El concepto del ser humano como «trabajo concentrado» o «trabajo corporizado» corresponde a los desarrollos teóricos del recientemente fallecido Juan Iñigo Carrera quien se ocupó de puntualizar que la subjetividad humana , indicando que el ser humano se produce y reproduce a sí mismo a través del trabajo. Por ende, el hombre mismo es el resultado material del gasto de fuerza de trabajo de las generaciones anteriores.
Visto el ser humano como «trabajo concentrado», se entiende que sus capacidades, su conciencia y su propio cuerpo no son entes abstractos o meramente biológicos, sino la forma concreta en la que se ha acumulado el trabajo social a lo largo de la historia humana.
Bajo el modo de producción capitalista, esta condición se invierte. En lugar de reconocer que las mercancías y el capital son potencias creadas por el propio trabajo humano concentrado, los individuos ven al capital como el sujeto dominante de la vida social y a ellos mismos como objetos a merced del mercado.
Algo así recita un joven ante un micrófono y dice pertenecer a un grupo que considera que Iñigo Carreras ha sido un gigante del pensamiento. En el mismo momento por otra vía el SUTNA, por boca de su secretario general advierte que un órgano judicial autorizó el desalojo del interior de las instalaciones de la empresa FATE de quienes alegan ser quienes allí trabajaban y demandan que se les provea de empleo reiniciando la producción.
La cuestión deja entonces por secuencia lógica este planteo: Si el ser humano es trabajo concentrado y algunos seres humanos, cada vez en mayor proporción, no tienen la posibilidad de trabajar o lo hacen de manera discontinúa, que pasarían a significar, o serían una nueva versión de lo que el genocida Videla definí como ” una «incógnita» que «no está ni muerto ni vivo, está desaparecido… no tiene entidad»”.
Soy un jubilado, lo que se dice un tipo grande, socialmente un viejo. Con esos “atributos” tengo el límite propio de toda respuesta individual. También el temor de la ignorancia. Solo se me ocurre pensar en un soneto que me hizo conocer allá a lo lejos y en el tiempo remoto, la profesora de literatura de cuarto año:
En mí ves esa época del año
en que muy pocas hojas amarillas
cuelgan de las ramas temblorosas,
coro en ruinas donde pájaros cantaron.
En mí ves el crepúsculo del día,
cuando el sol se hunde en el poniente,
poco a poco arrebatado por la noche,
gemela de la muerte, y del reposo.
En mí ves el rescoldo de ese fuego
de una juventud hecha cenizas,
el lecho de muerte donde expira
consumido por lo que era su alimento.
Esto ves, y tu amor se fortalece,
amando bien aquello que ya pierdes.(Soneto 73 de William Shakespeare)
Cuando esto fue escrito en 1609 sin duda nadie podría haber aventurado su pensamiento, imaginando éste, nuestro presente de sobrevivencia en la miseria cultural y la barbarie social, y mucho menos que parte de esa barbarie sea una tecnología que se presenta como que todo lo sabe y todo lo puede, vaciando por otra vía más perfeccionada, cualquier emprendimiento del pensamiento para dar con el sentido de nuestra existencia. La pregunta es ‘¿Alguien en esa sociedad que se nos avecina, donde lo que tiene relevancia es la conexión y no la creación , podrá tener la entidad de los sentimientos que precipitados sobre el autor le inclinaron a escribir esto que replicamos? Por las dudas, terminemos solos en una isla al estilo Robinson Crusoe, no está mal reconocer la esencial vitalidad de este soneto, y dejarlo allí como mensaje a los necesarios rescatistas de la condición humana, que puedan llegar a él.
Daniel Papalardo-Colaboración para Nuevo Curso
