Nuevo Curso

BORGES EN NUESTRO TIEMPO

Dicen que Borges supo decir al pasar que “Hay personas que sienten escasamente la poesía”. Yo creo sentir la poesía y creo no haberla enseñado; no he enseñado el amor de tal texto, de tal otro, estoy aprendiendo a querer la literatura y me gusta encontrar aprendices en quién encontrarme, tipos no eruditos ni tenaces simuladores de ser sabiondos o eternos fulgurantes suicidas.
Esa gente de las que la vida me dio y me da referencias ciertas que existe, esos que en resumidas cuentas ,prefieren no afrontar una mala compañía por temor permanente a la soledad ineludible que le plantea la existencia en esta sociedad de clases y sí penetrar en el desafío de escuchar a alguien con nuestra propia voz, con idénticas o similares carencias , porque en definitiva en eso se concentra la acción concreta de leer sin buscar en ella ninguna forma del placer sino el secreto de existir en dignidad y armonía con la condición humana.
Borges dio una conferencia que tituló ¿Qué es poesía? y la en el marco de un ciclo de charlas que ofreció entre junio y agosto de 1977, en el Teatro Coliseo de Buenos Aires.

Inmediatamente me pregunto , como podía hablarse y desarrollarse poesía, si vivíamos en el infierno y también desaparecían poetas y en particular, los que no siendo, pensaban en otra vida posible, donde la poesía fuera una realidad en todo hombre y no en algunos no atareados con eso de la sobrevivencia y los bienes materiales para satisfacer sus necesidades.

Borges dio su charla. También la dio la mano a un genocida, aunque no avanzó en los pasos y los actos de Heidegger. Pero la pregunta vuelve y gira en torno del auditorio de Borges. Por qué escucharlo en su erudición si en la calle , la única voz era el grito y la desesperación, que era grito porque no había oídos y si mucho , pero mucho miedo.
Sin embargo el desarrollo dialéctico de toda idea que surge de las mutaciones que las contradicciones materiales nos presentan , hace que hoy, cuando todo es mirar pantallas y no ojos, cuando todo resulte discurso sin receptor o receptor interesado , al menos llega el tiempo de reivindicar su talento con dos poemas necesarios, sin dejar de tener presente que según dice Martín Kohan :” Los vanos prejuicios que, con frecuencia, se aplicaron sobre Borges, según lo que se sabía o se creía saber sobre él y sobre su vida, impusieron a su literatura la idea de que en ella faltaban el impulso de la intensidad vital, el sello de autenticidad de lo vivenciado, el vínculo primordial con las experiencias. Esos prejuicios, como todos los prejuicios, obstruyeron las lecturas, las fijaron de antemano. Y en cierto modo demoraron el reconocimiento del lugar fundamental…”.

LIMITES
De estas calles que ahondan el poniente,
una habrá (no sé cuál) que he recorrido
ya por última vez, indiferente
y sin adivinarlo, sometido
a Quién prefija omnipotentes normas
y una secreta y rígida medida
a las sombras, los sueños y las formas
que destejen y tejen esta vida.

Si para todo hay término y hay tasa
y última vez y nunca más y olvido
¿quién nos dirá de quién, en esta casa,
sin saberlo, nos hemos despedido?

Tras el cristal ya gris la noche cesa
y del alto de libros que una trunca
sombra dilata por la vaga mesa,
alguno habrá que no leeremos nunca.

Hay en el Sur más de un portón gastado
con sus jarrones de mampostería
y tunas, que a mi paso está vedado
como si fuera una litografía.

Para siempre cerraste alguna puerta
y hay un espejo que te aguarda en vano;
la encrucijada te parece abierta
y la vigila, cuadrifronte, Jano.

Hay, entre todas tus memorias, una
que se ha perdido irreparablemente;
no te verán bajar a aquella fuente
ni el blanco sol ni la amarilla luna.

No volverá tu voz a lo que el persa
dijo en su lengua de aves y de rosas,
cuando al ocaso, ante la luz dispersa,
quieras decir inolvidables cosas.

¿Y el incesante Ródano y el lago,
todo ese ayer sobre el cual hoy me inclino?
Tan perdido estará como Cartago
que con fuego y con sal borró el latino.

Creo en el alba oír un atareado
rumor de multitudes que se alejan;
son lo que me ha querido y olvidado;
espacio y tiempo y Borges ya me dejan.

«Dedicatoria de un silencio»

Ahora que mi patria es el recuerdo
y que mi esperanza se reparte en las cosas chicas
—en el teléfono que llama,
en la conversación,
en la carta de letra desconocida—
voy a buscar aniversarios del amor muerto
a las calles de Villa Urquiza.

Son calles largas que se apaisanan de a poco,
son las orillas de la nube y del pájaro,
son la muerte buena de Buenos Aires;
la llanura las entra como un dios ciego
y la raíz de sus ponientes está en la pampa.
Sus rotas vereditas coloradas
son una yapa de la familiaridad de los patios,
sus almacenes solos
son claritos como otra luna sobre los campos
y algún sauce de facha desmoronada
es inmediato —buenamente— a cualquier fracaso.
Yo ando sus callejones,
yo abro la verja de una quinta guardada
en que la amistad y un piano me esperan;
Villa Urquiza, hemos dialogado firme en las tardes y ésta es la última vez que hacemos un verso.
Sé que para merecerte, debo ignorarte;
para que estés en mi corazón, no debes estar en mi canto
¡mi intimidad y mi silencio sean tuyos
y sea conmigo el beneficio de tus ocasos!

DEDICATORIA DE UN SILENCIO

Ahora que mi patria es el recuerdo
y que mi esperanza se reparte en las cosas chicas
—en el teléfono que llama,
en la conversación,
en la carta de letra desconocida—
voy a buscar aniversarios del amor muerto
a las calles de Villa Urquiza.

Son calles largas que se apaisanan de a poco,
son las orillas de la nube y del pájaro,
son la muerte buena de Buenos Aires;
la llanura las entra como un dios ciego
y la raíz de sus ponientes está en la pampa.

Sus rotas vereditas coloradas
son una yapa de la familiaridad de los patios,
sus almacenes solos
son claritos como otra luna sobre los campos
y algún sauce de facha desmoronada
es inmediato —buenamente— a cualquier fracaso.
Yo ando sus callejones,
yo abro la verja de una quinta guardada
en que la amistad y un piano me esperan;
Villa Urquiza, hemos dialogado firme en las tardes
y ésta es la última vez que hacemos un verso.

Sé que para merecerte, debo ignorarte;
para que estés en mi corazón, no debes estar en mi canto
¡mi intimidad y mi silencio sean tuyos
y sea conmigo el beneficio de tus ocasos!

Daniel Papalardo