigo esta tendida
El amigo no se sienta a descansar
Sus zapatos de gastados son espejos
Que le queman la garganta con el sol
Y a través de su cansancio pasa un viejo
Que le seca con la sombra el sudor (Silvio Rodriguez)
En estos días de confusión , con gente en las calles por razones futbolísticas y de sábanas escritas con apresurado aerosol para decir lo que no se puede sostener con el cuerpo. Dias de proliferación de apresurados «manifiestos» que se envían a medios de prensa como si ellos fueran sus legítimos receptores y otorgándole con ello legitimación para expedirse. En estos días de plenarios no tan plenos sino más bien particulares, exponemos una síntesis sobre el camino , las rutas, los senderos que hay que recorrer , sin dejar de tener presente de donde venimos. Transcribimos tres textos para la reflexión publicados en diverso momento por la revista El Porteño, con los que tenemos coincidenci fundamental, y por tal, los propagandizamos.
El proyecto revolucionario internacionalista en el Cono Sur. El PRT-ERP y el MIR en el ciclo 1965-1976
22/07/2026
por Igor Goicovic
La historiografía ha establecido con precisión que el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) de Chile y el Partido Revolucionario de los Trabajadores-Ejército Revolucionario del Pueblo (PRT-ERP) de Argentina, construyeron una alianza político-militar fundada en el internacionalismo revolucionario, que se propuso diseñar una estrategia política transformadora de carácter continental.[3] En el marco de ese proceso, intercambiaron análisis de la situación política, experiencias militantes, cuadros político-militares y se brindaron apoyo y solidaridad tanto en contextos represivos como de normalidad institucional. Se trató, en síntesis, de una relación política estrecha que, más allá de las diferencias circunstanciales, instaló y desarrolló una política revolucionaria inspirada en el ideario guevarista.
Ambas organizaciones surgieron a la vida política durante el ciclo de ascenso de las movilizaciones populares de la década de 1960 e inspiraron una parte relevante de su acervo ideológico y político, así como de sus adscripciones éticas y morales, en la recién triunfante Revolución Cubana. Efectivamente, el MIR chileno se formó en 1965 revindicando tanto las tradiciones de lucha revolucionaria del movimiento popular chileno, como el legado programático (socialismo) y estratégico (lucha armada) de la Revolución Cubana. Desde esa perspectiva el MIR constituyó una alternativa ante la poderosa izquierda tradicional chilena (comunista y socialista) y una ruptura respecto de sus concepciones (etapistas) y reformistas (vía electoral), para alcanzar el poder.
En este artículo, y como parte de nuestro sincero homenaje a la conmemoración de los 50 años de la muerte en combate del líder del PRT-ERP, Mario Roberto Santucho, nos proponemos analizar las definiciones políticas del MIR y, a partir de ella, la valoración que los miristas le daban a la colaboración con el PRT-ERP.
El MIR y la revolución en Chile
El MIR chileno, una organización revolucionaria fundada en 1965, experimentó un crecimiento lento y complejo entre 1965 y 1969. No obstante, a partir de la coyuntura electoral de 1970, que llevó al gobierno a Salvador Allende y a la Unidad Popular (UP), el MIR logró desarrollar eficientemente una política de penetración entre los sectores más radicalizados del movimiento de masas, transformándose de esta manera en un actor político de alcance nacional y regional.[4]
No obstante, para el MIR, volcarse a la lucha de masas no cuestionaba la centralidad estratégica de la lucha armada en la conquista del poder, pero sí obligaba a realizar ajustes tácticos a su diseño. Se partía del supuesto general de la capacidad y disposición a la resistencia manifestada por la burguesía chilena frente a las medidas anticapitalistas adoptadas por el gobierno de la UP. Ello ponía de relieve, a juicio del MIR, los alcances y radicalidad de la lucha de clases en el país. De acuerdo con esto, la estrategia de guerra revolucionaria irregular y prolongada propuesta por el MIR entraba en una fase de acumulación de fuerzas que debía desembocar, inexorablemente, en el enfrentamiento armado entre los diferentes bloques en pugna. En ese sentido el escenario abierto por el triunfo electoral de la UP relevaba otros espacios de acumulación, como la acción directa (ocupaciones de fábricas, predios agrícolas y terrenos urbanos), la movilización de las masas en el espacio público (mítines y concentraciones) y la lucha callejera.[5] Esta opción llevó al MIR a criticar las acciones armadas de la Vanguardia Organizada del Pueblo (VOP), grupo que en junio de 1971 ejecutó al ex ministro del interior de Eduardo Frei Montalva, el demócrata cristiano Edmundo Pérez Zujovic.[6]
En concordancia con estos planteamientos se articuló una línea de frentes intermedios entre los cuales destacaron el Frente de Trabajadores Revolucionarios (FTR), el Movimiento Universitario de Izquierda (MUI), el Frente de Estudiantes Revolucionarios (FER), el Movimiento Campesino Revolucionario (MCR) y el Movimiento de Pobladores Revolucionarios (MPR), destinados a sistematizar las demandas populares y a conducir sus luchas.[7] En este plano se experimentó un crecimiento cualitativo y acelerado entre los trabajadores textiles y del carbón, y en los sectores estudiantil, poblacional y de campesinos mapuche.[8] Al finalizar esta etapa (1973), el MIR había logrado decantar su estructura orgánica, había implementado las tareas básicas contempladas en sus definiciones estratégicas y se había consolidado como una organización en el plano nacional, con una influencia creciente entre los sectores más activos del movimiento de masas.
Durante todo el período de la UP el MIR insistió en la inevitabilidad del enfrentamiento armado; en consonancia con ello se planteaba la construcción de una fuerza social revolucionaria, que fuera capaz de crear una nueva situación política y, a partir de ello, la construcción de una nueva legalidad, como único camino para resolver el problema del poder. De esta manera, la consigna del “poder popular” adquirió una dimensión estratégica, en cuanto cristalizó como una manifestación paralela al Estado burgués, asentado en las organizaciones y fuerzas sociales autónomas del proletariado y el pueblo.[9] La profundización de la crisis política en Chile durante el año 1973, llevó al MIR a sostener que la tarea política fundamental de la clase obrera y el pueblo era pasar a una posición ofensiva frente a la reacción burguesa. De esta manera se pretendía acumular la fuerza de masas necesaria para impedir o ganar la guerra civil que estaba en ciernes, impedir la capitulación de la izquierda reformista e imponer un verdadero gobierno de trabajadores. Para el MIR, la crisis de poder se debía resolver a través del enfrentamiento armado, el cual se concebía, a comienzos de la década de 1970, como una “guerra revolucionaria irregular y prolongada”. En esta perspectiva, la línea de construcción de la fuerza social revolucionaria apuntaba a ganar la conducción del movimiento de masas, para lo cual resultaba imprescindible insertarse en los frentes sociales e incentivar las formas rupturistas de lucha, construir una institucionalidad paralela, en la que el gobierno de la UP y sus políticas debían contribuir a radicalizar el proceso, desarrollar la fuerza militar propia, sobre la base de núcleos orgánicos especializados, masa armada y penetración en el aparato militar del Estado y radicalizar las posiciones revolucionarias al interior de los partidos de la UP.[10]
No obstante, la respuesta del movimiento de masas y del MIR a la asonada golpista del 11 de septiembre de 1973 no fue la esperada. El movimiento de masas desconcertado, golpeado y fragmentado permaneció en su mayor parte pasivo, atemorizado y no desarrolló resistencia, mientras que los sectores de vanguardia en los barrios industriales, en poblaciones y en algunas zonas rurales, que ocuparon sus frentes de lucha a la espera de conducción y armamento, fueron posteriormente desalojados y violentamente reprimidos.[11] En todo caso el balance inmediato realizado por el MIR estableció que la estrategia que había fracasado en Chile era la del reformismo, no así la estrategia revolucionaria, la que si bien quedaba expuesta al reflujo y retroceso experimentado por la lucha popular, aparecía legitimada política y moralmente por cuanto se planteaba como única alternativa para retomar la conducción del proceso revolucionario en Chile. Más adelante el MIR sostenía que el golpe militar había cerrado el período prerrevolucionario y abierto paso a un período contrarrevolucionario. Este se caracterizaba por el intento de la clase dominante de restaurar el sistema de dominación en crisis, resolviendo sus contradicciones internas y aplastando al movimiento de masas. Para el MIR la columna vertebral del Estado (las Fuerzas Armadas), colocándose por encima de las fracciones de la clase dominante, había resuelto por las armas la crisis política del Estado y se aprestaba a resolver la crisis de arrastre del sistema de dominación capitalista en Chile.[12] La línea estratégica de la organización, adecuándose al nuevo período histórico, puso más énfasis en el componente político-militar, específicamente en la guerra revolucionaria, la cual debía adquirir un carácter continental, al constituirse la Junta Coordinadora Revolucionaria (JCR), que agrupaba al MIR chileno, al Movimiento de Liberación Nacional Tupamaros (MLN-T), de Uruguay, al PRT-ERP de Argentina y al Ejército de Liberación Nacional (ELN) boliviano.[13] Para poder desarrollar esta línea de intervención estratégica era imprescindible abordar una serie de objetivos preliminares: Fortalecer y acercar el partido, reconstruir la fuerza social revolucionaria y dar origen al Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) para, a partir de ello, derrocar a la dictadura y conquistar el poder. La experiencia más visible de esta nueva orientación estratégica del MIR fue el surgimiento y desarrollo de las Milicias de la Resistencia Popular, las que jugaron un rol importante durante todo el período de lucha contra la dictadura. La resistencia era concebida como una plataforma de masas amplia, que superaba los márgenes estrechos de los partidos, y que escalaba gradualmente en el enfrentamiento contra la dictadura.[14]
La proyección de esta línea estratégica se vio interrumpida por el violento accionar represivo dirigido contra el MIR por los aparatos de seguridad del Estado, especialmente el Servicio de Inteligencia de la Fuerza Aérea (SIFA) y la Dirección de Inteligencia Nacional (DINA). Entre los años 1974 y 1975 miles de militantes y ayudistas del MIR fueron detenidos, torturados y muchos de ellos asesinados y sus cuerpos hechos desaparecer. Prácticamente toda la comisión política y parte importante del comité central del MIR fueron aniquilados, entre ellos el secretario general del partido, Miguel Enríquez Espinoza, muerto en combate el 5 de octubre de 1974.
Los golpes represivos recibidos por el MIR redundaron en la desarticulación de la organización, lo que obligó a los cuadros sobrevivientes a readecuar la estructura orgánica y a redefinir sus lineamientos tácticos.[15] El núcleo fundamental de los cuadros sobrevivientes, que permanecieron en el interior del país, se aglutinaron en la “Base Madre Miguel Enríquez”, instancia orgánica compuesta por no más de 50 militantes que se dio a la tarea de reconstruir el instrumento partidario en las difíciles condiciones impuestas por el cerco represivo. Este reducido núcleo mirista intentó resolver el problema de la sobrevivencia fortaleciendo un aparato militar férreamente compartimentado. Un destacamento de combate que centró su opción estratégica en el impulso y desarrollo de la política de resistencia popular. En ese sentido se afianzaron las estructuras militares internas del partido (Estructura de Fuerza Central) y se impulsó las milicias de la resistencia popular, en torno a los sectores más radicalizados y activos del movimiento de masas: Bolsas de cesantes, organizaciones vinculadas a la defensa de los derechos humanos, pobladores, campesinos mapuches y estudiantes.[16] La culminación de este proceso de reorganización orgánica y de rearticulación de vínculos con el movimiento de masas estuvo dada por el Plan 78 (Operación Retorno), iniciativa táctica que apuntaba a fortalecer la estructura militar del partido con la reinserción en el país de cuadros político-militares provenientes del exilio, fundamentalmente de Cuba. A partir de este contingente se pretendía iniciar una fase ofensiva de accionar armado, realizando acciones de propaganda armada y golpeando objetivos militares estratégicos de la dictadura.[17] Esta política jugó un rol fundamental en la reanimación del movimiento de masas antidictatorial, pero tuvo un alto costo para el MIR y sus militantes. Entre 1978 y 1984, cientos de militantes del MIR fueron asesinados o encarcelados, precipitando una nueva crisis orgánica la que, hacia fines de la década de 1980, derivó en su fragmentación y posterior disolución.
El MIR, el PRT-ERP y el internacionalismo revolucionario
La influencia guevarista en el MIR contribuyó de manera relevante a la definición de su estrategia antiimperialista. Efectivamente, para el MIR chileno, la presencia económica, ideológica, política y militar de EE.UU. en la región constituía el principal obstáculo para el triunfo de los movimientos revolucionarios. Desde esa perspectiva, las luchas revolucionarias debían colocar en el centro de su proceso de acumulación de fuerzas la lucha contra los intereses norteamericanos. Pero, además, esa escala regional de lucha revolucionaria conllevaba buscar aliados y establecer estrategias compartidas con otros movimientos y referentes de la izquierda radical. De esta manera se fueron estableciendo vínculos, materializando encuentros y suscribiendo acuerdos, con diferentes organizaciones revolucionarias.
Entre 1970 y 1973, en pleno período de la UP, Chile se convirtió en un santuario para los revolucionarios perseguidos en diferentes lugares de América Latina. En especial, para brasileños, uruguayos y argentinos. Muchos de ellos fueron acogidos e integrados en las filas, tanto de los partidos de la UP, como del MIR. Algunos intelectuales revolucionarios como el argentino Juan Carlos Marín o el brasileño Ruy Mauro Marini, colaboraron de manera activa y sistemática con el comité central del MIR, en la elaboración de los documentos del partido.[18] Mientras que otros, como el argentino Hugo Ratier Noguera (“José”) y el sueco Svante Grande (“Julio”), formaron parte de las estructuras operativas de la organización.
Si bien los nexos entre el MIR y el PRT-ERP se pueden rastrear hasta 1970, no es menos efectivo que el acontecimiento que consolidó los lazos de fraternidad revolucionaria fue la fuga de prisioneros políticos argentinos desde el penal de Rawson (15 de agosto de 1972) y su posterior llegada a Chile. Efectivamente, la llegada al país de 6 dirigentes revolucionarios, liderados por Mario Roberto Santucho (PRT-ERP), la solicitud de extradición presentada por la dictadura de Alejandro Agustín Lanusse para que el gobierno de Allende los retornara a Argentina y el asesinato en la base aeronaval Almirante Zar de Trelew de 16 militantes de las organizaciones revolucionarias argentinas que no habían podido huir a Chile, precipitó una oleada de movilizaciones populares, lideradas por el MIR, que exigían al gobierno de la UP que les brindara asilo político o en su defecto, que les permitiera la salida a Cuba. Este gesto de solidaridad internacionalista, que a la larga resultó exitoso (los 6 revolucionarios argentinos partieron de Chile con rumbo a Cuba), fortaleció los vínculos políticos entre el PRT-ERP y el MIR chileno.[19]
Con posterioridad al golpe de Estado de Chile, el PRT-ERP retribuyó la solidaridad chilena brindando apoyo político y material al MIR chileno, en especial recursos económicos, casas de seguridad, documentación falsa, armas e información. Incluso algunos militantes del MIR que se vieron obligados a salir del país, fueron integrados a las columnas del ERP y participaron de las acciones armadas desplegadas por esta organización. En esa misma línea, entre 1974 y 1976, los responsables de la política exterior del MIR, como Jorge Fuentes Alarcón (“Trosko Fuentes”) y Edgardo Enríquez Espinoza (“Pollo” y “Simón”), tenían su centro de operaciones en Buenos Aires y trabajaban coordinadamente con el buró político del PRT-ERP. Las detenciones y posterior desaparición de estos cuadros del MIR (en 1975 y 1976, respectivamente), se produjeron, precisamente, en el marco de operaciones represivas desplegadas contra el PRT-ERP y los representantes chilenos ante la JCR.
No obstante, los dos ámbitos en los cuales las relaciones del MIR con el PRT-ERP fueron más estrechos estuvieron, precisamente, en los debates relativos a las respectivas experiencias revolucionarias y, por extensión, en el esfuerzo común para potenciar la lucha revolucionaria en el Cono Sur de América Latina a través de la JCR.
