Come en casa Gombrowicz. Así podría haber sido una de las entradas del diario de Bioy, pero no hay muchos testimonios de ese encuentro entre el escritor polaco y la élite del grupo Sur, que con el tiempo tomó un aura legendario.
Algunos datos breves que ya son historia conocida. Gombrowizc llegó a la Argentina en 1939 como invitado de un viaje inaugural del transatlántico Chrobry. Pensaba quedarse unas semanas en el país pero cuando estalló la II Guerra Mundial quedó varado por más de 20 años. Vivió en pensiones y al borde de la miseria más absoluta, aunque siempre mantuvo cierto porte aristocrático y elegante (rasgos que traía de su origen noble) de alguien que parecía ser inmune o indiferente a las situaciones más adversas y crudas de la vida. Trabajó ocupando un cargo de secretario administrativo de bajo rango en el Banco Polaco de Buenos Aires. Durante su jornada laboral escribió (de manera secreta) su novela Transatlántico y parte de El casamiento. También daba clases privadas en francés de filosofía para señoras porteñas de alta sociedad. En paralelo a esas clases, organizaba cursos informales a la gorra para sus amigos de la comunidad polaca exiliada. En 1941 Gombriwicz fue invitado a una cena por el grupo Sur. La cena se realizó en la residencia de Bioy y Silvina Ocampo, en la calle Alvear del barrio Recoleta. El nexo intermediario que gestionó el encuentro fue Carlos Mastronardi, integrante de Sur y amigo reciente de Gombrowizc. Mastronardi conoció a Gombrowicz en una conferencia que éste dio en El teatro del pueblo, y la amistad se afianzó en el café Rex (ubicado en la calle Corrientes) al que los dos iban asiduamente, jugaban al ajedrez y conversaban junto con otros visitantes habituales del lugar. Mastronardi también participó en el comité de traducción que se organizó en ese mismo café para traducir la novela de Gombrowizc, Ferdidurke, del polaco al castellano. En esa traducción que hoy es legendaria, participaron amigos intelectuales de Gombrowiz, jugadores de ajedrez, y tuvieron una intervención especial los mozos que atendían las mesas, cuando era necesario resolver dudas y saldar fuertes discrepancias. Hay que destacar que salvo Gombrowiz (que hablaba un español de supervivencia), nadie sabía una sola palabra de polaco.
Pero si no centramos en el encuentro entre Grombrowicz y el Grupo Sur, de aquella cena solo queda una anécdota contada por Silvina Ocampo. En un momento de la velada, a Silvina se le cae una fuente en la cocina mientras estaba sirviendo la comida. El único que escuchó el estruendo y fue a socorrerla fue Gombrowicz. Al entrar a la cocina y ver a Silvina angustiada mirando el desastre, Gombrowicz le propuso un pacto de complicidad y silencio: recoger todo del suelo, poner la comida en la fuente y servirla como si nada hubiera pasado. Así lo hicieron, y mientras los demás comensales disfrutaban de la comida, Silvina y Gombrowizc se lanzaban guiños de complicidad viendo como la élite cultural comía y elogiaba una comida que había estado desparramada por el piso.
La anécdota maraca un rasgo distintivo de Gombrowiz, y ese rasgo fue elegir la cocina por el comedor. Esto es, preferir el lugar relegado y restringido para el servicio doméstico, al comedor, el lugar natural de las clases altas, su hábitat natural de socialización por excelencia. Porque el comedor no es solo el lugar para comer, sino el escenario principal de las clases altas para exhibir su estatus social, su riqueza y su moral elevada. Todo en ese ambiente está organizado para teatralizar su poder de clase durante sus reuniones. Desde delimitar fronteras jerárquicas entre la servidumbre, los invitados y los dueños de casa. Hasta reflejar su dominio económico en su mobiliario de lujo (mesa de roble macizo, vajilla de porcelana, incluido cierto exotismo de reliquias de diferentes latitudes, que pueden dar cuenta de su poder colonial, o de sus aventuras como los dueños del mundo). Sin olvidar el uso del francés como lengua prestigiosa y modo de exacerbar su capital simbólico, tomando una posición imitativa y acomplejada. Pasando por la sobreactuación de los códigos de comportamiento, establecidos por el protocolo que hace al cuidado de las formas. Esto es, poner en relieve y de manera mecánica y normativa, todos los gestos, las conductas y la vestimenta para ordenarlos y ubicarlos en momentos y lugares puntuales.
Toda la literatura de Gombrowicz y toda su filosofía vital estaba empeñada en destruir lo que él llamo como “la forma”, o los moldes artificiales que obligan a actuar en base a poses, modales y discursos prefabricados, y que hacen de los seres humanos marionetas sometidas a convenciones o a las “mascaras sociales” de lo políticamente correcto. Su antídoto era buscar lo informe, lo inmaduro, lo inferior. Por eso no es difícil imaginar a “la forma” cerrándose sobre Gombrowizc aquella noche, asfixiándolo en ese ambiente privado y exclusivo. Es probable que haya buscado un punto de fuga o una salida de emergencia contra esa noche. Se sabe que las salidas de emergencia comparten con las puertas del personal de servicio la de estar en lugares relegados y oscuros, como si su cercanía rompieran o alteraran la estética rutilante del ambiente. Lugares relegados para personas relegadas (empleados subalternos: guardias de seguridad, personal de servicio) ubicados al margen del lugar central. Esa autenticidad corrida de la escena principal era lo que buscaba Gombrowizc, en Retiro, en los cafés, en ciudades como Tandil o Santiago, o en la Argentina misma como país periférico. Pero sobre todo, llegar a ser él mismo un desubicado esté donde esté, ir a la contra siempre, quedar fuera de lugar en cualquier lugar y en cualquier situación, buscar la oportunidad justa de ser inoportuno o inadaptado, o extranjero en todas partes, como lo dice el título de una biografía suya.
El yo de Gombrowicz estaba afilado por el simple roce de incomodar por deporte. Como cuando Borges estiró el brazo para saludarlo en la calle, y él le dijo que no saludaba a personas que no lo mirasen a los ojos. O cuando se cruzaba con críticos literarios que usaban teorías para impresionarlo y utilizaba la estrategia del sordo, se llevaba la mano a su oreja y los hacia repetir una y otra vez sus teorías a los gritos para dejarlos en ridículo. O cuando iba a conferencias de intelectuales y se sentaba en primera fila para negar con la cabeza cada cierto tiempo, sin decir palabra para incomodar a los oradores. O cuando lo paró una vez un policía en la calle Florida y le pidió el documento y él le dijo: “Yo soy Witold Gombrowicz. Mi cara es mi documento. Si usted no me conoce, el que está en problemas con la cultura es usted”.
Las anécdotas sobre sus salidas son incontables, y como todo mito o toda personalidad genial, crecen y se vuelven de dudosa procedencia y van mutando con el tiempo, o son directamente incomprobables pero sin dejar de ser verosímiles, al punto de ser mitología de calle que se transmite de boca en boca. Gombrowicz había creado un arte vital de la pura presencia: ser disruptivo en el acto de su sola presencia y genio. Y su Diario fue el punto de articulación estratégico de todas sus performances entre su vida y su literatura, entre ese yo pre-literario y post-literario que se proyectaba de las hojas y continuaba fluyendo por otros medios, desmarcándose a cada paso y en cualquier lugar, rompiendo, cada vez que se sentía cercado o tentado, con las formas de moldes invisibles, para después volver a retroalimentarse en la escritura, y así repetir el ciclo sin principio ni final.
GUILLERMO SEVLEVER
