Nuevo Curso

Roberto Arlt y sus precursores

Roberto Arlt fue el inventor del aguafuerte y además, su exponente máximo. Pero hay que recordar que el término viene de una técnica de grabado calcográfico, creado en Europa a partir del s.XV. El término, o la metáfora de “aguafuerte”, calza perfecto con su procedimiento, pero también con el universo arltiano. En esta técnica se utiliza ácido mordiente (aguafuerte) para corroer las líneas expuestas de una plancha metálica, creando una matriz para estampar imágenes. El ácido hace casi todo el trabajo y de él deriva su nombre. La placa se cubre con una capa protectora, luego se sumerge en el ácido y el ácido corroe las líneas dibujadas, creando surcos definidos por donde pasará la tinta para el estampado final con la prensa.

Todos los personajes de Arlt parecen haber pasado por esta antigua técnica del aguafuerte. Todos parecen haber sido mordidos por ácido o sumergidos en él, o estar bajo la presión diaria de una gran prensa metálica que los comprime junto con toda la ciudad. Pero si salimos de la física y la química, y de sus reacciones peligrosas, las dos aguafuertes comparten cualidades en su practicidad de géneros bastardos. Son ágiles para marcar y fijar rasgos distintivos, crear intensidad en lo momentáneo, y captar, simplificar, dar fluidez y retener hechos casuales. Lo efímero, lo circunstancial, y lo momentáneo son sus materias primas, junto con la rapidez en su producción y consumo. Esta economía de recursos hacen parte de sus condiciones más

destacables de estas dos técnicas menores o rebajadas, que trabajan justamente con lo bajo, lo poco prestigioso o lo infame.

Hay que recordar que uno de los exponentes más conocidos del grabado en aguafuerte fue Francisco de Goya. La serie Los Caprichos retrataban el lado más marginal y oscuro de la sociedad española de su tiempo, que podrían resumirse en miseria y oscurantismo, pero también en lo monstruoso, incluso, tomando su título, “en los sueños de la razón”. Como en un juego de reflejos, de grabados, o de simples rasgos copiados a primera vista de una impresión, Arlt le dedica un aguafuerte a Goya, el Goya de los grabados de las calles de Madrid. El aguafuerte se llama El placer de vagabundear. En este aguafuerte dice que todo lo que vio Goya, lo vio caminando, y que el Goya pintor de aristócratas no interesa, interesa el Goya pintor de la canalla, el de la brujas y los endemoniados. Y como el título de esa aguafuerte lo indica, también defiende como un militante el hábito de vagabundear, al punto de hacer del hábito un programa o una declaración de principios. Según su filosofía barata, solo en la calle se aprenden saberes que no se aprenden en los libros, y uno se vuelve más indulgente poniendo el cuerpo, porque caminar la calle y tener calle es también poder tener un roce directo con la multitud y una oportunidad de un encuentro cercano con un otro.

Y aunque Arlt no sea un flaneur aristocrático del s.XIX, y sea más bien un cronista asalariado del s.XX que se definió a sí mismo como un “trabajador de las letras”, su idea de vagabundear, de caminar sin un recorrido prefijado, de no ir en busca de las cosas, sino más bien tropezarse con ellas a cada paso, de dejarse llevar, abismarse, distraerse ¿y por qué no?, perderse, guarda una relación directa con el caminar sin rumbo del flaneur del siglo anterior. Baudelaire, (es sabido que en uno de los primeros actos delictivos del Jugueterabioso es robar un libro de Baudelaire) el flaneur por excelencia, que también era admirador de Goya, hizo su obra a pulso de caminar sin rumbo por la ciudad. Si en la antigüedad los filósofos eran peripatéticos y caminaban por las galerías del liceo, en la modernidad los escritores son los caminantes de las calles grises de la gran ciudad. Y Baudelaire fue quién llevó esa práctica a la literatura, o fue el que hizo del caminar en la ciudad un modo de inspiración poética. Podría pensarse al El spleen de París, texto clave que nació a tracción a sangre, como un precursor del aguafuerte arltiano.

El spleen desafía los límites de los géneros. Puede leerse como poemas en prosa, crónicas urbanas, cuadros de costumbres, breves ensayos de antropología social, un catálogo de perfiles o una autobiografía fallida, de acuerdo al gusto de cada lector. Lo que está claro es que en su momento provocó una ruptura con la poesía de su tiempo, al descartar el verso y escribirse en prosa. Esto significó una revolución en las formas establecidas de la lírica por un lenguaje más llano, usual y breve, además de provocar un quiebre en los temas, esto es, romper con la belleza idealizada y tomar lo miserable, lo feo o lo decadente, como los nuevos objetos privilegiados de la poesía moderna.

Rebajar el lenguaje, rebajar los temas y economizar expresiones para su registro rápido parecen ser los atributos de los tres autores. Porque más allá de los desfasajes espacio/temporales, algunos Caprichos de Goya se mezclan con los poemas del Spleen de parís, y estos a su vez mezclan y se confunden con Las aguafuertes porteñas, o simplemente comparten un atisbo de un aura momentáneo, o es una tentación nuestra querer confundirlos. En el grabado n.55° de Los Caprichos, una anciana decrépita se arregla frente al espejo y se mira con la vanidad de una doncella en sus mejores años. En El viejo saltimbanqui, Baudelaire narra una feria callejera, junto con la alegría y lo rutilante de la escena. Después de unas líneas hay un contraste y el clima cambia. Al final de unas barracas, un poco relegado, describe a un viejo saltimbanqui agotado por el oficio pero sin poder deshacerse de él.

Algo similar pasa con el aguafuerte Grúas abandonadas de la Isla Maciel, donde Arlt describe unas 20 grúas en pie custodiando como gigantes la zona industrial, pero que el frigorífico consideró superfluas y dejo de usar. En todos los casos hay algo paradójico; personas y máquinas quedando relegadas pero fijas en su lugar, como piezas fosilizadas de un museo natural y a cielo abierto. Podríamos pensar a Goya, Baudelaire y Arlt como arqueólogos de su presente. Arqueólogos que registran cosas a la vista de todos, pero que nadie quiere ver, un poco desfasadas en el tiempo, caducadas o captadas en el instante previo a su extinción, pero en pie, soportando la corrosión por el ácido o el aguafuerte de la vida misma.

GUILERMO SEVLEVER . Colaboración para NUEVO CURSO