Como señalamos previamente, las relaciones políticas entre el MIR y el PRT-ERP se hicieron más sistemáticas a partir septiembre de 1970, pero se intensificaron después de los acontecimientos de agosto de 1972, expresándose lo anterior a través de un fluido intercambio de prensa partidaria, documentos y comunicaciones clandestinas y, más ocasionalmente, con la visita a los respectivos países de representantes de las direcciones políticas de los respectivos partidos.[20]
De esta manera, en enero de 1971, los dirigentes del PRT-ERP, Enrique Gorriaran Merlo y Joe Baxter, viajaron a Chile para reunirse con el dirigente del MIR Luciano Cruz, instancia en la cual formalizaron la relación política entre el PRT-ERP y el MIR.[21] Ese mismo año, pero en el mes de julio, Gorriarán regresó a Chile, esta vez acompañado del Secretario General del PRT-ERP, Mario Roberto Santucho. Tras un breve contacto con la dirección del MIR, fueron embarcados con dirección a Cuba por el Director de la Policía de Investigaciones, Eduardo “Coco” Paredes.[22]
La reunión más importante, que convocó a los secretarios generales de ambos partidos y que marcó el hito fundacional de la JCR, se verificó en noviembre de 1972.[23] En esa oportunidad se reunieron en Santiago de Chile, 8 miembros de la Comisión Política del MIR, los dirigentes históricos del PRT-ERP, Santucho, Menna y Gorriaran, y tres dirigentes del MLN Tupamaros del Uruguay.[24] En esa oportunidad Miguel Enríquez formalizó la propuesta política del MIR en cuanto a constituir la JCR como un instrumento de coordinación revolucionaria que implicara tanto el intercambio de experiencias políticas, como el intento de fijar posturas comunes ante acontecimientos regionales y mundiales y el apoyo mutuo para solucionar la situación de compañeros perseguidos, los problemas financieros, de documentación, armamento.[25]
Tras los golpes de Estado de Uruguay (junio) y Chile (septiembre) de 1973, las actividades de los revolucionarios sudamericanos se concentraron en Buenos Aires. En esta época se montó un taller logístico para la fabricación de granadas y armas ligeras y se instaló un centro de financiamiento para generar recursos destinados a la actividad operativa de los movimientos integrados.[26]
Esto demuestra que, a lo menos en la primera fase de la ofensiva represiva en el Cono Sur, el trabajo conjunto entre las orgánicas revolucionarias no se interrumpió. Por el contrario, el PRT-ERP asumió el liderazgo en esta fase y prestó ayuda y recursos a sus partidos hermanos, a objeto de que sortearan de manera más eficiente los embates represivos. Un ejemplo de ello es que en el pleno del comité central del PRT-ERP, de agosto de 1974, participaron de la reunión plenaria delegados del ELN, MLN-T y MIR. En esta reunión las organizaciones representadas acordaron publicar una revista política, Che Guevara, de la cual se alcanzaron a editar tres números. Más tarde, en el pleno del comité central del PRT-ERP, de 1975, participó de las discusiones, como invitado especial, el dirigente del MIR chileno, Edgardo Enríquez Espinoza. En esa oportunidad, la plana mayor del PRT-ERP le rindió un sentido homenaje a Miguel Enríquez, hermano de Edgardo, caído en combate en el mes de octubre del año anterior.[27]
Es más, a comienzos de 1974, una delegación del PRT-ERP, encabezada por el dirigente Domingo Menna visitó Chile y se reunió en Santiago con el secretario general del MIR, Miguel Enríquez. En esa oportunidad el PRT-ERP entregó al MIR recursos financieros para enfrentar la difícil clandestinidad, mientras que la dirección del MIR hizo entrega de una carta a la dirección del PRT-ERP en la cual planteaba una serie de observaciones a la política de cooperación revolucionaria para el período. Al respecto Enríquez señalaba que uno de los principales problemas del MIR, durante la Unidad Popular, había sido su relación con el movimiento de masas. Por ello instaba al PRT-ERP a no cometer los mismos errores de trabajo político y organización: “(…) creemos que, dada la situación argentina, uds. subvaloran aspectos que pueden ser fundamentales, que creemos debilitan una posible mayor inserción en el movimiento de masas y al parecer se adelantan en el plan militar”. Para luego insistir en la necesidad de avanzar en la definición de una plataforma programática específica para el período, operacionalizada a nivel de frentes sectoriales, con capacidad de articular alianzas por la base con el populismo y el reformismo. De la misma manera, se indicaba la necesidad de agitar la consigna de un gobierno de obreros o trabajadores que ampliara el espacio de la lucha legal y la necesidad de ajustar el accionar militar al estado de desarrollo del movimiento de masas.[28]
El declive de la JCR se relaciona, directamente, con la derrota político militar tanto del PRT-ERP en Argentina, como del MIR en Chile. Los golpes represivos que afectaron a ambas organizaciones, especialmente entre 1974 y 1976 y que concluyeron con la caída en combate de sus respectivos secretarios generales: Miguel Enríquez en octubre de 1974 y Mario Roberto Santucho en julio de 1976, derivaron en la aniquilación de estas organizaciones armadas.[29]
El MIR logró desplegar una leve recuperación a comienzos de la década de 1980, pero no pudo sobrevivir a los embates represivos del período. Su crisis interna concluyó con su atomización y con la dispersión de la militancia sobreviviente. Por su parte, el PRT-ERP, obligado a salir al exilio para cautelar los restos de la organización sufrió, al igual que el MIR, una fuerte crisis interna que lo desgajó en varias micro-organizaciones. No obstante, el legado político de Enríquez y Santucho, así como el de cientos de militantes del MIR y del PRT-ERP caídos en la lucha por el socialismo, sigue estando fuertemente arraigado en los movimientos sociales y políticos de Chile y Argentina. Lienzos, pintadas, afiches, actos conmemorativos, recuperan de forma recurrente los contenidos de su proyecto revolucionario. Un proyecto revolucionario que a 59 años de la caída del Che en Bolivia exige ser actualizado.
Quilpué, Chile, Julio de 2026. Editado por la revista EL PORTEÑO . Valparaiso Chile
El pensamiento político de Mario Roberto Santucho: ¿Foquismo? (A propósito de la tradición guevarista1)
23/07/2026
por Néstor Kohan
“Sería un contrasentido subordinar el punto de vista político al militar, ya que la política engendra la guerra; ella es la inteligencia y la guerra no es más que su instrumento, y no a la inversa. La subordinación del punto de vista militar al político, es la única posibilidad que queda”. [La política ha dado nacimiento a la guerra] Extractos y anotaciones de Lenin [1915] a De la guerra de Carl von Klausewitz
“Toda lucha política tiene siempre un sustrato militar” Antonio Gramsci: Cuaderno de la cárcel N°1 [1929-1930]
Ni «dementes» ni «irracionales»
Hay compañeros que, aunque ya no están, siguen presentes. Recordarlos no es sólo hacer memoria. Es, también, una manera de marcar una continuidad histórica. Recuperar sus luchas resulta imprescindible para no permitir que nos fracturen y nos quiebren en nuestra subjetividad. Para que cada nueva generación no tenga que comenzar de cero, desconcertada, arrodillada y mirando sumisamente el suelo, sino de pie y apoyada en las experiencias y los hombros de las generaciones que nos precedieron.
Con la clase de hoy, queremos expresar nuestro emocionado homenaje a Mario Roberto Santucho (1936-1976), cuando se cumplen 26 años de su asesinato2.
Trataremos de reconstruir las fuentes ideológicas que marcaron sus lecturas teóricas y su pensamiento político, relacionando ambos con el pensamiento del Che Guevara.
Intentamos hacer este análisis para no quedarnos en un mito. Porque así como la derecha intenta convertir a nuestros mejores compañeros en mitos –como pretendieron hacerlo con el Che-, con Santucho sucede algo análogo. Aunque seguramente no del mismo modo que con el Che, porque nadie usaría remeras con la cara de Robi [sobrenombre de Santucho]… ya que Santucho sigue siendo un personaje “endemoniado” para la sociedad oficial argentina. Pero, a su modo, la derecha ha construido el mito de Santucho…, el “tira-tiros”…, el “tira-bombas”… Entonces a veces los sectores populares, para contrarrestar y responder a esa visión macartista y oficial, terminan aceptando y reivindicando esa misma imagen de Santucho, aunque invertida, sin atender al conjunto de su obra, su pensamiento político y su personalidad.
Para la cultura oficial argentina, durante décadas, el sólo hecho de mencionar o escribir el nombre de Santucho constituyó un “pecado” imperdonable. En los labios del poder Santucho fue el sinónimo de todo aquello que, en tiempos del general Videla, se pretendió aniquilar y, durante las dos décadas siguientes, extirpar de la memoria popular.
En los relatos ensayísticos y periodísticos, posteriores a la dictadura militar, su corriente política fue estigmatizada como un demonio y satanizada hasta el hastío. Aunque esa demonización de la izquierda revolucionaria apuntaba contra el conjunto de la generación de los ’60 y ’70, los ideólogos del poder se ensañaron con la figura de Santucho. Se lo convirtió en un fantasma monstruoso y maldito.
Sometiendo a discusión esos relatos apologéticos y oficiales, no podemos analizar su pensamiento sin antes dejar bien en claro que esa generación, la generación de Robi Santucho y sus compañeros y compañeras, no se lanzó a la insurgencia y a la lucha armada ni arriesgó su vida porque le surgió repentinamente un “delirio mesiánico” -como nos dice hoy toda la derecha-, ni tampoco porque era “foquista” –como nos sugiere alguna parte de la izquierda-, sino porque había realizado un meditado análisis previo de la historia social del continente y de sus condiciones políticas. La lucha político-militar de la corriente de Santucho no fue “irracional”, ni “demencial”, ni respondía a un deseo de “adrenalina”. No eran “jóvenes dementes y aventureros”, ansiosos por vivir peripecias extrañas o extravagantes. Existía en ellos y ellas un tipo de análisis específicamente político, sustentado en una elaborada reflexión sociológica e historiográfica sobre las
contradicciones del capitalismo argentino y la impotencia histórica de sus clases sociales dirigentes y dominantes para emancipar el país. A contramano de lo que sugieren los relatos del poder y los politicólogos adscriptos a la teoría socialdemócrata de “la transición a la democracia” (que satanizaron a la insurgencia guevarista responsabilizándola, incluso, por el golpe de 1976), en la tradición marxista la lucha político-militar, en la que Santucho entregó su vida, ha sido siempre prolongación de un pensamiento político y de una lucha política, y no al revés. Robi lo tenía muy presente.
Luego de años y años de propaganda burguesa, que intentó demonizar a estos revolucionarios, remarcar ese tipo de pensamiento específicamente político resulta hoy impostergable.
Esta es la razón por la que, en las líneas que siguen, nos interesa analizar las categorías políticas que estructuraron la visión social del mundo de Robi y cómo éstas fueron transformándose a lo largo del tiempo… Porque nadie nace marxista, ni socialista, ni comunista, ni revolucionario, sino que se va construyendo como tal. Por eso nos interesa discutir la conformación del pensamiento real de Santucho. Antes de abordar directamente nuestro tema, conviene realizar una mínima aclaración. La relación de Santucho con el guevarismo en general, y con Ernesto Guevara en particular, no es una relación directa, en el sentido que Santucho nunca conoció personalmente al Che. Nosotros ponemos el énfasis en una relación política y en la continuidad de una línea ideológica, no en la cuestión biográfica de si conversó o tomó café con el Che. Porque en el mismo sentido, Lenin no lo vio nunca a Marx. Gramsci tampoco. Jamás se sentaron a tomar cerveza con Marx, ni con Engels. Fidel Castro nunca compartió una velada con José Martí. Sin embargo, pocos pondrían en discusión que entre ellos existe una estrecha ligazón. En el caso de la relación de Santucho con el Che sucede lo mismo. A nivel biográfico quizás nunca se cruzaron pero hay una trayectoria político-ideológica marcadamente común…
Un hijo del marxismo latinoamericano
Una de las hipótesis de trabajo que se podrían plantear es que Santucho forma parte sustancial y central del marxismo latinoamericano. Es parte de su historia, de una historia que no nace en los años ’60 sino que es muy anterior. Eso se nota en la primera formación ideológica de Robi.
Entre los muchos hermanos de la familia Santucho, uno de ellos, Amílcar, era del Partido Comunista (PCA) argentino. Otro, que tuvo mucha más influencia sobre Roberto, Francisco René, era indigenista, “aprista”, seguidor del APRA [Alianza Popular Revolucionaria Americana, organización política peruana surgida en la década de 1920 que sigue existiendo en la actualidad].
Francisco René dirigía una librería en la provincia de Santiago del Estero y publicaba una revista llamada Dimensión. En sus comienzos, este hermano de Robi estaba muy influido por la ideología de Víctor Raúl Haya de La Torre [1895-1979].
Según los parámetros de esta cosmovisión inicial, compartida por Mario Roberto y Francisco René, que luego entra en crisis a partir del cruce con la organización Palabra Obrera, nuestro continente es denominado “Indoamérica” y no Latinoamérica. En una aclaración al pie, que figura en un texto de 1959 titulado Integración de América Latina, Francisco René señala que: “Preferimos indoamericano a latinoamericano o hispanoamericano, por las mismas razones
aducidas por los apristas peruanos generalizadores del término. Creemos como ellos que así se define mejor una peculiaridad que hoy se da en el hemisferio”3.
De este modo, el primer guía intelectual de Mario Roberto Santucho sigue casi al pie de la letra a los discípulos de Haya de La Torre. Su razonamiento es el siguiente: el componente fundamental de este continente es indígena, por lo tanto vamos a referirnos siempre a Indoamérica. De ahí que la primera organización política en la que participan estos hermanos (Francisco René y Mario Roberto) se llame Frente Revolucionario Indoamericanista Popular (FRIP). Francisco René es el hermano que más influencia tiene sobre Roberto.
Esta tradición de pensamiento indoamericanista también está presente en otros revolucionarios latinoamericanos de aquella época. A la hora de explicarse la propia historia de nuestra América, como la llamaba José Martí, el indoamericanismo se planteó principalmente, en el ámbito historiográfico.
Tratando de ver qué herramientas empleaban a nivel historiográfico para explicarse la historia de Indoamérica, encontramos que, además de los textos de Haya de La Torre, también utilizaban los libros de Juan José Hernández Arregui [19121974], un escritor nacionalista del interior de nuestro país. Un hombre muy erudito.
Hernández Arregui tenía una hipótesis muy fuerte: era muy crítico de la ciudad de Buenos Aires. Sostenía que la capital de la Argentina, era una “ciudadpuerto de espaldas al país y de cara a Europa”. En cambio, el interior era explotado, pues… era Indoamérica. Buenos Aires pertenece a Europa. Aunque, a diferencia de Haya de la Torre, Hernández Arregui era muy hispanista. Por oposición a la historiografía liberal, que era más anglófila, él defendía mucho la herencia española en nuestra historia (esa era una diferencia importante con los indoamericanistas…).
En los orígenes del FRIP encontramos esta idea de que Buenos Aires está de espaldas al país. No se dice que es “una ciudad burguesa” pero se tiende a pensar de este modo… Y también nos encontramos con la idea que la vanguardia revolucionaria de la clase trabajadora se encuentra en el noroeste Argentino.
En esos primeros documentos del FRIP de inicios de los ’60 y en esa primera formación ideológica también se utilizaban categorías de Silvio Frondizi [1907-1974], un sociólogo e historiador que, al igual que el anterior, era crítico del tipo de desarrollo del capitalismo argentino. Pero a diferencia de Hernández Arregui, Silvio Frondizi no era peronista ni nacionalista. Cuestionaba muy duramente la supuesta “progresividad” de la burguesía nacional y en consecuencia del peronismo.
A los ojos de estos jóvenes con inquietudes revolucionarias y contestatarias, Silvio Frondizi 4 no sólo aportaba sus análisis sociológicos. También les proporcionaba una pista importante para descifrar la revolución cubana, a la cual Frondizi adhería en forma entusiasta ya que la había conocido de primera mano.
Las tratativas para que Silvio Frondizi pudiera viajar a Cuba estuvieron a cargo de Ricardo Napurí (militante de origen peruano, radicado en Argentina, del
grupo Movimiento de Izquierda Revolucionaria-MIR Praxis, liderado por Silvio Frondizi). En Buenos Aires, Napurí venía formando parte del Comité de apoyo al Movimiento 26 de julio que se gestó en 1956. Cuando triunfa la revolución, viaja inmediatamente a La Habana (8 de enero de 1959), junto a la madre del Che, y a numerosos residentes cubanos en la Argentina. Según el testimonio posterior de Napurí, en esos meses Guevara plantea que se necesitan intelectuales para discutir con el movimiento estudiantil cubano. Napurí sugiere el nombre de Silvio Frondizi. Éste viaja a La Habana invitado por el Che y tiene con él varias entrevistas, tras las cuales Guevara le sugiere que permanezca en Cuba trabajando en la esfera de la cultura y la ideología. Silvio Frondizi decide volver para Argentina pero ofrece su colaboración proponiendo una editorial, vinculada a la revolución cubana, con sede en Montevideo. A su regreso, redacta y publica en Uruguay La revolución cubana. Su significación histórica (diciembre de 1960). En este texto, Silvio Frondizi propone una interpretación del proceso revolucionario cubano sumamente diferente al que luego consagrarán los partidos comunistas latinoamericanos, vinculados a la Unión Soviética.
