La primera edición de Facundo fue publicada en 1845. Sarmiento eliminó los últimos dos capítulos en la segunda edición de 1851 pero los incluyó de nuevo en 1874. Sin embargo, Sarmiento se ocupa personalmente a titulo de advertencia, de señalar lo siguiente:
«Después de terminada la publicación de esta obra, he recibido de varios amigos rectificaciones de varios hechos referidos en ella. Algunas inexactitudes han debido necesariamente escaparse en un trabajo hecho de prisa, lejos del teatro de los acontecimientos, y sobre un asunto de que no se había escrito nada hasta el presente. Al coordinar entre sí sucesos que han tenido lugar en distintas y remotas provincias, y en épocas diversas, consultando un testigo ocular sobre un punto, registrando manuscritos formados a la ligera, o apelando a las propias reminiscencias, no es extraño que de vez en cuando el lector argentino eche de menos algo que él conoce, o disienta en cuanto a algún nombre propio, una fecha, cambiados o puestos fuera de lugar».
También agrega como epígrafe en el mismo sentido de lo advertido y como rogatoria una cita del escritor francés. Abel-François Villemain, en la lengua original de éste, donde dice:
«Le pido al historiador amor a la humanidad o a la libertad: su justicia imparcial no debe ser impasible. Es necesario, por el contrario, que desee, que espere, que sufra o sea feliz con lo que se narra».
Este, si los hay, es un libro de dicotomías excluyentes por excelencia: campo/ciudad, unitarios/federales naturaleza/cultura, pulpería/salón literario, entre varias otras. Pero en el subtítulo del libro la conjunción y (Civilización y barbarie) marca que esos opuestos conviven y se relacionan en una fricción constante e irreconciliable. Hay que recordar que la figura del bárbaro, a diferencia de la del salvaje, siempre se apoya contra un fondo de civilización con el que choca. Siempre tiene un vínculo conflictivo con ella, y se define desde esa rivalidad, desde ese enfrentamiento, acechando, saqueando, incendiando a las ciudades, transgrediendo su orden y poniendo en riesgo a todo su sistema. El salvaje, en cambio, vive en un estado de naturaleza ideal y aislado del resto.
La imagen, el estereotipo, o la sombra de una figura legendaria sirven en este libro para fijar un proyecto ideológico y definir todo aquello a erradicar para lograr dicho fin: la barbarie en sus variadas formas.
En el libro esta barbarie forma parte del paisaje del desierto. Desde las primeras páginas, Sarmiento cuenta que Facundo se enfrenta con un puma, pero aclara que no era el típico enfrentamiento de un hombre con un animal salvaje, eran dos tigres los que se enfrentaban.
Según José Pablo Feinmann, para Sarmiento el gaucho es irrecuperable porque es un elemento más del entorno natural y actúa en ese entorno por instinto y violencia, y nunca puede salir de esa inercia ciega y monótona del medio. En consecuencia, nunca puede transformar la naturaleza en cultura y entrar en la historia.
Ser o no ser europeo, esa era la cuestión para Sarmiento. Pero tenía que combatir el desierto al que reducía a vastedad, estancamiento y contingencia. Su solución era importarlo todo de Europa para llenar y saturar ese vacío con valores, estéticas, paisajes urbanos, filosofías, artículos, modos, gestos, modas. Importar para implantar y poblar podría ser su modus operandi. Hay que reconocer que su imaginación literaria, como la de toda la generación del 37, hizo del desierto una página en blanco para proyectar su imaginario y escribirlo en ese espacio utópico y conjetural. El desierto, como la página en blanco, siempre estaba vacío y el contorno de la figura del gaucho se difuminaba entre el viento, la llanura y los animales hasta perderse en esa inercia natural y extensa. Mientras del otro lado del atlántico, otra figura, el contorno de un operario, también se confundía y fusionaba en el nuevo hacinamiento, sobrecargado entre ruido y los metales en movimiento de una máquina junto a otras máquinas, de una llamada Revolución Industrial.
Guillermo Sevlever
s
