Cuando W.L. Gresham estuvo en la Guerra Civil Española, luchando en las Brigadas Internacionales, alguien le habló sobre una atracción de feria llamada «el Monstruo», un borracho que aceptaba devorar serpientes y pollos vivos que le arrojaban, solo para conseguir unos tragos más.
Gresham se obsesionó con historia del monstruo y finalmente la ubicó temporalmente en el inicio de la segunda guerra mundial conformando una gran metáfora, sobre todo lo que a su juicio traía consigo , “el fenómeno alemán”.
Las tropas alemanas invadieron Polonia el 1º de septiembre de 1939, haciendo estallar la Segunda Guerra Mundial. En respuesta a esta agresión, Gran Bretaña y Francia le declararon la guerra a Alemania.
El callejón de las almas perdidas empieza con la extraordinaria descripción de un abyecto espectáculo de feria cuyo principal reclamo es «el monstruo», alguien que ha caído tan bajo que está dispuesto a humillarse, por un trago de whisky, delante de un público ávido de sensaciones extremas
Stanton Carlisle está en una de esas ferias. Es un joven de veintiún años que trabaja en una feria ambulante haciendo juegos de mano con monedas y billetes. Es ambicioso y aprovecha cualquier ocasión para aprender y medrar en el negocio.
Es en ese marco, cuando decide dejar la feria y montar un número propio de adivinación y probar suerte en el mundo del vodevil. Así, durante cinco años, Stanton el Mentalista exhibe sus dotes adivinatorias de teatro en teatro y en fiestas de la alta sociedad a las que es invitado solo como exótica atracción. En una de estas, Stan decide dar un paso más y entrar en el mundo de los espíritus. Con 35 años, convertido en reverendo Stanton Carlisle, ministro de la iglesia espiritualista, y ayudado por Molly su compañera como médium, afirma que la comunicación con los muertos es posible.
Desde ese sitio existencial dice:
“El mundo es mío, maldita sea! ¡El mundo es mío! Los tengo en mis manos y puedo hacer que me den lo que yo quiera. El monstruo tiene su whisky. Los demás beben otra cosa: beben promesas. Beben esperanza. Y yo tengo que entregársela. Y yo puedo dársela. Puedo conseguir lo que quiera. ¡Si he podido manejar a este viejo bobo improvisando una lectura y salirme con la mía, podría llegar a senador! ¡Podría llegar a gobernador!»
Stanton conoce a la doctora Lilith Ritter, una psicoanalista con una ética muy peculiar, queda atrapado en sus redes. Lilith le facilita información sobre uno de sus pacientes, un multimillonario a quien estafar. Lo que Stan desconoce es que Lilith es mucho más ambiciosa que él.
Finalmente huyendo de sus desatinos, y sumergido en la miseria y el alcohol, el protagonista termina aceptando convertirse en una feria similar y conociendo las consecuencia, en «monstruo», que es presentado a los hábidos morbosos concurrentes, como un ser entre humano y animal, que manipula serpientes «igual que una madre acariciaría a sus bebés» y a quien arrojan un pollo vivo durante la actuación para que lo mate a dentelladas y se beba su sangre.
Las circunstancias espaciales y temporales de la elaboración de este trabajo literario, despejan toda posibilidad de pensar que estuviera en la mente del autor, dar referencia alguna sobre nuestros días y todo indica que su trabajo no es otra gran metáfora sobre nazi-fascismo y sus aspectos monstruosos visto desde la perspectivas de sus víctimas .
No obstante , el derrotero de los personajes más significativos de la actual gestión de gobierno , pese al tiempo transcurrido , no hace otra cosa que referenciarse en ese relato crudo de una época y las vicisitudes que relata en clave artística William Lindsay Gresham.
Hay, sin embargo, un factor común significativo en todo esto, que combina la conformación monstruosa con el fraude como medio para modelar esa realidad. Ambos elementos son relevantes a la hora de advertir que la cuestión no pasa por una situación subjetiva y el relato de la existencia de un personaje con perfiles lombrosianos, sino que la supera con holgura a la hora de dar cuenta de la objetivación del ser humano en el afán de hacerse de la mercancía fetichesca que facilita el intercambio mercantil de bienes que es el dinero y la connotación de poder que se derivan de su tenencia.
El capitalismo es una estafa piramidal, su superación no se logra ni se logrará, en base a instancias jurídicas, sino en un proceso de lucha de clases marcado por la violencia de los explotados y oprimidos sobre quienes descargan sobre ella y en cotidiano cuanto sea necesario para mantenerlos en esa dominación y servidumbre de clase.
Hay alguien pidiendo retornos aprovechando su naturalización en la cultura de reproducción social del capital en nuestra sociedad atrasada y dependiente, como también hay una práctica generalizada del fraude y el engaño económico con oferta de dinero sin trabajar y el culto de la especulación financiera, que no tienen nada que envidiarle a un mentalista aprovechador en épocas de ferias ambulantes y escenarios de guerras, y revueltas. En definitiva, no es tal o cual monstruo personal, sino un solo, enorme y complejo enemigo cancerbero de los privilegios de clase en la sociedad que la burguesía organiza, que es el capitalismo en tanto orden social dominante.
Este Domingo 7 de setiembre, se abren en la provincia de Buenos Aires , muchas ferias similares a las que describe William Lindsay Gresham en el “ El callejón de las almas perdidas”, con el nombre de mesas electorales. Allí prevalecen en boletas, muchos prestidigitadores, mentalista y también mucho público ávido de ver al monstruo aceptar beber la sangre de un ave que mata para posibilitar que quien tiene la posición dominante en todo ese festival de la nada ,le permita seguir prorrogando su eterna borrachera de dinero y privilegio.
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