Su libro se abre planteando que “La revolución cubana ha destruido definitivamente el esquema reformista y, más concretamente, el esquema reaccionario del determinismo, casi fatalismo geopolítico […]”. Se cierra sosteniendo la misma idea: “La revolución cubana tiene como significación histórica fundamental, la de haber roto definitivamente «con el esquema reformista, y en particular con el estúpido determinismo, casi fatalismo geopolítico»”. Al mismo tiempo, en este balance inicial de la revolución, Frondizi formula uno de los primeros diagnósticos (antes que Fidel declarara públicamente el carácter socialista de la revolución) del proceso cubano en términos de revolución ininterrumpida y permanente: “Empezó, como ya lo dijimos, con caracteres pequeño-burgueses de frente nacional, sin discriminaciones de ninguna clase; su meta fue al comienzo el derrocamiento de la dictadura de Batista. Bien pronto se transformó en una lucha antimperialista, con un frente más restringido, para concluir en una acción en profundidad en contra de determinados sectores de la burguesía nacional; es decir empieza a colocarse en los umbrales del socialismo”5. En ese mismo libro, Frondizi vaticina que, en el orden interno, se plantea una disyuntiva: la revolución cubana seindustrializa o se detiene (abriéndose, entonces, el peligro para su burocratización). De igual manera, propone que el mejor modo de frenar la ofensiva imperialista consiste en internacionalizar la revolución cubana. Todo este tipo de observaciones y sugerencias giran en torno a la polémica del autor frente a las posiciones de los partidos comunistas tradicionales, a los que califica de “reformistas” y “etapistas” y, por eso mismo, opositores a la internacionalización de la revolución cubana. El balance de Frondizi no era ingenuo ni improvisado. Se asentaba en un extenso estudio previo sobre las condiciones del capitalismo latinoamericano, en tiempos de integración mundial imperialista, bajo la hegemonía del imperialismo norteamericano. Esa investigación previa la había publicado pocos años antes en La realidad argentina. Ensayo de interpretación sociológica (en dos tomos, Tomo I: 1955 y Tomo II: 1956). Allí formulaba la hipótesis del agotamiento histórico del intento de las burguesías nacionales latinoamericanas por desarrollar un “capitalismo
autónomo”. Como ejemplo puntual, en este texto Frondizi analiza el fenómeno peronista, ensayo frustrado de realizar –bajo una forma política bonapartista- la revolución democrático-burguesa en Argentina. De allí, Silvio Frondizi infería que el carácter de la revolución argentina y latinoamericana no podía ser otro que el de una revolución antimperialista y socialista (como fases de un mismo proceso ininterrumpido). Es por ello que, cuando viaja a Cuba, se encuentra con la confirmación del diagnóstico que él mismo había vaticinado y propuesto pocos años antes. Probablemente, ésa sea una de las razones principales por las que Frondizi defiende con tanto ahínco la revolución cubana en su libro de 1960.
Habría que esforzarse demasiado para no detectar y no reconocer la presencia de todo este cúmulo de lecturas en el pensamiento político maduro de Robi Santucho y en el modo como él y sus compañeros visualizaban la estrategia continental de la revolución cubana, de la que se sentían vitalmente parte.
El pensamiento de Santucho nunca se detuvo. Iba indagando y reexaminando sus ideas permanentemente. Aquella juvenil constelación ideológica, en gran medida impregnada por el nacionalismo cultural, experimentará, al paso del tiempo, un cambio notable.
La sombra de León Trotsky
En el invierno de 1963 se forma un acuerdo de frente único entre Palabra Obrera (organización trotskista, acaudillada por Nahuel Moreno [seudónimo de Hugo Miguel Bressano [1924-1987]) y el FRIP (representado por cinco de sus miembros). Poco tiempo después, el FRIP se unifica con Palabra Obrera. Esta agrupación pertenecía a la Cuarta Internacional. Así nace como organización el PRT [Partido Revolucionario de los Trabajadores]. La Cuarta Internacional tenía en aquella época como principal dirigente y teórico a Ernest Mandel, el célebre economista belga que había participado en la polémica cubana de 1963-64, apoyando las posiciones del Che. En aquellos momentos, Moreno estaba unido con Mandel, después rompen entre sí en una dura polémica.
Entonces, a la hora de explicarse cómo ha sido nuestro continente, cómo ha sido la Argentina, cómo ha funcionado el capitalismo en nuestra sociedad, también se produce un cambio en los escritos y en la ideología de Santucho. Aparece la presencia de otro historiador, que había sido un militante orgánico de Palabra Obrera vinculado a Moreno: Milcíades Peña [1933-1965].
Cuando produjo su obra historiográfica, Peña era muy joven (se suicidó cuando tenía tan sólo 32 años). La mayor parte de sus trabajos –que en su conjunto conformaban una Historia del pueblo argentino— fue publicada póstumamente. Su producción resulta muy distinta de la historiografía tradicional. Tanto de la corriente liberal burguesa (Bartolomé Mitre, Vicente Fidel López) como también de la historiografía oficial del Partido Comunista (Leonardo Paso), del peronismo de izquierda (Rodolfo Puiggrós [1906-1980]) y de la izquierda nacional (Abelardo Ramos [1921-1991]). En los escritos teóricos de Peña, la revolución cubana jugaba un papel importante. Operaba como una corroboración empírica, pues le resultaba útil para cuestionar aquel etapismo historiográfico que se esforzaba por inventar en sus relatos del pasado una supuesta América Latina colonial –bajo dominio español y portugués- de tipo “feudal” para, de este modo, rechazar en el futuro la pertinencia de la revolución socialista. En este sentido, Peña señalaba: “Baste decir que la conocida teoría sobre el carácter «feudal» de la colonización sirvió durante largo tiempo a los
moscovitas criollos como telón de fondo para afirmar que la Argentina “muestra aún hoy en su estructura rasgos inconfundiblemente «feudales»” [Puiggrós, Colonia, 23] y para enrollar la madeja de una fantasmagórica revolución «antifeudal» que abriría el camino a una supuesta «etapa» capitalista. Atados a sus dogmas y compromisos políticos y frenados por su propia incapacidad, los teóricos comunistas posteriores a Puiggrós usan su definición de la colonia como sociedad feudal sólo para oponerse al socialismo en la Argentina de hoy, puesto que significaría «proponernos hoy tareas históricas inexistentes» [Paso, Colonia, 9] […]”. Resulta más que sugerente prestar atención al cierre que Peña utiliza para toda esta impugnación. Allí remata sosteniendo que: “¡Y esto fue escrito cuatro años después de la revolución cubana!”6.
Si bien se formó políticamente al lado de Nahuel Moreno, Peña rompe con la organización morenista entre 1958 y 1959. En su posterior distanciamiento ideológico con la táctica del “entrismo” en el peronismo, propugnada por Moreno, la revolución cubana jugará un lugar central. Puede corroborarse la profundidad de esa ruptura en sus “16 tesis sobre Cuba”7. A los ojos de Peña, la revolución cubana había hecho pedazos el dogma stalinista de la revolución por etapas junto con la doctrina de que ciertos países –especialmente los latinoamericanos- estaban “inmaduros” para el socialismo. Al mismo tiempo, Peña concluía que las enseñanzas de la revolución cubana exigían dar una batalla ideológica por la conciencia socialista de los trabajadores argentinos, dada la impotencia política de la denominada “burguesía nacional” para emancipar a los pueblos latinoamericanos. De allí Peña deducía la inviabilidad tanto del “entrismo” (línea política de Moreno) como del seguidismo al peronismo (línea política de Puiggrós). No se podía identificar de manera mecánica y ahistórica al castrismo y al guevarismo con… el peronismo.
A partir de las tesis historiográficas de Milcíades Peña y apoyándose en los análisis sociológicos de Silvio Frondizi, Santucho comienza a plantear que la “burguesía nacional” argentina no puede encabezar los cambios necesarios para emancipar nuestro país.
Ese tipo de caracterización se basaba en la teoría del desarrollo desigual de Lenin y en la teoría del desarrollo desigual y combinado de Trotsky. Pero, cuando hacía referencia a la “seudoindustrialización” de nuestro país, Santucho le agregaba un matiz específico referido a la Argentina. ¿De dónde adopta esa visión tan crítica de los industriales argentinos? Nuevamente, de las tesis sociológicas de Silvio Frondizi y de las historiográficas de Milcíades Peña.
Ya en tiempos del FRIP (antes del cruce con Moreno), combinando la teoría del imperialismo de Lenin con la visión de Frondizi y Peña, las tesis políticas del grupo liderado por los hermanos Francisco René y Mario Roberto Santucho sostenían que “La República Argentina es un país semicolonial seudoindustrializado”. Esta era justamente la opinión de Frondizi y Peña.
En el capítulo “Expansión industrial, imperialismo y burguesía nacional”, de su libro La realidad argentina, Silvio Frondizi afirma que: “[…] lo que caracteriza al imperialismo actual es la exportación de capitales para la industrialización o mejor dicho seudoindustrialización de los países atrasados”. Lo fundamenta del siguiente modo: “Mientras la industria ligera necesitaba mercados para la producción de artículos de consumo, la industria pesada necesita también mercados, pero para su producción de herramientas. Estos mercados reemplazan a los de artículos de consumo”. A contramano del esquema etapista de la izquierda tradicional que cuestionaba al imperialismo y a los propietarios terratenientes locales, para defender una supuesta progresividad de los propietarios industriales, de este análisis Frondizi deduce la “unidad, no identidad, entre imperialismo y burguesía nacional y entre burguesía nacional y terrateniente”.
Al publicar en 1956 La realidad argentina, Silvio Frondizi aclaraba: “En la redacción de este capítulo [“Expansión industrial, imperialismo y burguesía nacional”] hemos recibido valiosa ayuda de Milcíades Peña, que prepara un volumen sobre el problema”.
Fue precisamente Peña quien más desarrolló la teoría de “la seudoindustrialización argentina”. Si bien venía trabajando en esa hipótesis desde la década del ’50, en un artículo de su revista Fichas de 1964 aclara que: “Denominamos al fenómeno seudoindustrialización, parodia o caricatura de industrialización […] Por sobre todo, se realiza sin modificar sustancialmente la estructura social del país, y los desplazamientos a que da lugar dejan en pie las antiguas relaciones de propiedad y entre las clases. La seudoindustrialización no subvierte la vieja estructura sino que se inserta en ella”8. Entre las características de la seudoindustrialización, Peña incluye: (a) No aumenta la composición técnica del capital social, sólo la mano de obra, (b) No se desarrollan las industrias básicas que producen medios de producción, ni las fuentes de energía ni los transportes, (c) No aumenta la productividad del trabajo, (d) El incremento de la producción de artículos de consumo sobrepasa el incremento de la producción de medios de producción y (e) La agricultura permanece estancada y no se tecnifica. De estas características, Peña infiere que tanto los propietarios burgueses terratenientes como los industriales argentinos, comparten con el capital financiero el mismo interés en la perpetuación del atraso del país. Estos sectores sólo permiten el transplante o el injerto de islotes industriales en unas cuantas fábricas, manteniendo y reproduciendo la estructura social de conjunto atrasada y subordinada al imperialismo.
Robi Santucho supo deducir de este tipo de análisis historiográfico y sociológico una consecuencia política inequívoca: era inviable luchar en Argentina por la “liberación nacional” o por una “revolución democrático-burguesa, agraria y antimperialista”, apoyándose en un “frente nacional”, liderado políticamente por la burguesía local y su brazo armado, las Fuerzas Armadas. En otros términos: sólo se podía llegar a alcanzar la liberación nacional de la Argentina y su independencia frente al imperialismo si se lucha al mismo tiempo por la revolución socialista, cuestionando el orden burgués y sus aparatos de dominación y coerción. Al igual que José Carlos Mariátegui [1894-1930], Julio Antonio Mella [1903-1929] y el Che
Guevara, Santucho piensa que antimperialismo y socialismo deben marchar unidos como dos facetas de una misma lucha, no como etapas separadas en el tiempo.
Aunque para esa época Silvio Frondizi se había convertido en un intelectual independiente9 y Milcíades Peña ya había roto amarras con el grupo morenista, el acercamiento con Moreno le permitió a Santucho incursionar y estudiar atentamente toda esta literatura política de la nueva izquierda y empaparse de los debates políticos que la acompañaban.
¿Qué diferencia había entre los escritos de Roberto Santucho y los de Milcíades Peña? Principalmente que este último – Peña – mantenía un planteo totalmente impregnado por el antiperonismo, ya que proponía la tesis de que “Perón era un agente inglés”.
El PRT adopta cierto tipo de explicaciones de Peña, pero no acepta completamente esa visión, ya que en un folleto del PRT –El peronismo, ayer y hoy [Ediciones El Combatiente, agosto de 1971]- se plantea que se incorpora la tesis de Peña, pero sin caer… “en el gorilismo de izquierda”.
La herencia de San Martín
En los escritos del PRT también emerge la presencia de otra historiografía. Esto sí llama poderosamente la atención. Es la historiografía liberal de Bartolomé Mitre. ¿Por qué llama la atención? Pues porque la óptica de Mitre constituye la versión oficial de la historia argentina, la que todavía hoy se enseña en las escuelas. Pero ¿qué adoptaban los militantes guevaristas de esta historiografía tradicional?
Algo que, paradójicamente, resulta muy interesante: cómo estos historiadores burgueses reaccionarios (principalmente Mitre, aunque también deberíamos agregar a Vicente Fidel López, en el siglo XIX y Ricardo Levene en la primera mitad del siglo XX) describen la campaña del Ejército de San Martín. Fundamentalmente, cómo describen… la guerra de guerrillas. Ese relato resulta hasta muy entusiasmante. Cuando ellos hablan del Ejército de los Andes, cuando San Martín envía a organizar una guerra de guerrillas en la retaguardia española en el Perú, era muy “atractivo” para esta izquierda revolucionaria que se planteaba continuar la lucha inicial de San Martín y Bolívar…, y sobre todo el papel jugado en la lucha guerrillera contra los colonialistas españoles por Martín Miguel de Güemes, Juana Azurduy y otros revolucionarios nuestros de principios del siglo XIX. Seguramente estos historiadores burgueses, de tradición liberal, todavía en el siglo XIX se podían dar el lujo de alabar aquellas campañas militares independientistas, porque la tarea por delante que esta burguesía tenía entonces – segunda mitad del siglo XIX – era legitimar la construcción de un Estado-nación y construir los relatos fundantes de un origen heroico. Luego, en
el siglo XX, sobre todo en su segunda mitad, ante le emergencia de una izquierda revolucionaria que se planteaba en primera instancia la lucha por el poder, ya no podían darse ese lujo…
Pero Santucho y los guevaristas argentinos supieron leer bien, leer entre líneas, en esa historiografía burguesa, en esa historiografía tradicional y reaccionaria y encontrar los relatos de aquel primer Ejército continental de San Martín y sus compañeros.
Según recuerda Pombo [Harry Villegas Tamayo], combatiente cubano que luchó junto al Che en Cuba, en el Congo y en Bolivia, Guevara también le daba para leer a sus compañeros, a sus combatientes internacionalistas de Bolivia, los relatos de las guerras independientistas sobre Juana Azurduy y sus guerrilleros. También en esta opción historiográfica, Santucho fue un guevarista consecuente.
Lenin y América Latina
Otra fuente ideológica de la que se nutrió Santucho fue Lenin. Como era obvio, habiendo cortado amarras definitivamente con Haya de La Torre, Santucho empieza a ensayar una lectura mucho más leninista, más “clásica”, si se quiere, sobre el papel de América Latina. La crítica explícita contra Haya de la Torre ya la formula Francisco René Santucho en su trabajo “Lucha de los pueblos indoamericanos”10. Allí se plantea que los aciertos iniciales del APRA: “se ven traicionados ahora por la debilidad de su propio líder que ha entrado en compromisos con regímenes reformistas cómplices del imperialismo”. A partir de esa ruptura con el populismo aprista, se abre en el horizonte ideológico de Robi la posibilidad de apropiarse de la tradición teórico-política de Lenin.
Lenin escribió en 1916 El imperialismo, etapa superior del capitalismo, una obra hoy considerada clásica en la materia. Allí escribe sobre nosotros, sobre la Argentina. Dice textualmente: “No sólo existen los dos grupos fundamentales de países – los que poseen colonias y las colonias —, sino también, es característico de la época, las formas variadas de países dependientes que, desde un punto de vista formal, son políticamente independientes, pero que en realidad se hallan envueltos en las redes de la dependencia financiera y diplomática. A una de estas formas de dependencia, la semicolonia, ya nos hemos referido. Un ejemplo de otra forma lo proporciona la Argentina […] No es difícil imaginar qué sólidos vínculos establece el capital financiero – y su fiel «amiga», la diplomacia – de Inglaterra con la burguesía argentina, con los círculos que controlan toda la vida económica y política de ese país”.
¿En qué se basaba Lenin para proporcionar semejante descripción y explicación de la Argentina? Pues una de sus tesis principales sostenía que el desarrollo del capitalismo mundial nunca es chato, ni plano, ni liso, ni homogéneo. Los países y sociedades capitalistas no están en el mismo rango ni son equiparables entre sí; como hoy sostiene erróneamente Toni Negri, por ejemplo, cuando en su Imperio plantea que entre Estados Unidos y Brasil, la India e Inglaterra… “sólo hay diferencias de grado”. Por el contrario, Lenin tenía la hipótesis de que el capitalismo a nivel mundial se expandía en forma asimétrica, según un desarrollo desigual que generaba países y sociedades metropolitanas y dependientes, cuyas diferencias no
sólo son de grado –es decir: cuantitativas, mayor o menor cantidad de capitalismo y desarrollo— sino que son diferencias cualitativas.
Santucho adopta esta tesis de Lenin, y plantea que el desarrollo interno del capitalismo argentino también es notoriamente desigual y origina zonas metropolitanas y zonas periféricas y/o dependientes. O sea que no es lo mismo el desarrollo del capitalismo en la Mesopotamia que en el Noroeste. Así, por ejemplo, en el folleto “El proletariado rural detonante de la revolución argentina”11 se sostiene que: “El imperialismo, al introducirse como factor estructural en el desarrollo de la economía argentina promoviendo la seudoindustrialización, ha acentuado los desniveles regionales, al desarrollar unilateralmente la zona portuaria en detrimento del Interior”.
Obviamente, este tipo de caracterización se basaba en la teoría del desarrollo desigual de Lenin.
Así como Lenin defendía la tesis de que la explosión iba a surgir en “el eslabón más débil de la cadena imperialista”, Santucho planteaba, por analogía, que en la revolución argentina el factor detonante era el proletariado azucarero. En su análisis, el capitalismo del noroeste era, de alguna manera, “el eslabón más débil” dentro del capitalismo argentino.
Y también, junto a las categorías clásicas de Lenin, en el PRT se adoptaron en determinado momento categorías de León Trotsky quien, en su Historia de la Revolución Rusa, plantea una hipótesis que denomina “ley del desarrollo desigual y combinado”. ¿En qué consiste? Pues en que nunca existen países y sociedades capitalistas absolutamente homogéneas, compactas, con un solo modo de producción. En realidad hay relaciones sociales de distintos modos de producción, que están combinadas entre sí. Algunas predominan sobre otras, pero están combinadas. Puntualmente, Trotsky sostiene que: “Azotados por el látigo de las necesidades materiales, los países atrasados vense obligados a avanzar a saltos. De esta ley universal del desarrollo desigual de la cultura se deriva otra que, a falta de nombre más adecuado, calificaremos de ley del desarrollo desigual y combinado, aludiendo a la aproximación de las distintas etapas del camino y a la confusión de distintas fases, a la amalgama de formas arcaicas y modernas”. Trotsky la denomina “ley” pero en realidad –pensamos nosotros– habría que denominarla teoría del desarrollo desigual y combinado, ya que conjuga diversas hipótesis sobre el desarrollo histórico.
Entonces,– una vez superado el atractivo del APRA y el indigenismo, a los que habría que agregar la influencia inicial de la Reforma Universitaria y de varios intelectuales que realizan conferencias en la librería de Santiago del Estero, dirigida por Francisco René – en el pensamiento político de la dirección del PRT en general, y de Mario Roberto Santucho en particular, se conjugan las categorías sociológicas de Silvio Frondizi, las historiográficas de Milcíades Peña, la teoría del marxismo revolucionario clásico de Lenin y Trotsky y, por supuesto, la enorme influencia de la revolución cubana y la revolución vietnamita.
A todas estas influencias las tamizó, en el caso del PRT argentino, el guevarismo y el castrismo, así como también el pensamiento político de Ho Chi Minh y Giap.
La ruptura con Nahuel Moreno
Para poder amalgamar y tratar de fusionar lecturas tan diversas (desde las enseñanzas de Lenin y Trotsky en Rusia hasta las de Fidel y el Che en Cuba, pasando por la de Mao en China, Ho Chi Minh y Giap en Vietnam), Santucho tuvo que romper amarras con su principal socio en la fundación del PRT: Nahuel Moreno. Éste condensaba un arco iris ideológico, habitual en la izquierda tradicional: la trágica conjunción de retórica presuntuosa e inflamada, pretendida ortodoxia doctrinaria y reformismo práctico y mundano.
En el caso de Moreno, ese cóctel estaba condimentado por un oportunismo extremo que lo llevó a reivindicarse desde “peronista” (en su época de entrismo en el peronismo) hasta exactamente lo opuesto: profundamente antiperonista. Todo en solución de continuidad, sin que mediara, jamás, entre un extremo y otro, la más mínima autocrítica o explicación a sus militantes de semejantes zigzagueos y bandazos. Lo que legitimaba y daba “coherencia” a semejante oscilación permanente, era una concepción política estratégica sustentada en: (a) la absolutización de la lucha sindical (aquella que Lenin impugnaba por su economicismo), (b) la obsesión por no quedar al margen de ninguna participación electoral –incluso cuando ésta estuviera deslegitimada ante las masas populares— y, a largo plazo, (c) la perspectiva del espontaneísmo insurreccionalista.
La ruptura entre Santucho y Moreno se produce en febrero de 1968, en vísperas del IV Congreso del PRT. Formalmente, responde a la inasistencia de Moreno al IV Congreso del partido, al ser consciente de que sus posiciones políticas habían quedado en minoría frente a las de Santucho, tanto en las regionales de la organización como en su comité central. Pero, en realidad, la razón de fondo que explica esa ausencia se origina en la negativa de Moreno a llevar a la práctica el discurso que prometía iniciar la lucha armada en la Argentina.
A partir de ese quiebre, Moreno comienza a editar el periódico La Verdad, que le otorga el nombre a la nueva organización denominada PRT-La Verdad; mientras Santucho edita El Combatiente. El pensamiento mayoritario dentro de la organización (desde la fusión FRIP-Palabra Obrera de 1965), afín a las posiciones de Santucho, se expresa en el IV Congreso del PRT-El Combatiente.
Uno de los documentos teóricos capitales, no sólo de la historia “interna” del PRT sino también del conjunto del guevarismo en la Argentina, donde se encuentra la particular síntesis e interpretación de los clásicos del marxismo ensayada por esta corriente, es El único camino hacia el poder obrero y el socialismo [marzo de 1968], conocido entre los militantes como “el librito rojo” por el color de sus tapas y, probablemente, por una analogía con el famoso texto de Mao Tse Tung.
Todo es ilusión, menos el poder
Este trabajo, eje de aquel IV Congreso posterior a la ruptura con Moreno, tiene como autores a tres miembros de la organización, entre los cuales se encuentra Santucho. Resulta más que plausible que la mayoría de sus ideas principales pertenezcan a Robi.
El primer capítulo, titulado “El marxismo y la cuestión del poder”, ubica en el centro de la discusión aquella cuestión que estuvo ausente en las distintas corrientes de la izquierda tradicional argentina, por lo menos desde los levantamientos
anarquistas –sangrientamente reprimidos— de principios de siglo. Junto a la cuestión del poder, allí se analiza el problema de la estrategia revolucionaria en los clásicos del marxismo.
La reflexión se abre con una toma de posición metodológica. En el análisis del país y su sociedad se debe partir de la categoría dialéctica más omnicomprensiva: la situación del capitalismo mundial y la lucha revolucionaria internacional para, a partir de allí, avanzar hacia el estudio de la relación de fuerzas entre las clases sociales, tanto a nivel nacional como internacional. Ésa era la recomendación de Marx en sus borradores de El Capital (los Grundrisse), cuando afirma que la categoría dialéctica más concreta (porque encierra en su seno la mayor cantidad de determinaciones) es el mercado mundial. (Aunque en la exposición lógico dialéctica de Marx esta categoría resulta el punto de llegada, en toda investigación sobre el capitalismo debería constituir el punto de partida, ya que el capitalismo conforma un sistema mundial).
No otra era la posición de Antonio Gramsci, cuando en el N°13 de sus Cuadernos de la cárcel proponía –siguiendo puntualmente a Lenin— estudiar el análisis de las situaciones políticas y las relaciones de fuerzas sociales, partiendo de la situación internacional.
Ese mismo problema metodológico reaparecerá posteriormente, en la discusión de 1970-1971 entre el PRT y las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR). La posición de las FAR, defendida por Carlos Olmedo [1944-1971], quien seguía al pie de la letra la teoría nacionalista de las “causas internas” de Rodolfo Puiggrós (éste la había desarrollado en la Introducción de 1965 a su célebre Historia crítica de los partidos políticos argentinos), reclamaba comenzar el análisis por la Argentina para luego remontarse hacia lo internacional. La posición del PRT, que prolongaba el análisis del Che en su “Mensaje a los pueblos del mundo a través de la Tricontinental”, proponía una mirada global sobre el conflicto con el imperialismo. La lucha nacional, país por país, era parte de una batalla mayor, de carácter antimperialista e internacional. De este modo, el PRT le respondía a Olmedo –cabe aclarar que Santucho mantenía por Olmedo un gran aprecio personal, según le confiesa en una carta enviada desde la cárcel a su primera compañera Ana Villarreal— que el marxismo no es sólo un instrumento metodológico, sino también una ideología política y una concepción del mundo. En tanto método, ideología política y concepción del mundo, tiene como meta la revolución mundial y, por ello, debe analizar el capitalismo como un sistema a una escala que supere la estrechez reduccionista del discurso nacional-populista.
Después de sentar posición metodológica, el documento sobre el marxismo y la cuestión del poder del IV Congreso pasa a discutir el problema de la estrategia político-militar, núcleo de fuego de la izquierda revolucionaria.
Para hacerlo, recorre la herencia de los clásicos. Comienza por Marx y sus escritos sobre la lucha de clases en la Europa urbana del siglo XIX. Principalmente, sobre las barricadas de París, tanto en 1848 como en 1871. La estrategia de Marx apostaba a una acción insurreccional de la clase obrera, rápida y violenta, en las grandes ciudades, teniendo como meta el derrocamiento del Estado.
Luego, se analiza la Introducción de Engels de 1895 a Las luchas de clases en Francia de 1848 a 1850. Introducción que ha sido considerada, habitualmente, como “el testamento político” de Engels. En ese texto, el compañero de Marx dejaba sentado que la barricada urbana y la lucha de calles habían perdido efectividad frente a los avances de la técnica militar y las reformas urbanísticas (el trazado de las grandes avenidas, por ejemplo, por donde podía desplazarse rápidamente el ejército).
La socialdemocracia internacional censuró ese documento de Engels. En 1895, G.Liebknecht publicó en el periódico Vorwärts [Adelante], órgano central del Partido Socialdemócrata alemán, varios fragmentos entrecortados donde Engels aparecía, según el autor del documento le confesó a Paul Lafargue en una carta, “como un pacífico adorador de la legalidad a toda costa”. A pesar de la censura del partido alemán y de la posterior queja de Engels, los principales ideólogos de la socialdemocracia adoptaron este texto como caballito de batalla para insistir con el parlamentarismo. Engels señalaba, acertadamente, el problema que se abría para el movimiento obrero. Pero no aportaba una solución. Casi inmediatamente después de escribirlo (y de quejarse por la censura de la que fue víctima) Engels se muere, dejando sin respuesta estratégica al movimiento obrero mundial.
A contramano de la socialdemocracia alemana y de todo el reformismo que tenía a esta última como faro y luz, en Italia Antonio Gramsci utilizó ese mismo texto de Engels para pensar la revolución pasiva en Europa Occidental. El gran cerebro italiano, partiendo del “testamento” de Engels, intenta desentrañar las modernizaciones “desde arriba”, desarrolladas en Alemania por Bismarck y en Francia por Luis Bonaparte. En estas “revoluciones desde arriba”, impulsadas por el Estado burgués, que cambia algo para que nada cambie, neutralizando de este modo la rebelión popular y apropiándose de los reclamos y reivindicaciones “de abajo”, Gramsci visualiza un problema extremadamente difícil de resolver. Para poder enfrentar eficazmente y derrotar estas “revoluciones pasivas”, en sus Cuadernos de la cárcel Gramsci propone cambiar la estrategia revolucionaria de la clase obrera: pasar de la revolución permanente y la guerra de maniobra a la guerra de posiciones. Esto para las sociedades capitalistas de Europa occidental. ¿Y en las capitalistas periféricas, que forman parte del Tercer Mundo? ¿Y en las capitalistas coloniales, semicoloniales y dependientes? ¿Y en las de América Latina? Aunque en sus Cuadernos de la cárcel realiza algunas breves observaciones sobre la estrategia política de la guerra de guerrillas en sociedades agrarias y atrasadas (tomando como ejemplo a los combatientes irregulares balcánicos o los grupos irlandeses, etc), Gramsci deja abierto el problema e irresueltos sus interrogantes.
Santucho y sus compañeros parten de este problema central que atraviesa el núcleo político de la teoría revolucionaria. Al igual que Gramsci, comienzan por el desafío que Engels les deja pendiente a los revolucionarios del siglo XX. De igual modo que el italiano, no se resignan a dar por sepultado el fin de las revoluciones, para abrazar alegremente el Parlamento. Pero, como Santucho forma parte del marxismo latinoamericano, y el terreno social en el que se mueve su corriente guevarista es el Tecer Mundo, se esfuerza por resolver la incógnita del viejo Engels desde un ángulo distinto al predominante en Europa Occidental.
Por eso Santucho y sus compañeros fijan su atención en una serie de textos de Lenin, habitualmente desatendidos, soslayados, u “olvidados” por las distintas corrientes de la izquierda tradicional. El principal de todos es “La guerra de guerrillas”12.
En estos textos “malditos”, Lenin afirma que: “La cuestión de las operaciones de guerrillas interesa vivamente a nuestro Partido y a la masa obrera. […] La lucha de guerrillas es una forma inevitable de lucha en un momento en que el movimiento de masas ha llegado ya realmente a la insurrección y en que se producen intervalos más o menos considerables entre «grandes batallas» de la guerra civil. […] Es completamente natural e inevitable que la insurrección tome las formas más elevadas y complejas de una guerra civil prolongada, abarcando a todo el país, es decir, de una lucha armada entre dos partes del pueblo”. Más adelante, agrega: “La socialdemocracia [Lenin utiliza en esos años –1906— el término “socialdemocracia” para referirse al partido revolucionario. Nota de N.K.] debe, en la época en que la lucha de clases se exacerba hasta el punto de convertirse en guerra civil, proponerse no solamente tomar parte en esta guerra civil [subrayado de Lenin], sino también desempeñar la función dirigente. La socialdemocracia debe educar y preparar a sus organizaciones de suerte que obren como una parte beligerante [subrayado de Lenin], no dejando pasar ninguna ocasión de asestar un golpe a las fuerzas del adversario”. En el mismo registro, sostiene que: “El marxista se coloca en el terreno de la lucha de clases y no en el de la paz social. En ciertas épocas de crisis económicas y políticas agudas, la lucha de clases, al desenvolverse, se transforma en guerra civil abierta, es decir en lucha armada entre dos partes del pueblo. En tales períodos, el marxista está obligado [subrayado de Lenin] a colocarse en el terreno de la guerra civil. Toda condenación moral de ésta es completamente inadmisible desde el punto de vista del marxismo. En una época de guerra civil, el ideal del Partido del proletariado es el Partido de combate [subrayado y mayúscula de Lenin]”.
Después de recorrer estos pasajes (que constituyen apenas una pequeña parte de su reflexión sobre este tema), a un lector desprejuiciado le surgen los siguientes interrogantes: ¿acaso será Lenin un ingenuo apologista del “foquismo”…? ¿Quizás un guevarista avant la lettre…?
Todos estos papeles y trabajos políticos de Lenin abundan en idénticas reflexiones. Son duros, contundentes, taxativos. No dan pie para la ambigüedad. No utilizan el marxismo como un recetario decorativo, sino como un instrumento de análisis para intervenir en la lucha de clases, desarrollar la guerra civil y, en ella, encaminar a los sectores populares hacia la victoria.
(guerrillas incluidas…) sobre los nazis. Sin embargo, a pesar de haberlo publicado, nunca se tomó como eje de lo que se consideraba oficialmente como sinónimo de “leninismo”. Más tarde, esta misma corriente traduce del ruso y publica las Obras Completas de Lenin. Con el tomo N°11 de estas últimas (volumen que incluye los textos sobre la guerra de guerrillas, posteriormente analizados por Santucho) sucede algo singular. Con esos materiales, los editores del comunismo argentino toman la decisión de publicar, al mismo tiempo, dos libros distintos. Por un lado, publican el mencionado tomo N°11, como parte de las Obras Completas, con el mismo formato y la misma tapa (fondo naranja, con la fotografía de Lenin en gris) que el resto de la colección. Por otro lado editan, al mismo tiempo, en un volumen separado: Lenin: Las enseñanzas de la insurrección y la guerra de guerrillas. Bs.As., Ediciones Estudio, 1960 [Se trata de la reproducción exacta del tomo N°11 de las Obras Completas, impreso el mismo día y en la misma imprenta, pero editado al mismo tiempo con otro título y otro sello editorial]. Exceptuando algunos pocos trabajos económicos suyos sobre el imperialismo, esta operación editorial no se volvió a repetir nunca en Argentina con ningún otro escrito de Lenin.
¿Qué conclusión extrajeron Santucho y sus compañeros de estos trabajos políticos de Lenin? Ellos destacaron que es el máximo dirigente bolchevique quien le encuentra resolución al problema abierto y planteado por el último Engels. En la lectura e interpretación de Santucho, la respuesta de Lenin saca al movimiento revolucionario del callejón sin salida donde lo había puesto la socialdemocracia. En su óptica, Lenin tiene la virtud de haber descubierto las vías para una nueva estrategia política. Ésta permitiría superar los obstáculos y dificultades, presentados a toda insurrección urbana rápida, por los avances de las nuevas tecnologías militares empleadas por las fuerzas represivas de la burguesía y sus nuevas reformas urbanísticas. Esa nueva estrategia política, descubierta por Lenin a partir de las enseñanzas de la insurrección de 1905, consiste en: la guerra civil prolongada, la lucha entre dos partes del pueblo, la construcción de un partido y un ejército revolucionarios, templados ambos en las grandes batallas y los pequeños encuentros.
“El marxismo y la cuestión del poder” resume su atenta y detallada lectura sobre estos materiales teóricos del máximo dirigente bolchevique, del siguiente modo: “Lenin es el descubridor y el propulsor de la guerrilla urbana”.
A continuación, el documento base del IV Congreso hace un balance y un beneficio de inventario de los aportes de León Trotsky y Mao Tse Tung a la teoría revolucionaria.
Aunque le reprochan a Trotsky “la ausencia de una clara estrategia de poder” para los países atrasados, “agrarios, coloniales y semicoloniales”, destacan aquellos pasajes del Programa de transición donde Trotsky reclama y promueve “el armamento del proletariado”.
En cuanto a Mao, resaltan su concepción de la “lucha armada permanente dirigida por el partido, la guerra civil prolongada y guerra de guerrillas”.
De igual manera, evalúan que “tanto Mao como los vietnamitas distinguen cuidadosamente, como lo hiciera Lenin, lucha armada de insurrección general”.
En conjunto, Santucho y sus compañeros tratan de romper la dicotomía y el enfrentamiento habitual de trotskistas y maoístas. Por eso, advierten que “para nosotros, desde la muerte de Lenin y posterior consolidación del stalinismo, no hubo una sola corriente que mantuvo vivas las tradiciones y concepciones marxistasleninistas, sino dos. No fue sólo Trotsky y el trotskismo quien conservó y desarrolló el marxismo revolucionario frente a la degeneración stalinista. […] Similar rol jugó Mao Tse Tung y el maoísmo”.
El balance concluye planteando, heréticamente, que: “Hoy, la tarea teórica principal de los marxistas revolucionarios, es fusionar los aportes del trotskismo y el maoísmo en una unidad superior que significará un retorno pleno al leninismo”.
En la última parte de esta recorrida histórica por los clásicos, el documento del PRT se centra en el núcleo duro de su identidad política latinoamericana: el castrismo-guevarismo. En esta cuestión, Santucho aclara, presuroso, que “no hacemos distinción alguna entre castrismo y guevarismo, porque la distinción es falsa”.
Polemizando, una vez más, con Moreno, Santucho intenta sintetizar la estrategia de la revolución cubana. Ésta no consistía, como pensaba el morenismo, en una visión empírica hecha sobre la marcha, sino en una perspectiva de alcance mundial. Para Santucho, esa estrategia mundial está resumida en el “Mensaje a los pueblos del mundo a través de la Tricontinental” del Che. Lo fundamental de dicha estrategia residiría en “la revolución socialista y antimperialista en los territorios dependientes”. Una perspectiva que, en aquellos años, emanaba de la OLAS (Organización Latinoamericana de Solidaridad, reunida en La Habana en 1967). Santucho aprovecha esta elucidación para recalcar que “el castrismo otorga mayor
importancia que el maoísmo a la lucha urbana”. A eso se agregaría –siempre desde su interpretación del castrismo- la necesidad de desarrollar una revolución continental a partir de revoluciones nacionales y regionales, mediante la guerra prolongada. Finalmente, destaca que allí donde no existan fuertes partidos revolucionarios habrá que crearlos como fuerzas militares desde el comienzo, ligando todo el tiempo la lucha política y la lucha político-militar.
Después de haber comenzado con el punto de vista metodológico y de haber ido analizando las experiencias del pasado, desmenuzando el itinerario de la estrategia de poder en Marx, Engels, Lenin, Trotsky, Mao, Ho Chi Minh, Fidel y el Che Guevara, Santucho y sus compañeros del PRT se abocan al debate específico sobre la estrategia de poder en la Argentina. Ésa era, centralmente, la finalidad de este largo recorrido: el análisis concreto de la realidad concreta.
Su estrategia política de poder caracteriza a nuestro país como una sociedad capitalista semicolonial y dependiente. A partir de este diagnóstico sociológico y económico, infiere que la revolución pendiente debe ser socialista y antimperialista, al mismo tiempo, entendiendo ambas como tareas y fases de un proceso permanente e ininterrumpido. El documento concluye analizando las bases sociales en los que se apoyaba la estrategia de guerra revolucionaria prolongada: primero civil, al estar determinada por el enfrentamiento entre dos partes del propio pueblo argentino, y luego nacional-antimperialista, ante la previsible invasión norteamericana.
Apenas un año después del IV Congreso, se producen el Cordobazo, el Rosariazo y otros “azos”. El pueblo argentino se pone de pie contra la dictadura del general Onganía. El PRT acompaña y promueve ese proceso, realizando su V Congreso en 1970, donde se funda y nace el ERP (Ejército Revolucionario del Pueblo). Entre un congreso y otro (el IV y el V), en el partido termina por consolidarse la corriente liderada por Santucho (denominada “tendencia leninista”), por sobre otras dos: la “tendencia proletaria” (morenista) y la “tendencia comunista” (neo-morenista), ambas, con mayores afinidades y empatías con la estrategia espontaneísta, insurreccionalista y, en última instancia, sindicalista de Nahuel Moreno.
La política y la guerra
Leído todo este proceso político desde una óptica actual, desde nuestros días, y desde la remanida polémica sobre el supuesto “foquismo” de la izquierda revolucionaria guevarista, resulta sugerente prestarle atención al documento teórico de la fundación del ERP. Las posiciones políticas de este documento se nutren de toda la tradición clásica del marxismo, que a su vez provienen de Clausewitz y Maquiavelo.
Porque, a principios del siglo XVI, el teórico florentino Nicolás Maquiavelo sostenía en El príncipe y en los Discursos sobre la primera década de Tito Livio que para unificar Italia como una nación moderna, había que derrotar el predominio de Roma – El Vaticano – y también había que terminar con la proliferación de bandas armadas locales, los célebres condottieri [combatientes mercenarios]. Maquiavelo propone la formación de una fuerza militar republicana completamente subordinada al príncipe, es decir, al poder político. ¡Es la política, según Maquiavelo, la que manda sobre lo militar y no al revés!. Más tarde, a inicios del siglo XIX, el teórico
prusiano Karl von Clausewitz vuelve a prolongar aquel pensamiento defendiendo que “la guerra es la continuación de la política por otros medios” (en su libro De la guerra). A inicios del siglo XX, más precisamente en su exilio suizo durante la primera guerra mundial (entre 1915 y 1916) Lenin, mientras estudia la Ciencia de la Lógica de Hegel, lee y anota detenidamente De la guerra de K.v.Clausewitz.
El principal líder de la revolución rusa no es el único marxista en este sentido. Antonio Gramsci, en sus Cuadernos de la cárcel, más precisamente a inicios de la década de 1930, redacta el ya mencionado “Análisis de situación y relaciones de fuerza”. Allí sostiene que la lucha político-militar y la guerra constituyen un momento superior de las relaciones de fuerzas políticas, que enfrentan en una situación revolucionaria a las clases y fuerzas sociales.
Exactamente lo mismo podría plantearse del pensamiento de Mao Tse Tung, León Trotsky, Ho Chi Minh, Vo Nguyen Giap y, desde luego, Fidel y el Che.
Por lo tanto, en toda esta extendida tradición de pensamiento político, que se remonta a la herencia republicana de Maquiavelo y, a través de la reflexión de Clausewitz, es adoptada por los clásicos del marxismo, la lucha político-militar es la prolongación de la política, ¡no al revés!.
De manera análoga podría recorrerse el extenso itinerario del pensamiento político y militar de nuestras guerras de independencia y liberación latinoamericanas. Desde San Martín, Bolívar y Artigas hasta José Martí, Emiliano Zapata, Augusto César Sandino y Farabundo Martí.
Pues bien, en los documentos de la fundación del ERP también aparece en primer plano un análisis político de donde se deduce la necesidad de la lucha político-militar y no al revés…
Después de años y años de propaganda burguesa y del intento de demonización de todo este pensamiento político, resulta imperioso volver a insistir en esta problemática.
Para poder desmontar la estrategia de descalificación de esa generación (a la que se le puso un cartelito que decía más o menos así: “Demonios subversivos” o también “Demonios terroristas”), tenemos que volver a pensar, detenidamente, estas cuestiones.
Por ello resulta interesante centrar la atención en una parte de esos documentos históricos de fundación del ERP. Porque los que no vivimos aquella época nos sorprendemos cuando encontramos allí algo completamente inesperado… En esos documentos políticos aparece una crítica muy fuerte y explícita contra el foquismo… y contra Régis Debray.
La crítica a Debray y al foquismo
¿Quién es Régis Debray? Debray era un joven estudiante francés, discípulo del filósofo Louis Althusser, que vino a Latinoamérica y después escribió un artículo muy largo, en la famosa revista Les Temps Modernes de Jean Paul Sartre: “El Castrismo: la larga marcha de América Latina”. Este artículo les gustó mucho a los cubanos. Lo invitaron a Cuba, y ahí, en la isla, escribe después un texto que pretende ser algo así como la “síntesis teórica” de la revolución cubana. En realidad era una versión manualizada, codificada y simplificada hasta el extremo. Un texto que hoy en día se utiliza para criticar a la revolución cubana y para denostar todo lo que esté asociado al Che Guevara.
El texto de Debray se titula: ¿Revolución en la Revolución?. Allí realiza una versión totalmente parcial y unilateral de la revolución cubana. Sostiene, entre otras cosas, que en Cuba no hubo casi lucha urbana, que solamente hubo lucha rural, que la ciudad era burguesa mientras que la montaña era proletaria y que, por lo tanto, la revolución surge de un foco, de un pequeño núcleo aislado. Así, de este modo, Debray hace la canonización y la codificación de la revolución cubana en una receta muy esquemática que se conoce como “la teoría del foco”. Esta versión de Debray de la revolución cubana es muy utilizada hoy en día para ridiculizar y fustigar la teoría política del guevarismo…aún cuando el mismo Debray ya no tiene nada que ver con esta tradición, pues pasó a las filas de la socialdemocracia – en el mejor de los casos y siendo indulgentes con él… -.
Es cierto que la temática del “foco” está presente en los escritos del Che pero de una manera muy diferente a la receta simplificada que construye Debray. Nosotros creemos que en el Che los términos “foco” y “catalizador” –con los que el Che hace referencia a la lucha político-militar de la guerrilla–, tienen un origen metafórico proveniente de la medicina (la profesión original del Che). El “foco” remite al…foco infeccioso que se expande en un cuerpo humano. El “catalizador”, en la química, es el nombre de un cuerpo capaz de motivar un cambio, la transformación catalítica.
Pero, más allá de su origen metafórico, está muy claro que en el pensamiento político de Guevara la concepción de la guerrilla está siempre vinculada a la lucha de masas. Concretamente, el Che sostiene que: “Es importante destacar que la lucha guerrillera es una lucha de masas, es una lucha del pueblo […] Su gran fuerza radica en la masa de la población”13. Más tarde, el Che vuelve a insistir con este planteo cuando reitera: “La guerra de guerrillas es una guerra del pueblo, es una lucha de masas”14.
Pero Guevara no se detiene allí. Comentando el libro del célebre estratega vietnamita Giap, Guerra del pueblo, ejército del pueblo, el Che destaca una y otra vez un elemento fundamental para la victoria del pueblo vietnamita: “las grandes experiencias del partido en la dirección de la lucha armada y la organización de las fuerzas armadas revolucionarias […] Nos narra también el compañero Vo Nguyen Giap, la estrecha relación que existe entre el partido y el ejército, cómo, en esta lucha, el ejército no es sino una parte del partido dirigente de la lucha”.
De este modo, a diferencia de Debray, el Che le otorga un lugar central a la lucha política, de la cual la lucha armada no es sino su prolongación sobre otro terreno. Allí, siempre comentando a Giap, Guevara vuelve a insistir, casi con obsesividad, en que: “La lucha de masas fue utilizada durante todo el transcurso de la guerra por el partido vietnamita. Fue utilizada, en primer lugar, porque la guerra de guerrillas no es sino una expresión de la lucha de masas y no se puede pensar en ella cuando está aislada de su medio natural, que es el pueblo”.
¿De qué modo Debray pudo eludir este tipo de razonamientos centrales y determinantes del pensamiento político del Che? Pues construyendo un relato de la revolución cubana donde desaparecen, como por arte de magia, las tradiciones políticas previas y toda la lucha política anterior de Fidel Castro y sus compañeros.
Si se vuelven a leer los textos “foquistas” de Debray treinta años después, el lector no encontrará, inexplicablemente, ninguna referencia a la historia política cubana anterior ni a la lucha política previa, que derivan en el inicio de la lucha armada contra Batista. Pareciera que para Debray, observador europeo proveniente del PC francés, recién llegado a América latina –en aquella época fascinado con Cuba y las guerrillas, luego con la socialdemocracia y hoy vaya uno a saber con qué— la invasión del Granma y el Ejército Rebelde nacen ex nihilo, no como fruto de la radicalización política de un sector juvenil proveniente del nacionalismo radical y antimperialista latinoamericano y de la propia historia política cubana.
Además, cuando Debray pretende esquematizar y teorizar la lucha revolucionaria cubana defendiendo a rajatabla la tesis de “la inexistencia del partido” tiene en mente y está pensando en la ausencia, dentro de la primera dirección guerrillera, del viejo Partido Socialista Popular (el antiguo PC cubano, símil del PC francés en el que se formó Debray). Un lector actual de los escritos de Debray no puede dejar de preguntarse: ¿pero acaso el Movimiento 26 de julio –quien dirigía la lucha armada— no constituía un partido? ¿Acaso Fidel Castro y los asaltantes del Moncada no provenían de la lucha política?
Para Debray las advertencias del Che sobre las luchas de masas y la relevancia de la organización política eran sólo… detalles insignificantes. No les dio ninguna importancia. Por eso construyó una visión caricaturesca de la lucha armada que, lamentable y trágicamente, fue posteriormente atribuida –post mortem- al Che…
Según recuerda el ya mencionado Pombo [Harry Villegas Tamayo] al Che Guevara no le gustó ¿Revolución en la Revolución? de Debray. Lo leyó cuando estaba en Bolivia (pues se publicó en 1967) y le hizo comentarios críticos a su autor.
Aún cuando nunca sepamos qué le criticó puntualmente Guevara al intelectual francés, ya en aquella época dos militantes cubanos salieron públicamente a criticar la caricatura “foquista” de Debray 15 . Estos dos compañeros cubanos le critican abiertamente a Debray -¡no ahora, en el siglo XXI, sino en 1968!- el haber simplificado la revolución cubana, el haberla convertido en una simple teoría del “foco” y el no haber visto en ella que junto a la guerrilla, en las ciudades luchaba la juventud, el movimiento obrero, el movimiento estudiantil, etc. En suma, le cuestionaban -en particular- el total desconocimiento de la lucha urbana y -en general- la total subestimación de la lucha política, base de sustentación de toda lucha político militar. Esta es la principal crítica a la teoría del “foco” realizada en aquella época por los propios cubanos.
Por supuesto que, en la derecha, nadie se toma el trabajo de reconstruir todas esas críticas. Simplemente, se “entierra” y se sepulta, rápidamente, a los revolucionarios por ser “foquistas”…
En el nacimiento del ERP en la Argentina, encontramos una crítica muy inteligente y muy sugerente a Régis Debray y al “foquismo”, a la errónea subordinación de la lucha política a la lucha militar. Esta crítica de Santucho pasó desapercibida. Todavía hoy, se le atribuyen “foquismo” y/o “militarismo”. Como si la decisión de desarrollar en Argentina una lucha político-militar y una confrontación radical contra la dictadura militar, hubiese sido en la mente de Santucho y sus compañeros un delirio irracional y mesiánico y una subestimación del análisis específicamente político.
Tanto al Che Guevara como a Santucho simpre se los acusó de lo mismo: “bienintencionados, idealistas y abnegados” pero… “foquistas” y “militaristas”. Sin embargo, en la propia fundación del ERP se hace una crítica muy dura al foquismo y se genera una crítica inteligente al militarismo. Porque una de las tesis centrales de Régis Debray consiste en que no hace falta formar una organización política, un partido revolucionario. Solamente -plantea Debray-, hay que instalar un foco guerrillero… No hace falta, previamente, la lucha política ni la lucha ideológica, sino tan sólo la lucha militar… Eso es el foquismo, eso es el militarismo.
En 1970, cuando se funda el Ejército Revolucionario del Pueblo16, vuelve a plantearse que el eje prioritario debe ser siempre construir una organización política y, desde ahí, plantearse la lucha político-militar. Pero el eje debe ser la política. No puede haber confrontación político-militar ni lucha político-militar si no es a partir de un análisis específicamente político. Esta es la tradición de los clásicos del marxismo que se remonta a Clausewitz y, todavía más atrás, a los escritos de Nicolás Maquiavelo.
En los documentos de aquella fundación, defendiéndose de la acusación de “foquismo” que le habían dirigido los “neomorenistas” dentro del PRT, Santucho plantea lo siguiente: “En cuanto a lo de la determinación de foquismo por el tamaño de la unidad con que se empieza a combatir, es francamente ridículo. La cuestión del foquismo o guerra revolucionaria es un problema de política, no de número de combatientes. Si se pretende iniciar la lucha basada únicamente en la geografía, se evita el contacto con la población y se pretende enfrentar al enemigo con sólo la fuerza militar con que se cuenta; si se ignoran las necesidades del Partido Revolucionario, estamos en presencia de una desviación foquista. Si en cambio se comprende claramente que la fuerza fundamental de la guerrilla es el apoyo de la población y la geografía sólo un auxiliar; si se permanece lo más ligado posible a las masas; si se cuenta con una política de masas correcta; si se orienta la actividad militar con un punto de vista de masas; si se comprende que lo principal es el Partido, se garantiza su dirección de la guerrilla y se trabaja firmemente por construirlo y desarrollarlo, estamos en presencia de una línea leninista de guerra revolucionaria”.
Desde este ángulo, Santucho le critica a Debray la supuesta primacía que el francés atribuye al “factor geográfico”17. Pensar que de la geografía se deduce una estrategia política…constituye un enorme error. En realidad no es así…, ni fue así la revolución cubana, ni ninguna revolución latinoamericana. La geografía no determina la lucha política. Cuando se encuentra escrita esta afirmación no sucede nada, pero en política ese tipo de errores cuesta la vida de mucha gente, de muchos compañeros valiosos, de muchos revolucionarios.
Las elecciones y la disputa por la herencia teórica de Lenin
Desde su nacimiento de 1970 en adelante, a pesar de la represión feroz que eliminó muchos de sus cuadros y militantes, el PRT-ERP creció en forma vertiginosa. Paralelamente, se produjo el “viborazo” [levantamiento popular en Córdoba, en 1971, contra la dictadura militar], lo cual dio mayor impulso a la radicalización del conjunto de la izquierda argentina. Un año después, ocurrió la masacre de Trelew [asesinato de casi veinte guerrilleros desarmados que, al no haber podido escapar desde el penal de Rawson a Chile, fueron recapturados y fusilados a sangre fría].
A fines de ese año, en 1972, la dictadura de Lanusse (uno de sus generales más lúcidos) intenta frenar el creciente avance de las fuerzas populares, las organizaciones armadas de la izquierda revolucionaria y del peronismo combativo, mediante la convocatoria a elecciones18.
El PRT decide abstenerse, ya que ve obstaculizada la posibilidad de participar en las elecciones, llevando a Agustín Tosco, líder indiscutido del Cordobazo (y amigo personal de Santucho), como candidato independiente de la clase trabajadora y los sectores populares combativos.
Esa compleja decisión política no fue precipitada. Constituyó el punto de llegada de una extendida serie de razonamientos y pronunciamientos, todos ellos sustentados en un previo análisis político. Análisis que fue realizado mucho antes de que se conozcan las memorias, donde Lanusse reconocería, en forma explícita y sin ambigüedades, sus verdaderas intenciones. A contramano de otros sectores de la izquierda argentina, el PRT ponía en duda el proceso electoral. En su óptica, éste no garantizaría la libre expresión popular, sino que frenaría, dividiría y neutralizaría al movimiento revolucionario, aislándolo de las masas para poder aplastarlo (como finalmente ocurrió).
Ese analisis político lo encontramos, por ejemplo, en las resoluciones del comité ejecutivo de la organización, de abril de 1971. Antes de los anuncios oficiales de la dictadura, allí se sostiene que: “Es indudable, por algunos hechos concretos, como la rehabilitación de los partidos políticos, el nombramiento de Mor Roig [político de origen radical], las declaraciones de los políticos que los han entrevistado por invitación del gobierno, que se prepara una farsa electoral.La dictadura, consciente de su desprestigio y expresando su temor ante el avance de la guerra revolucionaria, se ve obligada a pactar con los políticos que hasta ayer repudiaba, a intentar junto con ellos la salida de las elecciones, para poner un freno a las movilizaciones de las masas y aislar de éstas a la vanguardia armada”.
Más tarde, en las resoluciones del comité central del PRT, de diciembre de 1972, se afirma que: “Si la táctica votada por el Comité Central logra concretarse, nuestra intervención electoral podrá ser muy amplia, si ello no es así lo más probable es que debamos ir al boicot, aunque con pocas perspectivas. De todas maneras en todos estos meses, hasta la farsa electoral y más allá de ella, debemos
intensificar el trabajo legal con la línea de los C. de Base, ampliar de esa manera nuestra relación con las masas, combinar este trabajo con la propaganda armada, obtener centenares y miles de contactos, colaboradores, simpatizantes, amigos, principalmente en las barriadas pobres de las ciudades, zonas suburbanas y el campo”. En esta formulación queda sumamente claro que el PRT, al mismo tiempo que cuestionaba el proceso electoral pactado entre la cúpula militar y la gran burguesía argentina, se proponía desarrollar un trabajo político de masas, incluso en el terreno legal (a pesar de ser una organización política guerrillera). Además, allí se reconoce, abiertamente, que el camino del boicot no gozará de grandes perspectivas.
En cuanto a la caracterización de las elecciones, en la carta enviada a las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR, con quienes ya se había polemizado en 1970-71), el PRT plantea que: “el conjunto de la burguesía pretende volver al régimen parlamentario y de esa manera ampliar considerablemente la base social de su dominación, reducida estrictamente a las FFAA durante el onganiato, aislar a la vanguardia clasista y a la guerrilla, para intentar su aplastamiento militar. La ambición de la burguesía es detener y desviar a las fuerzas revolucionarias y progresistas en su avance, y llegar a una estabilización paralela del capitalismo argentino”19.
En marzo de 1973, el mes de las elecciones que le dieron amplia victoria al FREJULI (un frente político apoyado tanto por grupos guerrilleros peronistas como por sectores de la gran burguesía empresarial, pasando por un amplio espectro político intermedio, que incluía desde el desarrollismo de Arturo Frondizi y Rogelio Frigerio hasta un vicepresidente del Partido Conservador), el PRT realiza el siguiente análisis: “Los puntos de vista del Comité Central sobre las elecciones ya han sido explicitados en los últimos editoriales de «El Combatiente». Recibidos los informes de las regionales sobre el estado de ánimo de las masas y las perspectivas electorales, se analizó la posición que debía adoptar el Partido en esta ocasión balanceándose entre el voto en blanco y la abstención. Al evaluarse la posición votoblanquista, se vio que no es consistente, en cuanto no hay sectores amplios de las masas que se orienten en esa posición, por lo que no logra constituirse en una opción clara para instrumentar el repudio a la farsa electoral al propio tiempo que como no ofrece envergadura, masividad, resulta sumamente peligroso en cuanto puede dar la falsa impresión de que las fuerzas revolucionarias y anti-acuerdistas son muy minoritarias y que amplios sectores prefieren el parlamentarismo. Estas condiciones llevaron al Comité Central a decidir la abstención, como posición del Partido, complementada con el lanzamiento por el ERP de un volante denunciando la farsa electoral y que puede ser colocado en el sobre como voto. El Comité Central hace la salvedad y reconoce que la posición de abstención adoptada no es la más correcta, si no la opción a que la organización se vio obligada por el déficit en el trabajo legal que impidió se lograra la activa línea intervencionista que hubiera sido más eficiente para dificultar las maniobras del enemigo y lograr el máximo aprovechamiento de los resquicios legales. […] El Comité Central reivindica finalmente la posición adoptada como marxista-leninista, en cuanto se adecua a la situación concreta, pues si bien las enseñanzas bolcheviques indican que ante un proceso electoral sólo caben las tácticas de boicot activo o participación, ello debe entenderse como las herramientas tácticas a esgrimir para convertir la elección
burguesa en un pilar más de una estrategia de poder revolucionaria. Más, cuando no se han logrado como en este caso tales herramientas, lo que hace imposible una táctica correcta que se compagine con la estrategia de poder, es legítima la adopción de una línea abstencionista y propagandista como la nuestra, aferrada a las concepciones estratégicas y reconocedora de los déficits y errores tácticos cometidos. Intervenir siempre y por principio en toda elección para “no perder el voto” o “apoyar el mal menor”, son puntos de vista oportunistas, ajenos al marxismo-leninismo […]”20.
En estas reflexiones se condensa la conciencia que los dirigentes del PRT tenían de las serias limitaciones que implicaba el punto de vista abstencionista. Se lo reconocía abiertamente como una necesidad, no como una virtud. Se atribuía tal posición a un gesto de debilidad y no de fortaleza. Se lo explicaba por las dificultades y los errores de la corriente en el trabajo legal. Pero, al mismo tiempo, se sostenía dicha posición frente al morenismo, que se inclinaba por “intervenir siempre en toda elección”, sea del tipo que sea; también frente a la perspectiva del PC que apostaba a “no perder el voto” y participar, cueste lo que cueste, buscando la quimera de una alianza con algún sector “progresista” de la burguesía. Esa doble disputa también llevaba al PRT a cuestionar a las organizaciones armadas peronistas, por dejarse institucionalizar tras el liderazgo burgués de un militar como Perón.
Muchos consideraron que esa decisión abstencionista equivalía a “quedarse sin política”. Desde la izquierda tradicional (tanto del viejo Partido Comunista como desde el trotskismo morenista y otros grupos similares), se le replicó a Santucho que Lenin, en El izquierdismo, enfermedad infantil del comunismo, combatía el abstencionismo de izquierda. Sin embargo, para rechazar esas impugnaciones doctrinarias –que, inevitablemente, se hacían en nombre de la “ortodoxia del marxismo”— el máximo dirigente del PRT apelaba a otros escritos teóricos del líder bolchevique, habitualmente raleados de lo que se consideraba como sinónimo de “leninismo”.
Del mismo tomo N° 11 de las Obras Completas, de donde había extraído en 1968 los escritos de Lenin sobre la guerra de guerrillas, Santucho destacó dos reflexiones críticas acerca de las elecciones y la inconveniencia de la participación, cuando aquellas están completamente maniatadas o pergeñadas para neutralizar a los revolucionarios. En ambas (realizadas al año siguiente de la insurrección de 1905, y en medio de un proceso electoral, convocado por la dictadura zarista para legitimarse), Lenin polemizaba con su ex maestro Jorge Plejanov y con los mencheviques. Argumentaba porqué los revolucionarios no debían participar en el aparato institucional parlamentario21.
Junto a la apelación a los textos políticos de Lenin (que, a pesar de ser clásicos, habían entrado en el “olvido”, incluyendo en esa desmemoria a los que se autodefinían como leninistas), Santucho también se apoyaba en determinados análisis económicos. Para fundamentar sus evaluaciones críticas sobre el proceso electoral en
ciernes y su rechazo a encolumnarse bajo el liderazgo del general Perón –como harían, por ejemplo, Montoneros, las FAR o incluso un desprendimiento del PRTERP, denominado “ERP 22 de agosto”— Robi recurría a estudios sobre la vidaeconómica, bajo la dictadura de Onganía-Lanusse. De todos los trabajos que manejaba, merece destacarse la investigación Crisis de una burguesía dependiente. Balance económico de la Revolución argentina 1966-1971 de Carlos Ramil Cepeda.
Este autor, además de estudiar los ciclos de crisis y recuperación del capitalismo dependiente en Argentina y de analizar el proceso de estancamiento productivo y ascenso inflacionario de la economía bajo la dictadura, termina su trabajo realizando un análisis político. Lo que más le atrajo a Santucho del libro fue la incapacidad que Ramil Cepeda encontraba en las distintas fracciones de la burguesía argentina para terminar con la dependencia. Junto a ello, el máximo dirigente guevarista veía confirmado su análisis político cuando, en el libro, leía las razones de “la impotencia del nacionalismo burgués”, ya sea reformista o radical, para encabezar un proceso de cambios duraderos y sustanciales, con vistas a “la toma del poder” y a “la liquidación de la dependencia y del capitalismo, simultáneamente”22.
De modo que, se comparta o no la justeza de aquella posición adoptada ante la coyuntura electoral de 1973, no puede dejarse de reconocer que la decisión de la abstención respondía a un meditado análisis político de la dirección guevarista, enfocado tanto a partir de la situación local y nacional, como a la luz de los escritos clásicos del marxismo en la materia.
¿Cómo domina la clase dominante?
Entre los numerosos trabajos teóricos que esta corriente guevarista produce en los años ’70 merecen citarse otros dos. Uno se titula Poder burgués, poder revolucionario23, redactado por Santucho. El otro es “A los pueblos de América Latina”24, un documento colectivo firmado por el PRT-ERP en Argentina, los Tupamaros en Uruguay, el MIR chileno y el ELN boliviano.
¿Que observamos en estos documentos a nivel teórico? Nuevamente, aún a riesgo de repetir…, nos encontramos con un análisis centralmente político. A partir de ahí se plantea la lucha revolucionaria continental…, ¡no eran “tira-tiros” irracionales ni “locos aventureros”!. En ellos, se sugiere un conjunto de hipótesis sobre cómo funciona el sistema de dominación política de las clases opresoras en
América Latina. Se analiza también qué sucede en el seno del campo popular, focalizando la mirada, sobre todo, en la conciencia política de las clases subalternas y explotadas. El análisis político condensado en Poder burgués, poder revolucionario se estructura a partir de una metáfora espacial que dibuja lo que pasa “arriba” y lo que sucede, mientras tanto, “abajo”. La reflexión de Santucho gira alrededor de un análisis político del arriba y del abajo o, en otros términos, de las clases dominantes y las clases subalternas.
Para estudiar las clases dominantes, en los escritos de Santucho aparece la categoría de “bonapartismo”. Esta es una tesis suya muy fuerte. Según él, la historia argentina se mueve con un movimiento pendular entre dos formas políticas de dominación burguesa: la república parlamentaria o el bonapartismo militar.
No casualmente, diez años antes que Santucho, en Guerra de guerrillas: un método (1963), el Che Guevara había planteado que: “Hoy por hoy, se ve en América un estado de equilibrio inestable entre la dictadura oligárquica y la presión popular. La denominamos con la palabra oligárquica pretendiendo definir la alianza reaccionaria entre las burguesías de cada país y sus clases de terratenientes […] Hay que violentar el equilibrio dictadura oligárquica-presión popular”.
Cabe aclarar que cuando el Che emplea la expresión “dictadura oligárquica”, como él mismo afirma, no está pensando en una dictadura de los terratenientes y propietarios agrarios tradicionales a la que habría que oponer una lucha “democrática” o un “frente nacional” modernizador, incluyendo dentro del mismo no sólo a los obreros, campesinos y capas medias empobrecidas, sino también a la denominada “burguesía nacional”. De ningún modo. El Che es bien claro. Lo que existe en América Latina es una alianza objetiva entre los terratenientes “tradicionales” y las burguesías “modernizadoras”. La alternativa no pasa entonces por oponer artificialmente tradición versus modernidad, terratenientes versus burguesía industrial, oligarquía versus frente nacional. Su planteo es muy claro: “No hay más cambios que hacer; o revolución socialista o caricatura de revolución”.
En el pensamiento político del Che, la república parlamentaria, aunque fruto arrancado a las dictaduras militares como resultado de la lucha y la presión popular, sigue siendo una forma de dominación burguesa.
El Che atribuye tanta importancia al análisis del equilibrio inestable entre ambos polos pendulares (la dictadura oligárquica, basada en la alianza de terratenientes y burgueses “nacionales”, por un lado, y la presión popular, por el otro) como Santucho al estudio de las dos formas políticas alternativas de dominación de la burguesía argentina.
Ni Guevara ni Santucho plantean como alternativa ni como consigna: “democracia o dictadura”. La alternativa consiste en continuar bajo dominación burguesa en sus diferentes formas o la revolución socialista. Por ello, en Guerra de guerrillas: un método, el Che alertaba que: “No debemos admitir que la palabra democracia, utilizada en forma apologética para representar la dictadura de las clases explotadoras, pierda su profundidad de concepto y adquiera el de ciertas libertades más o menos óptimas dadas al ciudadano. Luchar solamente por conseguir la restauración de cierta legalidad burguesa sin plantearse, en cambio, el problema del poder revolucionario, es luchar por retornar a cierto orden dictatorial preestablecido por las clases sociales dominantes: es, en todo caso, luchar por el establecimiento de unos grilletes que tengan en su punta una bola menos pesada para el presidiario”.
Intentando ser consecuente con este tipo de planteos radicales, cuando Santucho se propone explicar las diversas formas políticas de dominación que, en forma pendular, emplea la clase dominante argentina, su formulación específica es: o república parlamentaria (que no equivale a democracia…, como aclara el Che) o bonapartismo militar.
¿En dónde se inspiró Santucho para formular esta hipótesis? Obviamente su inspiración inmediata es el Che Guevara. Ahora bien, su formulación más general, la extrae de un libro de Carlos Marx. Éste escribió, entre diciembre de 1851 y marzo de 1852, El 18 Brumario de Luis Bonaparte.
Allí Marx propone una hipótesis política: en Francia, luego de la derrota de la revolución de 1848, un dictador encabeza un golpe de Estado y permanece dos décadas al frente del gobierno francés. Este dictador era un personaje secundario, rodeado de lúmpenes, que gracias al liderazgo del Ejército se convierte en determinado momento de Francia en una especie de “árbitro” de los conflictos sociales. Una especie de “juez equidistante”, que viene a solucionar y a moderar los conflictos. Entonces, como este personaje – que Marx detestaba – se llamaba Luis Bonaparte (sobrino de Napoleón) la tradición marxista, empezando por Marx y de ahí en adelante, convirtió en categoría teórica ese análisis político y lo transformó en el concepto de “bonapartismo”.
En su análisis de Luis Bonaparte y de la situación francesa de aquel período, Marx plantea elementos fundamentales de su teoría política. Allí sugiere que la lucha de clases nunca se produce entre clases homogéneas, como por momentos sugiere El Manifiesto del Partido Comunista (1848). En realidad, en una formación social concreta, las clases se fraccionan en la lucha, se realizan alianzas entre ellas y se establecen formas de representación política cambiantes según la coyuntura.
Por otra parte, en El 18 Brumario Marx plantea que la mejor forma de dominación política de la burguesía, la más eficaz, es “la república parlamentaria”. Para Marx república parlamentaria no es sinónimo de democracia, como sugiere la filosofía política del liberalismo. La república parlamentaria no garantiza “la libertad” sino que constituye una forma de dominación. A diferencia de la monarquía o de la dictadura militar (donde un solo sector de la burguesía domina) en la república parlamentaria es el conjunto de la burguesía el que ejerce su dominio a través del Estado y sus instituciones “representativas”. Según Marx, la república parlamentaria licúa los intereses particulares de las distintas fracciones de la burguesía, alcanzando una especie de “promedio” de todos los intereses de la clase dominante en su conjunto y, de este modo, logra una dominación política general, esto es: anónima, impersonal y burocrática.
En El 18 Brumario Marx también agrega que, cuando la situación política “se desborda” por la indisciplina y la rebelión popular, la vieja maquinaria republicana (con sus partidos, su Parlamento, sus jueces, su prensa “independiente”; en suma: con todas sus instituciones) ya no alcanza para mantener la dominación. En esos momentos de crisis aguda, los viejos partidos políticos de la burguesía ya no representan a esa clase social. Quedan como “flotando en el aire” y girando en el vacío. Entonces, emerge otro tipo de liderazgo político para representar a la clase dominante: la burguesía deja de estar representada por los liberales, los constitucionalistas o los republicanos y pasa a estar representada por el Ejército y las Fuerzas Armadas que, de este modo, se constituyen en “El Partido del Orden”. El Ejército, entonces, aparece en la arena política como si…fuera a equilibrar la situación catastrófica, pero en realidad…viene a garantizar la reproducción de la dominación política de la burguesía.
Mario Roberto Santucho se apropia lúcidamente de este análisis político de Marx y trata de utilizarlo para comprender la compleja historia política de nuestro país y también la situación argentina de los años ‘70.
Conviene destacar el modo cómo Santucho analiza a las Fuerzas Armadas, ese gran protagonista de nuestra historia política. ¿Cómo visualiza Robi a las Fuerzas Armadas? Pues sostiene que son un Partido Militar. Esto resulta sumamente importante. En ningún momento Santucho sostiene que son simplemente un grupo de “bandoleros adictos a las balas” o mercenarios sin ideología. De ninguna manera. En la óptica del PRT, las Fuerzas Armadas son… un partido político. Un partido que viene a reemplazar al clásico -por definición- partido político burgués. Esta es una hipótesis sociológica e historiográfica sumamente importante para comprender la óptica política de Santucho.
Roberto Santucho se hace cargo de esa hipótesis y plantea que, en Argentina, las Fuerzas Armadas vienen a reemplazar ese partido burgués ausente, porque el partido burgués en Argentina no puede dar cuenta de la situación política. Entonces, Robi –que inicialmente está pensando en el papel jugado por la dictadura militar del general Onganía [dictador que lidera el golpe de Estado de 1966] – prolonga el alcance de esa hipótesis y también analiza al peronismo como “bonapartismo”.
Peronismo y bonapartismo
Hay que reflexionar detenidamente sobre esta diferencia: sostener que el peronismo es una subespecie de bonapartismo es algo muy diferente a lo que planteaba, por ejemplo, Victorio Codovilla [líder histórico del Partido Comunista Argentino desde 1928 hasta su muerte en 1970]. Codovilla, en un folleto famoso del año 1946 titulado “Batir al Nazi-Peronismo”, sostenía que: “el peronismo es fascismo”.
Robi Santucho tiene una visión un poco distinta, mucho más matizada. Por eso no cae en ese “gorilismo de izquierda”. Pero… tampoco acepta las posiciones de Rodolfo Puiggrós [historiador comunista que, en la segunda mitad de los años ’40, se hace peronista y, durante los ’60 y ’70, se convierte en uno de los principales intelectuales de la izquierda peronista], de Abelardo Ramos [uno de los principales intelectuales -de origen trotskista- que adhieren al peronismo, constituyendo la corriente política e historiográfica autobautizada como “izquierda nacional”], o de otros. ¿Qué decían Puiggrós, Ramos, Hernández Arregui y otros ensayistas peronistas? Pues que “el peronismo es «LA Revolución» (con mayúsculas) en la Argentina”. Según el análisis de Santucho…el peronismo no es ni revolución, ni nazismo, sino… bonapartismo. Es decir: está liderado por una figura militar fuerte, que aparece como “árbitro” entre las clases sociales y viene a “poner orden”…aunque, siempre en última instancia, termina poniendo orden…para el mismo lado. Para la derecha, para la burguesía, para el statu quo.
Antonio Gramsci, para explicar los mismos fenómenos de crisis económica y política (englobados bajo el concepto de crisis orgánica), pensando en situaciones donde las clases sociales se separan de sus viejos partidos políticos y la burguesía comienza a ser representada por el Partido Militar, utiliza una categoría emparentada con la de “bonapartismo”. Gramsci emplea el concepto de “cesarismo”.
En Marx, la categoría de “bonapartismo” siempre tiene un contenido negativo. Para Gramsci, en cambio, puede haber un “cesarismo” progresivo o regresivo, según
contribuya a hacer avanzar, o no, a los sectores populares en las relaciones de fuerzas. A diferencia de Marx, León Trotsky, en su exilio mexicano de fines de los años ‘30, utiliza en el mismo horizonte de Antonio Gramsci esta visión donde puede haber un “bonapartismo progresivo” o “regresivo”, según contribuya, o no, a la lucha de clases. Explícitamente, Trotsky utiliza la categoría de “bonapartismo progresivo” para referirse al gobierno populista de Lázaro Cárdenas, ya que, a pesar de ser un gobierno burgués, para enfrentar al imperialismo y nacionalizar el petróleo mexicano, Cárdenas se apoya en los sectores populares y en la clase obrera mexicana. Abelardo Ramos apela a este análisis de Trotsky para caracterizar como “bonapartismo” al peronismo, en un sentido positivo y apologético; mientras que Silvio Frondizi –mucho más afín al análisis de Marx– emplea el término en su significado negativo, para cuestionar el carácter supuestamente “progresista” de la burguesía nacional argentina y del peronismo.
Mario Roberto Santucho utiliza la categoría de “bonapartismo” en la misma perspectiva de Silvio Frondizi, con un fuerte contenido crítico, y recurriendo a un tipo de análisis político que bebe directamente en las fuentes de El 18 Brumario. Pero no sólo lo emplea para explicar la aparición del peronismo histórico –el del primer peronismo de la década del ’40– sino también para describir la emergencia recurrente de los militares argentinos a lo largo de toda nuestra historia como el “Partido del Orden”, en tanto Partido Militar. Es decir, en tanto auténtico partido político orgánico de la burguesía argentina.
Todo esto, en cuanto al análisis de Santucho sobre qué sucede con el bloque político y social de “los de arriba”, de las clases dominantes y sus formas de dominación…
El desafío de la unidad de «los de abajo»
Ahora bien, ¿qué ocurre con “los de abajo”? Al observar el capitalismo argentino “desde abajo”, desde sus clases explotadas, Robi recorre la historia de los trabajadores y plantea los orígenes del movimiento obrero clasista en nuestro país. Identifica tres corrientes: (a) el anarquismo, que inicialmente fue la más importante, (b) el socialismo y (c) el comunismo. Santucho y el PRT se hacen cargo de la tradición comunista. Se sienten parte constitutiva de una continuidad. Es decir, que Robi reivindica al comunismo hasta un determinado período de la historia. A partir de ahí, el comunismo pierde la hegemonía sobre el movimiento obrero local, desdibuja su política revolucionaria, diluye su clasismo y aparece en el seno de las clases subalternas, el peronismo.
Entonces, a partir de ese análisis retrospectivo, Santucho sostiene cuáles serían los dos principales desafíos presentes y futuros del movimiento popular: a) Por un lado, el populismo. Santucho también lo denomina “nacionalismo
burgués”, ideología que consiste en confundir a toda la Nación como si fuera parte del pueblo, incorporar a la burguesía nacional como parte del pueblo, pensando, erróneamente, que el enemigo está solo fuera del país. El principal exponente del populismo, dentro del campo popular y progresista, era en su opinión de los años ‘70, la corriente de Montoneros. b) Por otro lado, el reformismo. Esta ideología y esta práctica política consiste en
plantearse reformas progresistas, incluso muy profundas y avanzadas, sin cuestionar a fondo y sin plantearse como tarea central el problema del poder y del régimen de dominación política. Robi lo encuentra y lo identifica principalmente en el Partido Comunista.
En su opinión, el debate ideológico del guevarismo del PRT debería apuntar, cuestionando el populismo y el reformismo, a acercar a peronistas revolucionarios y a comunistas hacia una perspectiva de unidad y acción común, antimperialista y por el socialismo.
Este tipo de análisis no queda reducido a una radiografía fija de la sociedad argentina. No es una tesis académica, sino la base de sustentación de la actividad militante de una corriente política.
Luego de las rupturas, primero con la corriente de Nahuel Moreno, a continuación con las tendencias “neo-morenistas”, más tarde con la IV Internacional y finalmente, con las corrientes más afines al camporismo, Santucho intenta profundizar su perspectiva política guevarista.
En su “Mensaje a los pueblos del mundo a través de la Tricontinental”, el Che Guevara había reclamado: “Es el camino de Vietnam, es el camino que deben seguir los pueblos, es el camino que seguirá América, con la característica especial de que los grupos en armas pudieran formar algo así como Juntas de Coordinación para hacer más difícil la tarea represiva del imperialismo yanqui y facilitar la propia causa”. Siguiendo puntualmente ese consejo político del Che, a fines de 1973 el PRTERP de la Argentina, el MIR de Chile, el ELN de Bolivia y el MLN-Tupamaros de Uruguay comienzan a trabajar en una organización común que los agrupe. A comienzos de 1974, lanzan públicamente la Junta de Coordinación Revolucionaria (JCR), nucleamiento guevarista internacionalista del Cono sur latinoamericano que se propone luchar por la revolución continental. Ya desde su nacimiento, nos encontramos con el planteo político según el cual estas cuatro organizaciones sostienen que “nos une la comprensión de que no hay otra estrategia viable en América latina que la estrategia de la guerra revolucionaria. Que esa guerra revolucionaria es un completo proceso de luchas de masas, armado y no armado, pacífico y violento, donde todas las formas de lucha se desarrollan armónicamente convergiendo en torno al eje de la lucha armada”.
En el primer documento conjunto que publican, las cuatro organizaciones trazan una breve y apretada síntesis histórica de las luchas populares y del marxismo en América Latina 25. En ella señalan que el comunismo, el socialismo y el anarquismo de las primeras décadas del siglo XX, junto con las luchas antimperialistas, como la de Sandino en Nicaragua y la insurrección del Partido Comunista de El Salvador de 1932, conformaron “un formidable auge de masasque puso en jaque la dominación neocolonial homogeneizada por el imperialismo yanqui, enemigo número uno de todos los pueblos del mundo”.
Durante las décadas siguientes, según este relato, en la mayoría de los partidos comunistas latinoamericanos terminó predominando el reformismo mientras las burguesías nacionales apelaban ideológicamente al nacionalismo burgués, para estabilizar el sistema neutralizando el descontento de las masas. A lo largo de todo ese período, los sectores populares perdieron fuerza e iniciativa en la lucha de clases continental, hasta que, a partir de la revolución cubana, “los pueblos del continente vieron fortalecida su fe revolucionaria e iniciaron una nueva y profunda movilización de conjunto”.
En este tipo de lectura de la historia de América Latina, el peronismo es analizado críticamente. Las razones de ese cuestionamiento residen en la combinación peronista de antimperialismo verbal (en alguna medida, heredero del APRA), de la
famosa “tercera posición” (ni capitalismo ni socialismo) y del “truco de presentarse como bomberos del incendio revolucionario” (una obvia alusión al papel asumido por el general Perón, a su regreso del exilio español, en tanto freno de la insurgencia y de la radicalización masiva de la juventud argentina). En semejante evaluación se deja escuchar el eco del pensamiento político que Santucho venía promoviendo al interior de la izquierda de nuestro país.
La convergencia de estas cuatro organizaciones hermanas de Chile, Bolivia, Uruguay y Argentina expresa, hasta qué punto, el ejemplo de la revolución cubana penetra en el corazón de la juventud de América Latina.
De todas las corrientes políticas argentinas que vibraron con ese ejemplo continental, la nueva izquierda guevarista, liderada por Mario Roberto Santucho, representa uno de los intentos más radicales y profundos por actualizar la tradición latinoamericana del marxismo revolucionario, representado en los años ’20 por Mariátegui y Mella y en los ’60 por el Che Guevara.
A casi cuatro décadas de la muerte de Santucho y cuando muchos de sus compañeros y compañeras se encuentran desaparecidos, poner fin a su demonización resulta impostergable.
Debemos vencer el miedo que nos han inculcado desde la infancia. Para comenzar a dialogar y a recuperar la herencia de aquellos que nos precedieron, debemos intentar conocer y estudiar seriamente esta tradición de pensamiento político. Ése es el único camino para que las nuevas luchas no tengan que crecer de cero, desnudas y huérfanas. Para que empecemos a preguntarnos, de una buena vez, de dónde venimos, quiénes somos y, sobre todo, porque es lo que más interesa, hacia dónde queremos ir.
Reproducido por revista El Porteño. Desde Valparaiso Chile
La actualidad de la revolución: insurrección, poder obrero y balance de una derrota continental
25/07/2026
por Gustavo Burgos. Revista EL Porteño de Valparaiso (Chile)
La historia de las organizaciones revolucionarias latinoamericanas de las décadas de 1960 y 1970 suele ser presentada bajo dos formas igualmente incapaces de comprenderla. La primera es la demonización construida por las clases dominantes y patrimonio de reformistas y no pocos grupos que atrevidamente se reclaman revolucionarios: una narración en la cual la insurgencia aparece como obra de grupos irracionales, separados de la sociedad y en algunos casos responsables de haber provocado la represión que posteriormente los aniquiló. La segunda es una reivindicación puramente sentimental, limitada a la heroicidad de los combatientes, que conserva sus nombres y símbolos, pero evita discutir críticamente sus concepciones estratégicas, sus aciertos y sus errores como los de Neltume y Monte Chingolo. Ambas operaciones terminan coincidiendo en algo fundamental: impiden que aquellas experiencias sean apropiadas políticamente por las nuevas generaciones.
Los valiosos trabajos de Igor Goicovic sobre la relación entre el MIR chileno y el PRT-ERP argentino, y de Néstor Kohan acerca del pensamiento político de Mario Roberto Santucho, permiten romper con esa falsa alternativa. No se trata de levantar monumentos ni de organizar ceremonias nostálgicas. Se trata de restituir la racionalidad política de una generación que se propuso conscientemente resolver el problema central de toda revolución: la conquista del poder por la clase trabajadora.
El MIR y el PRT-ERP no surgieron como expresiones espontáneas de una fascinación juvenil por las armas. Se formaron durante un ciclo continental de ascenso de la lucha de clases, bajo el impacto de la Revolución cubana, de las luchas de liberación nacional y del agotamiento de las estrategias reformistas de los partidos comunistas y socialdemócratas. Ambas organizaciones se constituyeron como una ruptura con el etapismo, con la subordinación a las burguesías nacionales y con la ilusión de que el Estado capitalista podía ser ocupado gradualmente hasta convertirlo en instrumento de transformación socialista.
Esta ruptura vuelve a poner en primer plano la concepción insurreccional del marxismo. Desde Marx y Engels hasta Lenin, la revolución nunca fue pensada como una lenta acumulación de reformas dentro del orden existente. Tampoco como el resultado automático de una crisis económica. La revolución supone una crisis del poder estatal, la desorganización de la dominación burguesa, la irrupción independiente de las masas y la existencia de una dirección capaz de conducir esa fuerza hacia la destrucción del viejo aparato de Estado y la formación de un poder nuevo.
La insurrección, en este sentido, no es sinónimo de conspiración minoritaria. Es el momento culminante de una lucha de clases que ha alcanzado una intensidad tal que la cuestión de quién gobierna deja de ser una discusión parlamentaria y pasa a resolverse en el terreno material de la fuerza. La política revolucionaria consiste precisamente en preparar a la clase trabajadora para ese momento, construyendo sus organizaciones, su programa, su conciencia, sus instrumentos de defensa y, sobre todo, su capacidad para constituirse como poder.
Aquí radica la actualidad de la experiencia del MIR y del PRT-ERP. Su mérito fundamental consistió en haber comprendido que el socialismo no podía alcanzarse sin enfrentar la cuestión del poder estatal. Para el MIR, durante la Unidad Popular, la consigna del poder popular no era una metáfora participativa ni una fórmula destinada a complementar las instituciones existentes. Expresaba la posibilidad de construir una legalidad paralela, asentada en organizaciones autónomas de trabajadores, pobladores y campesinos, capaz de enfrentar al Estado burgués y de transformarse en fundamento de un gobierno de trabajadores.
Los cordones industriales, las ocupaciones de fábricas, las organizaciones campesinas, los comandos comunales y las distintas expresiones de autoorganización popular contenían, aunque de manera embrionaria y desigual, una tendencia al doble poder. Por un lado, subsistía el aparato estatal burgués, con sus Fuerzas Armadas, tribunales, burocracia y Parlamento. Por otro, comenzaban a desarrollarse organismos surgidos directamente de la movilización de las masas. La cuestión decisiva era cuál de esas dos legalidades prevalecería.
La dirección reformista de la Unidad Popular —sobre esta cuestión no hay debate— procuró mantener ese proceso dentro de los límites institucionales. El MIR sostuvo, en cambio, que la resistencia burguesa conduciría inevitablemente a un enfrentamiento. Su error no consistió en haber advertido esta perspectiva, que fue confirmada trágicamente por el golpe de Estado, sino en no haber logrado transformar esa previsión general en una política capaz de preparar efectiva y oportunamente a la clase trabajadora para la lucha por el poder. La estentórea y trágica Carta de los Cordones Industriales a Salvador Allende tiene la virtud de dejar testimonio de esta profunda cuestión.
El golpe del 11 de septiembre de 1973 demostró que la burguesía no renuncia pacíficamente a sus privilegios. Cuando su dominación se encuentra amenazada, las instituciones democráticas revelan su carácter subordinado y las Fuerzas Armadas aparecen como el núcleo decisivo del Estado. El propio Santucho, retomando el análisis de Marx sobre el bonapartismo, comprendió a las instituciones militares como un verdadero “partido del orden”: no como un cuerpo neutral ni como una simple asociación de hombres armados, sino como una fuerza política llamada a garantizar, en última instancia, la reproducción del dominio burgués.
Esta conclusión conserva una importancia decisiva. El Estado no es una suma indiferenciada de instituciones que puedan ser orientadas hacia cualquier finalidad según quién gane una elección. Sus órganos fundamentales están constituidos para preservar las relaciones capitalistas de propiedad. Por eso el marxismo insurreccional no reduce su estrategia a la obtención de una mayoría electoral ni identifica el acceso al gobierno con la conquista del poder.
El gobierno administra temporalmente el Estado; el poder —algo dialécticamente diverso— reside en las relaciones sociales, en la propiedad de los medios de producción y en las instituciones que garantizan esa propiedad. Mientras la burguesía conserve el mando económico, los medios de comunicación, las Fuerzas Armadas, la alta burocracia y los tribunales, el triunfo electoral de partidos obreros o populares no resuelve la cuestión del poder. Puede, en determinadas condiciones, abrir una crisis revolucionaria; pero esa crisis debe ser llevada hasta sus últimas consecuencias.
Reivindicar esta concepción no significa convertir la acción militar en sustituto de la política. Kohan demuestra que la identificación de Santucho con el foquismo constituye una simplificación histórica. En los documentos fundacionales del ERP aparece, precisamente, una crítica a la teoría del foco concebido como un pequeño núcleo armado capaz de producir por sí solo las condiciones revolucionarias. Inclusive para Santucho, como para el Che, la lucha político-militar debía permanecer vinculada a la lucha de masas y subordinada a una estrategia política general.
La diferencia no es secundaria. El foquismo transforma la voluntad de una minoría en motor exclusivo de la revolución. La concepción marxista de la insurrección, por el contrario, parte del movimiento real de las clases, de sus experiencias, organizaciones y niveles de conciencia. La organización revolucionaria no reemplaza a la clase trabajadora, pero tampoco se limita a «acompañarla». Interviene para desarrollar sus tendencias más avanzadas, combatir las direcciones conciliadoras, formular un programa de poder y preparar conscientemente la lucha decisiva.
Hablemos con total claridad sobre este problema: la acción armada, separada de este proceso, puede degenerar en militarismo. Pero una política de masas que se niega sistemáticamente a discutir el enfrentamiento con el Estado termina inevitablemente en electoralismo o sindicalismo. La historia del movimiento obrero demuestra que ambos desvíos pueden coexistir: el aventurerismo de pequeños grupos que actúan al margen de las masas y el pacifismo de grandes aparatos que subordinan las masas a la legalidad burguesa. La tarea revolucionaria consiste en superar esta oposición falsa, voto fusil— mediante una estrategia en la cual la lucha política, la organización obrera, la autodefensa y la preparación insurreccional formen parte de un mismo proceso.
La relación establecida entre el MIR, el PRT-ERP, los Tupamaros uruguayos y el ELN boliviano a través de la Junta de Coordinación Revolucionaria expresó, además, una comprensión internacionalista del problema. La revolución no podía circunscribirse a las fronteras nacionales porque tampoco el capital ni la contrarrevolución actuaban dentro de ellas. El intercambio de cuadros, recursos, documentación, experiencias y análisis respondía a la necesidad de construir una estrategia continental frente al imperialismo y las burguesías latinoamericanas.
Ese internacionalismo no fue una declaración ceremonial. Después del golpe chileno, el PRT-ERP proporcionó al MIR recursos materiales, casas de seguridad, documentación y apoyo político. Militantes de distintas nacionalidades combatieron conjuntamente, mientras los aparatos represivos del Cono Sur coordinaban su persecución. La internacionalización de la represión tuvo como contraparte un intento, todavía insuficiente, de internacionalización de la revolución.
Sin embargo, el valor extraordinario de estas experiencias no elimina la necesidad de someterlas a un balance. Por el contrario, la exige. Un homenaje que no examine críticamente las derrotas convierte la memoria revolucionaria en una religión de los muertos. El balance no puede limitarse a constatar la superioridad militar del enemigo ni a atribuir toda responsabilidad a la represión. Debe abordar la relación entre partido y masas, entre lucha legal e ilegal, entre acción militar y coyuntura política, entre acumulación de fuerzas y ofensiva, entre organización clandestina y organismos de poder popular.
El propio intercambio entre Miguel Enríquez y la dirección del PRT-ERP muestra que esas discusiones existieron. En 1974, Enríquez advirtió a los revolucionarios argentinos sobre el peligro de adelantarse militarmente respecto del desarrollo del movimiento de masas. Señaló también la necesidad de elaborar plataformas para los distintos frentes sociales, ampliar la inserción obrera y ajustar las acciones militares al nivel real de la lucha política.
Esta observación permite identificar una contradicción decisiva. Las organizaciones revolucionarias habían comprendido teóricamente que la lucha militar debía estar subordinada a la política, pero no siempre consiguieron resolver esa relación en la práctica. En determinadas coyunturas, el crecimiento de los aparatos especializados avanzó más rápidamente que la construcción de organismos de poder obrero. La represión destruyó cuadros insustituibles y obligó a concentrar recursos en la supervivencia clandestina, debilitando todavía más la inserción en las masas.
El balance debe preguntarse también por qué, en Chile, los organismos de poder popular no lograron constituirse en una dirección nacional alternativa a la Unidad Popular; por qué la clase trabajadora permaneció políticamente subordinada a los partidos reformistas; por qué los sectores dispuestos a resistir el golpe no contaron con armas, coordinación ni mando; y por qué la certeza acerca de la inevitabilidad del enfrentamiento no se tradujo en una preparación material suficiente.
Pero ese balance nunca puede realizarse desde el punto de vista de quienes sostienen que el error habría sido intentar la revolución. La conclusión no puede ser que se debió confiar más en el Parlamento, en los mandos constitucionalistas o en la capacidad autorreguladora de la democracia burguesa. La derrota de 1973 no demostró la inviabilidad de la estrategia revolucionaria. Demostró las consecuencias catastróficas de dejar la resolución de la crisis en manos del reformismo. De alguna forma la totalidad del trabajo historiográfico de Jorge Magasich referido al papel de la marinería durante la Unidad Popular gira en torno a esta exclusiva cuestión.
En efecto, la ausencia de un balance marxista de aquella experiencia tuvo efectos profundos en la lucha contra la dictadura. Las protestas iniciadas en 1983 expresaron una recuperación extraordinaria de la movilización obrera, poblacional y juvenil. El llamado de los trabajadores del cobre abrió un ciclo de jornadas nacionales, paros y levantamientos territoriales que desafió materialmente al régimen y volvió a plantear la posibilidad de su derrocamiento mediante la acción de masas.
Sin embargo, la experiencia revolucionaria anterior no fue asimilada bajo la forma de una estrategia consciente de poder. El MIR se encontraba debilitado y fragmentado por la represión y por sus crisis internas. El Partido Comunista, coherente con su concepción institucionalista, avanzó hacia la política de rebelión popular de masas y promovió formas de acción armada, pero sin romper estratégicamente con la búsqueda de una alianza con sectores burgueses opositores. La movilización popular fue concebida crecientemente como un medio de presión para abrir una salida negociada, no como el proceso de constitución de un poder obrero capaz de derribar la dictadura y destruir su Estado.
La derrota política del levantamiento contra Pinochet expresada en la salida pactada, no consistió en que las masas hubieran sido incapaces de luchar. Consistió en que esa lucha no encontró una dirección revolucionaria preparada para conducirla hacia la conquista del poder. Desde 1986, la iniciativa fue desplazándose desde las calles y las organizaciones populares hacia las negociaciones entre la oposición burguesa, la dictadura y el imperialismo. La movilización que había puesto en crisis al régimen terminó subordinada al itinerario institucional establecido por la Constitución de 1980. La historia registra cómo la dictadura, presionada por las protestas y por la recomposición de la oposición, abrió un proceso de negociaciones en el cual la la Democracia Cristiana y el socialismo renovado se constituyó en interlocutora principal.
La transición no fue, por tanto, la culminación victoriosa de la movilización popular, sino su expropiación política. La dictadura fue reemplazada por gobiernos civiles, pero permanecieron las bases económicas, institucionales y represivas del régimen construido por ella. La clase trabajadora, que había sostenido las protestas, no conquistó el poder ni constituyó órganos propios de gobierno. Fue devuelta a la condición de electorado y sometida a una democracia tutelada por las mismas fuerzas sociales que habían respaldado el golpe.
Algo semejante ocurrió, bajo condiciones distintas, con el Estallido de octubre de 2019. Millones de personas ocuparon las calles, desafiaron el estado de emergencia, quebraron durante semanas la normalidad institucional e impusieron una crisis política de alcance nacional. La represión produjo graves y múltiples violaciones de derechos humanos, incluidos numerosos casos de trauma ocular, mientras el aparato estatal intentaba recuperar el control de las calles.
La potencia del Estallido volvió a mostrar que las masas pueden irrumpir por fuera de los calendarios electorales y alterar abruptamente las relaciones de fuerza. Pero volvió a revelar también la ausencia de una dirección revolucionaria y de organismos nacionales de poder obrero. Hubo asambleas territoriales, coordinadoras, cabildos, primeras líneas, huelgas y experiencias locales de organización. No existió, sin embargo, una instancia capaz de centralizar esas formas, vincularlas orgánicamente con la clase trabajadora, formular un programa de ruptura y disputar la conducción del país.
En ese vacío intervino la dirección política del régimen. El Acuerdo por la Paz Social y la Nueva Constitución, firmado el 15 de noviembre de 2019 por partidos de gobierno y oposición, encauzó la crisis hacia un proceso institucional sometido a las reglas del propio Estado que las masas habían puesto en cuestión.
El problema no fue que se planteara una demanda constitucional. Toda revolución debe resolver la forma jurídica del nuevo poder. El problema fue que la elaboración de una nueva Constitución quedó separada de la conquista del poder por los trabajadores. El proceso constituyente fue presentado como sustituto de la organización revolucionaria, mientras el Parlamento recuperaba la iniciativa, las calles eran desmovilizadas y las fuerzas represivas permanecían intactas.
Sin órganos de poder popular, sin dirección revolucionaria y sin una estrategia insurreccional, la movilización fue reducida a presión electoral. La energía desplegada desde octubre terminó canalizada hacia convenciones, plebiscitos y elecciones organizadas por las instituciones cuestionadas. La crisis que pudo abrir una discusión acerca de quién debía gobernar se transformó en una disputa sobre cómo reformar el mismo Estado.
Así, la falta de balance de las experiencias del MIR, del PRT-ERP y del ciclo revolucionario latinoamericano no constituye una carencia académica. Ha tenido consecuencias políticas concretas. Al no comprenderse la diferencia entre insurrección y foquismo, se abandonó la preparación revolucionaria bajo el pretexto de evitar el militarismo. Al no estudiarse la relación entre organismos de masas y partido, se celebró la espontaneidad como si pudiera reemplazar a la dirección. Al no analizarse la derrota de 1973, se repitió la confianza en salidas institucionales administradas por representantes políticos de la burguesía.
El balance necesario debe rechazar tanto la adaptación reformista y pacifista como la reproducción mecánica de las formas de lucha del pasado. No se trata de repetir las guerrillas de los años sesenta ni de imitar estructuras construidas para condiciones históricas diferentes. Se trata de recuperar su núcleo estratégico: la independencia política de la clase trabajadora, la construcción de un partido revolucionario, la organización de un poder alternativo, el internacionalismo y la preparación consciente para la crisis del Estado.
La lucha armada no puede ser convertida en principio abstracto ni en identidad política permanente. Sus formas dependen de las condiciones concretas de la lucha de clases. Pero tampoco puede proclamarse anticipadamente que toda transformación deberá permanecer dentro de la legalidad establecida por la burguesía. Una organización que renuncia de antemano a preparar el enfrentamiento decisivo entrega al enemigo el monopolio de la fuerza y condena a las masas a ser derrotadas cada vez que su movilización amenaza realmente el orden existente.
El poder obrero no surge automáticamente de la protesta. Debe organizarse. Necesita organismos democráticos de trabajadores, asambleas territoriales, comités de fábrica, coordinaciones nacionales y estructuras de autodefensa. Necesita, además, un programa que unifique las demandas inmediatas con la expropiación de los grandes grupos económicos, el control obrero de la producción, la ruptura con el imperialismo y la disolución del aparato represivo. Sobre todo, necesita una dirección que se haya preparado antes de que la crisis estalle.
Esta es la principal enseñanza que puede extraerse de las experiencias extraordinarias del MIR y del PRT-ERP. Su grandeza no reside únicamente en el sacrificio de sus militantes, sino en haber intentado construir organizaciones para la revolución en una época en que la posibilidad del poder obrero se encontraba planteada materialmente. Sus derrotas no autorizan a abandonar ese propósito. Exigen abordarlo con mayor rigor.
Recordar a Miguel Enríquez, Mario Roberto Santucho y a los miles de militantes caídos significa continuar críticamente su lucha. Significa estudiarlos sin convertirlos en figuras intocables, reconocer sus errores sin adoptar el lenguaje de sus verdugos y recuperar aquello que la democracia burguesa necesita mantener sepultado: la convicción de que los explotados pueden gobernar por sí mismos.
El balance de aquellas experiencias debe servir para impedir que una nueva irrupción popular sea nuevamente desarmada por las direcciones del régimen. Chile ha conocido, al menos en dos ocasiones posteriores al golpe, movimientos capaces de poner en cuestión el orden político: las protestas populares contra la dictadura y el Estallido de 2019. Ambos fueron derrotados políticamente, no por falta de combatividad de las masas, sino porque su fuerza no llegó a constituirse como poder independiente.
Preparar la próxima crisis exige romper ese ciclo. La cuestión no es saber si habrá nuevas explosiones sociales, sino qué dirección encontrarán cuando se produzcan. Sin partido revolucionario, sin programa socialista y sin organismos de poder obrero, incluso las movilizaciones más heroicas pueden ser desviadas, negociadas y finalmente derrotadas. Con esos instrumentos, en cambio, la insurrección deja de ser una evocación del pasado y vuelve a convertirse en una posibilidad histórica concreta.
